22 de marzo de 2014

Setecientas veinte catástrofes, pero contigo.


"En aquella estación de pueblo llena de trenes con las puertas cerradas y a oscuras le acaricié la nuca y él me pidió que no dejara de hacerlo nunca. Yo quise seguir haciéndolo siempre, pero en la pantalla apareció The end y ambos supimos que no podíamos seguir con aquella historia" 
(Paula Bonet) 

Y de repente, notaba aquel escozor/pinchazo/opresión. Aquella sensación molesta a la que era incapaz de ponerle un nombre. Siempre le pasaba: era incapaz de diferenciar el dolor. A veces ni siquiera era consciente de que le dolía. Quizás por eso había tenido que llegar Mayo para que pudiera entender que aquel Abril había sido catastrófico, o era el mismo motivo por el que le estaba costando arrancar las últimas hojas del calendario aunque ni siquiera se percatara de ello. En febrero irradiaba magia, pero el cuarto mes del año no era más que un cúmulo insípido de impotencia, tristeza, y desazón. Como el pintor que, cuando termina un cuadro, se da cuenta de que ese no es el paisaje que quería pintar. Había elegido las palabras caos y catástrofe para catalogar todos esos impulsos desconocidos que pasaban por su mente. Cuando algo no tenía nombre, llegaba el caos. La rutina desembocaba en catástrofe; el miedo en incertidumbre. 
Y sí. Abril había sido, probablemente, el peor mes de aquel año acabado en 13. Un montón de sentimientos tirados por la borda en medio de un océano de nombre desconocido. Mucho más que eso. La pérdida del único plan de futuro, de la última casi-certeza que le quedaba. Abril había sido un mundo enorme sin mapas. Fotogramas en blanco y negro con más rojo sangre que rojo fuego. Catástrofe pura, caos emocional, erupción de atracción y deseo, ira y rabia. Pero, por lo menos, había sido vida. Piel de gallina sin necesidad de frío; lágrimas sin necesidad de películas; moretones y sexo. 
Me puse a escribir en tercera persona para darme cuenta de que, si yo hubiese sido la protagonista de esa historia, habría decidido que quería vivir setecientas veinte catástrofes, pero contigo. 



16 de marzo de 2014

Háblame del miedo.


Hay cosas para las que uno tiene que estar preparado. Como para escribir un sábado por la noche, cuando te haces lo suficientemente mayor como para entender que a veces quedarse un poco quieto es mejor que seguir corriendo. Alguien me dijo una vez que pensar no era perder el tiempo. Supongo que tenía razón.
Me suicidé mil veces sin llegar a morir de verdad. Me suicidé en palabras, me suicidé alejándome del cariño para no caer en la vulnerabilidad. Me suicidé haciéndome creer a mi misma aquello de que no hay culpables, sino causas. Pero quizás suicidarte te da la oportunidad de resucitar. Como cuando rompes un folio porque no te gusta el dibujo y empiezas de cero. Jamás he sabido dibujar, pero tampoco he sido nunca de escribir con sentido, coherencia, cohesión, introducción, nudo y desenlace y he seguido escribiendo. Dejándome vivir en el caos, aceptando que la lucha entre ser de hielo o ser de fuego siempre iba a estar vigente. Ya dijo Ferreiro aquello de que el equilibrio era imposible y aún así nos pasamos la vida tratando de no caer por miedo al dolor, hasta que nos faltan las fuerzas. Quizás deberían habernos enseñado que las heridas a veces escuecen, y que el escozor también es placer. Descubres tus límites la primera vez que coges una cuchilla y te acaricias la piel, aunque sólo sea por probar. Valoras tu vida cuando te planteas, sólo por un segundo, la posibilidad de morir. Resucitas cuando sonríes, y lo haces por ti. Resucitas cuando aprendes a sonreír también por los demás, o cuando decides no ahogarte aunque sólo sea porque alguien tiene que llegar a la orilla y avisar del desastre. Querer (algo, o a alguien) también es resucitar. Que te quieran es no morir nunca.
Ponemos nombre a las cosas por ese miedo tan absurdo que le tenemos a la incertidumbre. Por aquello que nos cuentan de que uno tiene que saber lo que quiere en todo momento. Y cómo conseguirlo. Las metas no son más que incentivos para avanzar, pero por qué. Quizás hay que ser muy valiente para saber improvisar. Para cerrar los ojos y observarte por dentro. O quizás sólo haga falta encontrar la canción adecuada.
A veces me pregunto para qué existen las palabras. Por qué la gente tiene siempre las cosas tan claras. Por qué no saben dudar. O si el asunto está en que no son capaces de confesarlo. Por qué todo les resulta a veces tan sencillo, con lo jodidamente complicado que es andar siendo uno, con lo imposible que parece hacerlo siendo más. Cómo elegir un camino habiendo miles. Cómo optar por unas palabras, cuando podrías soltar todo el diccionario de golpe.
Yo que sé. Me he dado cuenta de que últimamente casi nadie habla del miedo y me he quedado callada. A ver si sucede como con las noticias y me olvido de que existe cuando ya nadie lo recuerde.


"¿Sabes? Las peores pesadillas no tienen monstruos, sino espejos, y eso es algo que yo no sé cómo explicarte"

9 de marzo de 2014

No sé en qué momento dejé de escribir todo lo que pensaba, pero sé que me rompí un poco. Fue como ser más yo conmigo y más de los otros con los demás. Como sonreír sin ganas, aunque antes o después siempre asomase alguna que otra mirada borde y un par de comentarios fuera de lugar, por eso de no perder las buenas costumbres. Supongo que fue como es con tantas otras cosas: el desgaste es progresivo y te das cuenta de repente. Como cuando me despertaba cerca de ti, y tan seca. Como cuando no te quedabas, y yo estaba ahí, abrazando una almohada que olía un poco a febrero. La putada de no caer de golpe es que puedes no ser consciente de la caída, pero eso no evita las fracturas. O quizás sólo me pasa a mi, tan experta en eso de bloquear el dolor. En no respirar para no ahogarme. En correr para no pensar. Supongo que eso es lo que hago a veces. He dejado de imaginar el futuro porque no tengo ninguna certeza en la que apoyarme, y a veces me callo por miedo a decepcionar, y me pregunto dónde está aquella chica que siempre sabía cuáles eran los próximos treinta pasos que iba a dar, dónde se perdió, y también si la echo de menos. Desde luego, me faltan ganas para ir a buscarla. Creo que por eso me jode tanto cuando llegas y me dices "has cambiado", porque pienso que cambiar no es tan malo, pero no debería aceptar ningún cambio que me alejase de ti. Y aquí estoy, a veces, corriendo en dirección opuesta a tus ojos. Como si ya no me eclipsaran, como si no me diera la vida recorrerlos. Contigo me pasa siempre lo mismo: que no sé si me engaño ahora o si me engañaba antes. Aunque por primera vez siento que no me voy a volver a desengañar. Quizás porque ya no giro la cabeza cuando cojo el tren para ver como tú te vas sin mirarme siquiera, quizás porque ya no te miro y me pregunto si estás llorando. Quizás tampoco importan los motivos, como en casi todas las cosas importantes.