15 de febrero de 2014

Cuestión de física.

No es una cuestión de lógica. Nada racional. No se trata de elaborar listas de virtudes y defectos, de pros y de contras. Ni siquiera tan sencillo como un "estar mejor" o "estar peor". Es una cuestión de física, hablemos de la inevitabilidad del suceso. Como cuando ves a alguien y se te erizan los pezones. Ver un precipicio y tener que saltar. Una vez me llamaron valiente sin saber que la valentía no es más que el hecho de que la euforia del salto sea más importante que la hostia de la caída. Saltar con la piscina vacía porque merece la pena el golpe, aún a sabiendas de que existirá. Y a la mierda los daños colaterales, esos se los dejamos para todos los cobardes que viven con prudencia, y seguramente más, pero no mejor. Que más vale tener que suturarse heridas que no haber vivido en absoluto, o eso creo. Pero a ver a quien, a la hora de la verdad, no le tiemblan las piernas. A ver quien consigue liberarse de las costumbres adquiridas con el paso del tiempo, quien deja de dar tres saltos antes de cualquier competición. Incluso yo, que siempre he sido más de mordiscos que de besos, de las que invitan que de las que se dejan invitar. Yo, que cierro los ojos cuando ya no puedo más, que no me quedo quieta porque no quiero tener que pensar, que me ahogo a veces sin agua pero lo disimulo bien y que aprieto los labios cuando suena cualquier canción que me recuerda a ti. Incluso yo, a veces, tengo miedo. Miedo a la destrucción, a la incapacidad. Miedo a no ser consciente de los bloqueos, a no ver la salida de emergencia en medio del incendio. Miedo a ser siempre algo diferente a lo que esperan de mi. Miedo a sobrar. Miedo a no estar a la altura. Miedo a desear ser invisible y conseguirlo. El otro día me preguntaron a qué le tenía miedo y no supe contestar. A fin de cuentas no importa a qué. Lo único que importa es no entenderte y seguir temblando.