14 de diciembre de 2014

Diciembre.

Quiero irme de este mes, coger todas mis cosas y que empiece a ser febrero. Irme lejos en el tiempo, donde ya todo el miedo quede atrás, meter estabilidad en la maleta y dejar de pensar de más.
Tiemblo. 
Como si hubiese olvidado el vértigo, como si caer ya no me diese tanto miedo o como si más bien supiera que algún día hay que arriesgar para no romper, dejar que el engranaje ceda para seguir avanzando. Estar mejor no siempre es estar bien, más no siempre es suficiente. No creo en los límites  y jamás aprendí a frenar a tiempo. A veces me obligo a querer querer poder, pero no quiero. Me tambaleo y me agarro a manos ajenas, porque mejor ser débil que morir gigante, porque mejor querer y que te quieran que olvidar el significado de uno de los verbos más bonitos del mundo. Busco la parte positiva de empezar a odiar la soledad, de necesitar  alguien o algo, de echar de menos, de dejar de echar de menos sensaciones que estoy volviendo a recordar.
A veces soy feliz y me da miedo. No tener nada para no poder perder nada, estar tan jodido que no puedas ir a peor. Conformismo es aceptar que hay cosas contra las que no puedes luchar; prefiero ser débil que conformista.
Una vez me dijeron que hiciese lo que hiciese no me rindiera nunca. Tengo una "cicatriz" en la muñeca que me recuerda que la valentía vence al miedo y que las heridas no se curan con el tiempo, sino con amor propio. Entender las cosas no significa aceptarlas, pero ayuda a dejarlas ir.
Hoy soy un enigma. Dejad que me entienda, pero no intentéis entenderme.




(Quiero verla ya)

8 de diciembre de 2014

(Firmeza)

Soy una incógnita. La certeza de que ni siquiera yo poseo ninguna. Ojalá poder definirme en un sueño: tengo muchos y todos intangibles. Ojalá poder abrazar un propósito. Soy inmaterial: un montón de pensamientos inconexos, la parte más abstracta de una película de Malick. Quiero saber a dónde quiero ir pero no veo veo de lejos, sólo puedo decidir cuál es el próximo paso que quiero dar. Y a fin de cuentas, ya me diréis vosotros para qué sirven las metas si casi nunca son lo que esperabas que fueran. Una vez las tuve y dejé de quererlas en el segundo justo en que las conseguí, ahora prefiero improvisar. Se me han acabado los destinos y tengo las ganas de viajar que me faltaban cuando los conocí. Soy una metáfora.
Hoy no voy a escribir que tengo miedo, pero lo tengo. Rutina también es vivir cada día algo inolvidable. Disfrutar de la caída para que merezca la pena el golpe. Lo importante es no dejar nunca de avanzar, hacia donde sea. No sé qué quiero hacer, pero sí sé lo que quiero ser. O cómo. Tengo la felicidad que me faltaba cuando creía que me sobraban los motivos para ser feliz, aunque ya no tenga algunos.
Adquirir un hábito es mucho más difícil que interiorizar un pensamiento: tropiezo. Pero todo llega. Tengo la inseguridad necesaria para tener cuidado y las ganas suficientes para no quedarme parada, como cuando corres por un barranco despacito y firme, sabiendo que no importa cuándo sino cómo: llegarás, y llegarás bien.
De eso se trata. Se trata de eso. Se trata de que cuando te acuestes en la cama por la noche pienses "merece la pena", incluso en el día más horrible que puedas imaginar. 

22 de noviembre de 2014

(Puñetazos al cristal por escrito en una noche de sábado)

Hoy ni siquiera yo me aguanto.
Necesito un abrazo. 
Ojalá volver a ser tan cobarde como para no ser capaz de reconocerlo, o tan valiente como para no necesitarlo. 
Me he metido en la ducha y he abierto el agua caliente al máximo. No sé si dolía más el calor o la presión. He disfrutado mientras se me enrojecía la piel y he decidido etiquetar a esa sensación como "autolesión sana". Más o menos como escribir, pero no implica pensar. Me gusta. He parado a tiempo, por supuesto. 
Necesito un abrazo. 
Jamás pensé que enlazaría esas dos palabras: necesitar (miedo) y abrazo (debilidad). Debilidad y miedo. Todo lo que nunca jamás quiero ser. Pero sí. 
(Al llegar aquí he roto al llorar. Lo necesitaba. Todos necesitamos hacerlo alguna vez. Llorar y secarse las lágrimas es hacerse mayor. No intentar evitar las emociones es de valientes. Repítetelo delante del espejo las veces que hagan falta. Hasta que te lo creas)
Volvamos al tema. Quizás el error está en la asociación de conceptos. Necesitar no es de cobardes. Cuando te abrazan tú también abrazas. En las relaciones humanas recibes, pero también das. Das. Mentalizate de ello. Recuérdalo incluso en los días que sientas que no puedes ser nada bueno. En los que sientas que nada puede salir bien. En los que te consideres tan, tan insignificante como para no poder cambiar ningún mundo, el de nadie. Días de "ojalá desapareciera y todo esto fuera como si yo nunca hubiese pasado". Seguramente sería así, pero eso nos pasa a todos y no pasa nada. Somos prescindibles y tampoco pasa nada. Sabemos llorar un poco, pero siempre encontramos las fuerzas para sonreír, aunque sólo sea por la suerte que tenemos por el simple hecho de existir: sonríe. 
Me estoy desbordando de emociones. Buenas y malas. Y no quiero frenar, me da miedo frenar. Me da tanto miedo el bloqueo como el naufragio; me asustan las alturas y no ser capaz de salir del agujero. Me da pánico el mundo y me doy pánico yo. 
Una vez confesé que tenía miedo a sentir por si lloraba tanto que no podía evitar ahogarme. Pero joder, sé nadar. S. dice que si conoce a alguien capaz es a mi. Y me lo quiero creer. No mañana, me lo quiero creer hoy.
Supongo que no tenía que haberme permitido el lujo de quedarme encerrada con mis pensamientos, pero es que hoy no me apetecía ser cordial con nadie. 

17 de noviembre de 2014

Querido Invierno

No sé cómo cojones has llegado. Siempre tan de repente, tan sin avisar. Me has pillado con el pelo recogido y sin ropa interior. Y así, yo, ¿cómo me iba a negar a un abrazo? Que sé yo.
Supongo que he cambiado, que muchas cosas han cambiado. Pero a fin de cuentas, una persona que jamás se retracte a si misma es que no ha vivido en absoluto. O quizás no es que cambiemos, sino que nos hacen cambiar, ¿qué más da? A fin de cuentas lo que importa es que estamos aquí y ahora, y tenemos que hacer cosas sin necesidad de pensar en todo lo que nos falta por hacer. Si a algo le tengo miedo en la vida es al tiempo: no quiero ser de esas personas que lo pierden como si todo fuese para siempre. Siempre es todavía. Antes decía que si abundaban los miedos yo sería las ganas. Lo decía mientras temblaba y no era de frío, y lo peor es que todo el mundo me creía. Podría ser una mentira de mi misma, dudas revestidas de seguridad, fragilidad cubierta de corazas. "La primera regla de la independencia es: puedes hablar con todo el mundo, pero no dejes que nadie se acerque a ti lo suficiente como para conocerte de verdad". He mandado todas mis reglas de independencia a la mierda y no te voy a mentir, a veces tengo miedo, y soy dudas y fragilidad. He llorado y llorado mucho. Últimamente con más frecuencia de la que me gustaría, pero me repito a mi misma que todo pasa, que malos momentos tenemos todos y que lo importante es que pese a todo, sigan sobrando a las ganas. Ganas de querer, ganas de hacer, ganas de sentir, ganas de ser, ganas de vivir. Ganas. Ganas que hacen que no te deshidrates debajo de las sábanas mientras te oprimes la boca con la almohada por si alguien te escucha, ganas que hacen que no cojas unas tijeras y dibujes en tu piel el odio que le tienes al mundo, ganas que hacen que te pongas los zapatos cuando tienes fuerzas y salgas a la calle, y no sonrías si no te apetece, pero joder, vive. Que vivir también es llorar. Pero joder, no te imaginas las putas ganas que tengo de sonreír con ganas y hacerlo ya. Y mejor que nunca.

6 de noviembre de 2014

(Optimismo en jueves grises)

Que no existe nadie más fuerte, ni más valiente, ni más capaz. Sólo existen personas con más ganas. Que querer creer no es lo mismo que hacerlo, y que cuando lo haces te puedes comer el mundo. Que los cambios suceden poco a poco y a veces es necesario hacer retrospectiva para decir, "Joder".  Que a veces, no saber a dónde quieres llegar no es tan malo siempre y cuando disfrutes de todo lo que vayas encontrando en el camino.
Cuando era pequeña - y siempre que empiezo una frase de este modo me siento como uno de esos abuelos que cuentan historias a sus nietos una y otra vez - me fui de ruta con mis padres y mis tíos al "lago del Valle". Hacía mucho calor, estaba cansada y ni siquiera teníamos agua, pero me prometieron que al final del camino había un lago enorme y muy bonito, y sólo por eso merecía la pena aguantar. Al llegar al lago sentí una decepción profunda: no era ni tan grande, ni tan bonito como me lo habían descrito. Es más, era tan diferente a como había sido en mi cabeza que hasta me entraron ganas de llorar, y ni siquiera me podía bañar. Quizás si no me hubiesen dicho nada habría sido capaz de sorprenderme al encontrarlo, o quizás no habría sentido nada, pero qué sé yo.
Últimamente soy un cóctel molotov de ideas. Ya no me asusta tanto estar un poco perdida porque sé que no estoy sola. Me sigue dando miedo no estar a la altura de las expectativas, para qué mentir. Y no creo que pueda nunca librarme de eso (quizás, cuando empiece a creer empiece a poder, pero ni siquiera tengo claro si quiero). Me doy cuenta de que soy mucho más capaz, de que hay cosas que jamás creí que haría y empecé a hacer sin ni tan siquiera proponérmelas. De que está bien tener voz propia, pero si tu plan no funciona siempre puedes cambiar el plan. A veces está bien escuchar. Y probar. Que si algo no te gusta, tienes toda la vida por delante para seguir probando. De que dejar que te conozcan no es malo. Asusta un poco, pero al igual que a los monstruos, a los miedos hay que abrazarlos. Y qué narices, a mi también me gusta que me abracen. Pero que me abracen de verdad. Reconforta. Da calor. Y aunque te sientas más débil, o más pequeña, no está de más serlo de vez en cuando. No siempre podemos solos. No podemos con todo, ni siquiera yo. Es una putada tener que reconocerlo, pero quizás compartirme también me haga más capaz.

   

29 de octubre de 2014

Estado transitorio de desesperación profunda.

Imagina que, por un momento, el mundo se queda parado y tú sigues avanzando. Que nadie se mueve, nada cambia, sólo tú. Que construyes y destruyes a tu antojo - y nadie te ve-. Imagina una realidad paralela en la que todo es como tú quieres que sea. En la que pintas al príncipe amarillo y el cielo rosa. Un anuncio de compresas.
Imagina ahora todo lo contrario. Una habitación cerrada con vistas a ti. Un mundo que cambia mientras tú no puedes verlo. Es como llevar a un ciego a un mirador y decirle que las vistas son preciosas. Ponerle a un sordo tu canción favorita y esperar que la disfrute. Una putada.
Ojalá pudiera afirmar que no sé lo que es querer morir. De verdad. Yo vendería eso que otros llaman valentía a cambio de todo el miedo que la ha generado. De qué sirve ser fuerte cuando no lo eres suficiente. Soy ese "casi" que nunca llegó a ser del todo y a veces se siente muy incapaz. Casi siempre.
A veces sigo teniendo miedo. 
Imagina que te reduces a la mitad. Y después, a la mitad de la mitad. Y más tarde a la mitad de la mitad de la mitad. Imagínate que mermas tus capacidades. Imagina que, de repente, te cortan las piernas. Mi más sentida admiración para la gente a la que le sucede y sobrevive - y vive - el resto de su vida. Una vez dije que las cosas siempre parecen menos desde fuera que desde dentro. Que estamos preparados para soportar todo el dolor que recibimos. Aprendí a nadar tirándome a una piscina que me cubría entera; ahora me contradigo: yo no podría según qué cosas. Yo no querría.
Siempre he dicho que si no consigues algo es porque no lo quieres lo suficiente. O quizás porque lo quieres demasiado, o porque no sabes quererlo. Y ojalá la práctica fuera tan bonita como toda esa teoría que creemos controlar. Apunto el día de hoy en el calendario como aquel martes que podría ser miércoles, jueves o domingo en el que asumí que muchas veces somos capaces, pero no siempre. Que siempre se puede todo, pero quizás no ahora. Que igual hay que dejar para mañana lo que no puedes hacer hoy, aunque joder.
Yo creo que lo que más nos asusta de las cosas, incluso de las buenas, es no saber cuánto van a durar. No saber dónde está el final del camino a veces te mata. Saber que quizás te rindes un minuto antes de llegar te hace seguir. Pero hasta cuándo, hasta dónde. Asumamos de una puta vez que en la vida siempre existen límites (y lo siento, pero aunque sea en pequeñito tengo que escribir un - para saltárnoslos- ).




27 de octubre de 2014

Dolor.

Lo que asusta no es el dolor: es acostumbrarse a él.
Cuando era pequeña y estaba enferma o me hacía una herida mi madre siempre me preguntaba "Pero, ¿cómo es el dolor? ¿Te duele más o menos que ayer?"; siempre he detestado esas preguntas. Pensar en el dolor magnifica el dolor. Tratar de describirlo lo hace más fuerte. Todo lo que sé de heridas lo aprendí de mi, entended que me de miedo mi propia compañía.
Hace poco leí una de esas frases que me habría gustado escribir a mi: "Si no puedes volar, corre. Si no puedes correr, anda. Si no puedes andar, arrástrate. Pero no dejes de avanzar". Quedarse quieto es morir. Respirar no sirve en absoluto si no lo sientes. Dormir hasta que pase el desastre, o dejar que el desastre pase mientas duermes. Qué más da. Ya está dicho que esperar a alguien dormido o esperar a alguien despierto no deja de ser eso, esperar a alguien. Cuando tienes huesos de cristal debes tener más cuidado, evitar las caídas. Por si te rompes.
Concéntrate. 
Si algo puede salir mal, saldrá mal. Pero ya te encargarás tú de mejorarlo. Venga.
Lo bueno de caer es que no puedes volver a caer. O sí. Pero si tocas fondo, te impulsas. O te quedas tumbado, que a veces hace falta.
Fuerza. Valentía. Capaz. 
Voy a elaborar una lista de palabras que me gustan y repetírmelas mentalmente. Acostumbrarme a ellas. Que los buenos también pierden, pero no siempre. Que mal siempre es mal, pero puede ser menos mal, o más bien. Que si no piensas en el dolor se hace más leve.

24 de octubre de 2014

No bajes la guardia.

Temblor. 
En mitad de la noche. Aún son las 3:00 A.M. No llueve, no hace frío, no hace calor. Podría decir: perfecto; pero no. Podría serlo, pero siempre queremos más.  Porque podemos. 
Vértigo. 
Sucede cada vez que enciendo el grifo del cuarto de baño. No sé por qué me gusta y me asusta tanto el fluir del agua. Me sujeto a la barandilla antes de saltar, incluso si no salto. Por si tropiezo (y caigo). Me he dejado llevar por la prudencia de caminar con el cuidado de quien teme morir sin haber vivido lo suficiente. Improviso y le echo pulsos a la suerte más de lo que debería, pero los pies siempre de plomo. Para no ceder.
No bajes la guardia. 
Ojalá supiese hacer entender el miedo que me da caer. Una vez alguien lo vio en mis ojos y no quiso preguntar nada más.
Valiente. 
Camino siempre hacia delante. Nunca miro atrás porque atrás soy yo. Mis costuras (ya no voy a utilizar más la palabra cicatrices). Atrás siempre va delante, nos guste o no.
Entended ahora porque no me permito dejar de ver ni cuando cierro los ojos.

22 de octubre de 2014

(Llaves)

Existen dos tipos de personas:
Los que cuando ven una llave se preguntan qué abre, y los que se preguntan qué cierra. Los que guardan la llave y los que la tiran. Los que la guardan, pero olvidan dónde. Los que lo que olvidan es que la han guardado. Los que no utilizan llaves. Los que pasan de largo las cerraduras. 
Existen dos tipos de personas: 
Los que crean muros y los que los saltan. Los que, sintiéndose superhéroes, los ignoran; y los traspasan. Los que se golpean con el muro, pero no lo dejan de intentar: una y otra vez. Los gigantes para los que no hay altura inalcanzable, las hormigas que cavan un agujero y avanzan por debajo. 
Existen dos tipos de personas: 
Los que dicen lo que piensan y los que callan lo que sienten. Los que se dejan guiar por protocolos y los que prefieren lo incorrecto. Los que buscan lo incorrecto porque rechazan los protocolos. Los que creen que saben todo, los que piensan que no saben nada. 

Existen muchos tipos de personas, y con que existan de esas que te saben emocionar, a la mierda las llaves, los muros y todo lo que incordia.


18 de octubre de 2014

(Cripticismos)

(Yo también creo que me acabo de inventar una palabra)

Encontraba la fuerza en el autoabastecimiento. Pensaba que valentía era no tener miedo. Que los monstruos dejaban de existir cuando no decías en voz alta que creías en ellos. Hay cosas que tenemos que hacer por nosotros mismos. Pero no todas. Dejó que le dieran la mano. 
Cuando cierras los ojos, todo desaparece.  No los cierres. No dejes nunca de ver el mar para no ver la basura que arrastra, que vale más la belleza de una ola que un puto océano contaminado. Llegó e hizo que fuera de día incluso cuando era de noche. 
Sólo quería mirar al suelo pero me encontraba en una habitación llena de espejos. Mírase a donde mírase me veía. Convivir con uno mismo es asquerosamente complicado. Descubrí, entonces, que la fuerza es saber llevarse. Dejar que te abastezcan, aunque puedas hacerlo tú solo. Valentía es autocrítica. Y a los monstruos hay que abrazarlos.
Empezó a escribir en primera persona. Empecé a hacerlo.

12 de octubre de 2014

Domingos.

Intentaba hablar de ese querer salir y no encontrar la puerta. De no tener ni puta idea de cómo, cuándo, o por qué. De estar harta de correr sin saber hacia dónde, de tener miedo de estar avanzando en círculos para volver al mismo lugar.
Intentaba hablar del miedo que me daba no estar a la altura de las expectativas de los demás, de lo difícil que me resultaba encontrar las mías propias. "- Y tú, ¿qué quieres ser de mayor? - ¿Yo? Feliz. Y salvar al mundo." Qué sencillo.
Ojalá todo fuera tan fácil como cuando tenía siete años y defender a mis amigas de "los mayores" me hacía sentir tan fuerte y tan capaz. Ojalá me volviese a sentir igual de en casa que cuando no creía en los monstruos - porque no existen-.
Hablar de algunas cosas ya no hace falta. A veces soy feliz sin más. Quizás por eso me da tanto miedo el miedo.
- Ojalá entiendan que si me caigo, quizás necesite un abrazo en el suelo - 


Intentaba hablar de cosas, y a veces no era capaz de hilar las palabras. Algo quizás un tanto irónico teniendo en cuenta que me he desnudado con ellas desde que tengo uso de razón. Que me he desangrado con ellas también. Es curioso que alguien "que escribe" tenga a veces tantas dificultades para expresarse. Hoy voy a echarle la culpa de todo al frío. Si la cosa no mejora, ya buscaremos culpables más adelante. 


6 de octubre de 2014

Era una de esas chicas.

Yo era de esas chicas que van a las librerías y se pasan la tarde leyendo el resumen de todos los libros. De las que prefieren quedarse con el trailer porque cuando ahondas más, terminas decepcionándote. Era de esas chicas que imaginan el final de las historias tal y como les gustaría que fuesen. La historia tal y como les gustaría que fuese. No suelen apreciarse los defectos a primera vista. Lo mejor es quedarse con lo superficial. Cuando conoces a fondo a alguien siempre terminas descubriendo miles de taras - ni siquiera se me había ocurrido la posibilidad de que, probablemente, podrían gustarme esos defectos que me negaba a descubrir al abandonarlo todo en la primera página. ¿Cómo iba yo a enamorarme de un defecto?-. Era una de esas chicas que pensaba: "Imagínate. Empezaré un libro y me gustará, y cuando esté completamente enganchada se termina, y no hay segunda parte, ¿y entonces qué?". Era una de esas chicas que jamás compraba libros, que prefería sumergirse en principios, que jugaba con trozos de papel con nombres escritos y visualizaba en su cabeza cómo eran los personajes de sus historias porque ni siquiera las muñecas estaban a la altura de sus expectativas. Odiaba que mis listones siempre estuvieran por las nubes y era la primera en colocarlos más arriba de eso. Una de esas chicas que se quejan de lo que los demás esperan de ellas, pero ellas siempre esperan más de si mismas de lo que los demás esperan. Una de esas chicas que dicen no tener miedo nunca y de vez en cuando se vuelven valientes y reconocen estar acojonadas.
Valiente. 
Tengo miedo. 
Sigo siendo una de esas chicas. Pero he comprado un libro y lo estoy devorando. Y quiero leerlo una y otra vez, porque he descubierto que a veces en las páginas se esconden secretos no apreciables a primera vista.
Tengo miedo. 
Tengo miedo porque joder. Tengo miedo porque por una vez en la vida tengo algo que no quiero perder. Porque yo tampoco me quiero perder.

30 de septiembre de 2014

Ausencia.

No me gusta la palabra ausencia. Suena demasiado a vacío, a falta de algo, a respiración cortada.
Ausencia. 
Me quedé quieta, mirando al vacío. De repente me vi pequeña, incapaz de sonreír. Ausente.  Preguntándome si todos nos sentimos perdidos alguna vez. Me faltan certezas a las que aferrarme y por eso disfruto del vuelo al vacío. Viajar sin rumbo fijo disfrutando del camino. Una vez me dijeron que a veces lo más importante es el transcurso del proceso, por eso nos decepcionan tanto los finales. A fin de cuentas un final sólo puede ser eso. Punto.
Ausencia.
Esta noche quiero esconderme bajo las sábanas y ser un poco invisible, aunque sea por una milésima de segundo.
Ausencia.



Cayeron los bordes y el vaso ya está lleno. Y ahora sólo intento vaciar, sólo necesito despegar.

21 de septiembre de 2014

Ella no sabía decir "te quiero".

Se le aprisionaba en la boca, como quien retiene palabras por miedo a ser esclavo de lo que expresan. Como si decirlo fuera a hacerlo realidad, y a ver qué pasaba, a ver quién la rompía, a ver cómo chupaban su fuerza y la dejaban desprotegida. Ella no sabía decir te quiero por su facilidad para encadenar sentimientos (amor-necesidad-debilidad-sufrimiento), por su tendencia al inconformismo y por el miedo que le provocaba el dolor incontrolable que te provocan otros. El miedo a todo aquello que no puedes controlar. Sabía mirar a la nada como quien pretende escribir en sus pupilas todo lo que callan sus silencios y esperaba que alguien entendiera que detrás de toda aquella capa de indiferencia, de las caricias a distancia y los abrazos a cuenta gotas podía existir mucho más.
No te necesito, vete. 
Y te vas. 
Ella sólo quería a alguien que supiera cuándo quedarse sin necesidad de que se lo pidiera. Que supiera cuando necesitaba que se quedara incluso si ella ni siquiera lo sabía. Que entendiera que le quería antes de que ella lo hiciera. Alguien que identificase los sentimientos que escondían sus sensaciones y decidiera quedárselos.
Él.

15 de septiembre de 2014

No bajes la guardia.

He escrito cosas que no he publicado por miedo a romperte, por no volver a caer en el error de aferrarme a las mismas cuerdas que me terminan ahogando. Me he hecho mayor: me he guardado el orgullo en la pelvis y he echado la llave, aunque no voy a mentir: me la he quedado. No me gusta cerrar puertas para siempre. No me gustan las decisiones irreversibles. Lo sabes: me has visto ser débil, y caer, y caer. Enamorarme de la piedra, de la roca, del dolor. Pero crecer a veces significa invertir las normas. He decidido coger mi independencia y dejarla en el cajón en el que guardo los post-its, rotuladores y atuendos de niña de preescolar. Quizás algún día decida recuperarla, cuando me sienta demasiado pequeña para seguir volando o se me agoten las alas. Prométeme que estarás ahí. O no lo hagas, no hace falta: lo sé. Quizás me equivoqué al pensar que querer significaba ser debilidad. Quizás querer te hace más grande que pequeño. Las personas suman, no restan. El error estaba en pensar en la ausencia antes de tiempo, en el vacío estando lleno. Adelantar acontecimientos. Aferrarse al miedo, acostumbrarse a él, no te vuelve valiente. Depender del dolor no deja de ser depender de algo. Ahora lo entiendo: el riesgo está en vivir, todo puede salir mal, pero luchamos para que salga bien, o dejamos que salga, sin más. Casi todo es un ciclo, un bucle. Un extremo te puede llevar a otro en un abrir y cerrar de ojos: no los cierres.
Siempre he preferido ir que volver. Que me echen de menos a echar de menos. Y nunca me he atrevido a reconocerlo por miedo a pecar de egoísta. Por miedo a ser pequeña me he hecho diminuta pudiendo ser gigante.
De todo se aprende. Tú siempre serás mi mayor error y mi mayor acierto, y si volviera atrás volvería a come(ter)te una y otra vez.


"Colecciono los bolígrafos que pierden los que escriben a lápiz por miedo a equivocarse y nunca lo hacen. Recojo los lápices que dejan caer quienes tachan con tinta y se arrepienten. Soy la palabra que falta por subrayar en la mejor frase que has leído nunca"

3 de septiembre de 2014

Querido X (2)

Creo que es la segunda vez que escribo a la nada, por eso de que me resulta extraño escribir a todo el mundo, pero tampoco encuentro a alguien a quien hacerlo de forma particular. Yo que sé. No está de más inventar un sujeto imaginario y llamarlo X, para no ser original por una vez en la vida. Y contarle todas las gilipolleces que se te pasen por la cabeza, porque eso de sangrar ya lo dejaste quizás un poco lejos, y tan bien.
Pues resulta que, X, te escribo porque me apetece escribirte aunque no tenga muy claro qué es lo que quiero contarte. Que supongo que últimamente las cosas son normales, y no sabes lo extraordinario que es. Lo extraño que me resulta no encontrar un millón y medio de fallos, que los contras sean la debilidad que supone echar de menos en menos de 24 horas, yo que estoy tan acostumbrada a echar de más. Lo raro que resulta estar a gusto, y ya está. Que te apetezca hacer cosas y hacerlas porque te apetece. Que yo que sé. También tengo mis días, mi debilidad, también tengo problemas pero no hacen que quiera cortarme la piel. No sé si me explico. O me he inmunizado al dolor o simplemente he aprendido que lo único que podemos extraer de él es la capacidad de hacernos más fuertes, pero ya no me aferro al sufrimiento como forma de vida. He encontrado otros modos de sentir. Y tan bien. Ya no me obligo a estar tan sola porque he llegado a la conclusión de que no me gusta. De que sí, sé disfrutar de mi misma y está muy bien, pero tampoco está mal disfrutar de los demás, y que los demás disfruten de ti. Que eso también es posible. Que nadie es sólo destrucción, ni siquiera yo, y que tenían razón cuando me dijeron "no nos prives de ti". Me lo he terminado creyendo. Ya dejo que me quieran, quizás porque me quiero yo, aunque sólo sea un poco y aunque me siga gustando que me abracen.
A veces me frustro, claro. A veces sobreestimo mi fuerza y me vuelvo a sentir tan débil y tan cobarde como siempre. Y ni siquiera el "Capaz, muy capaz" del cuarto de la ropa consigue que me lo crea. Y pienso en todas las veces que me han considerado valiente, y llego a la conclusión de que no, todo engaños; que soy una niña asustadiza que finge poder con el mundo para que el mundo no pueda con ella, que sonrío por fuera mientras me rompo por dentro. Pero no. Lo mejor de la frustración es que termina. Que yo si soy incapaz hago todo lo posible por eliminar ese -in. Y yo que sé. Igual no tan fuerte, pero soy. Y a fin de cuentas ser, sin más, es satisfactorio. Ser, sentir, creer, correrse, que se corran. Vivir no es tan complicado ni tan simple como yo pensaba, pero es absolutamente genial. Y entonces me recuerdo a mi misma de pequeña, cuando soñaba que me quedaba dormida y no volvía a abrir los ojos, y todo era oscuro y estático y era incapaz de sentir las caricias. Para mi la muerte siempre ha sido eso. Y el dolor de los demás. Lo peor del dolor es compartirlo: que te duela el tuyo, y el de al lado, y el del de al lado del de al lado. Y joder. Con lo horrible que es esa idea de muerte que me he creado, con lo duro que es que duela, con lo que escuecen las heridas, supongo que en contraposición debemos valorar el triple el placer y la vida. Quizás por eso ya no me aferro a lo malo. Quizás por eso he aprendido a dejar  de sobrevivir y simplemente vivir. Y ni tan mal.
Pero prometo que seguiré escribiendo. Quizás azúcar y muchas cosas bonitas, o sobre la cotidianidad de pensar en el presente porque para qué mañana o ayer, si hoy estás sonriendo. Escribir es mucho más que un modo de sangrar, también es ser. Y ya te lo he dicho, que estoy descubriendo que ser es genial. Así que nada, X. Que he decidido que existes. Porque lo digo yo. Y que seguiré contándote cosas que te interesan porque lo digo yo, aunque de interesantes tengan poco y ni siquiera te haya preguntado si quieres existir.
Y sí. Que feliz sigo siendo Caos. De eso que no quepa ninguna duda. Yo. Feliz. Lo he escrito. Joder. Que raro, ¿eh? que raro. F-E-L-I-Z. Y no tenéis que imaginarlo.



PD. No. Juro que no tomo ningún tipo de sustancia ilegal que me haga decir tonterías. Todo de nacimiento. De verdad.

22 de junio de 2014

"Para siempre es mucho tiempo"

"Para siempre es mucho tiempo"
Siempre me ha gustado esa frase, olvidándome del "A veces, tan sólo un segundo" que viene después. Para mi, para siempre es mucho tiempo aunque me den cierto miedo los finales. Quizás resulte contradictorio, pero por algo introduje la palabra "caos" en el nombre de mi blog.
A veces suceden cosas a tu alrededor que te hacen pensar. Ayer fui invitada a la boda del hijo de unos amigos de mis padres. El chico sólo tiene dos años más que yo, es decir, 25, y cuando éramos pequeños fuimos novios hasta que yo le conté que tenía otro novio - ya veis, siempre he creído en eso de que la transparencia es primordial en una relación-y ha decidido comprometerse a estar con una chica "hasta que la muerte les separe". Y no es que me parezca mal, en absoluto. Lo que pasa es que recientemente se ha casado mucha gente que conozco y he conocido a mucha gente casada. Y no hablo de amigos más mayores que yo (que supongo que en ese caso no me extrañaría tanto, pero casi todos los "más de 30" con los que me relaciono están solteros) sino de gente "de mi edad".
El matrimonio es algo que ni siquiera me planteo, por eso de que para siempre es mucho tiempo. Y aunque por supuesto me parece respetable, admirable, elogiable y muchas más palabras terminadas en -able, no puedo evitar encontrarle pegas al acto en si. Aún recuerdo el capítulo de Compañeros en el que uno de los personajes dice que el matrimonio se inventó cuando la esperanza de vida era de 60 años y aunque es cierto que el tema papeles puede venir muy bien en según qué circunstancias casarse excesivamente joven me parece una locura a la par que innecesario teniendo en cuenta que puedes compartir tu vida con otra persona sin necesidad de firmar tu futuro (y sí, todos sabemos que existe el divorcio pero yo lo veo un poco como el aborto, que puedes recurrir a él pero sólo si es estrictamente necesario y es mejor utilizar métodos anticonceptivos y no planteártelo hasta que estés en llamas).
Por otro lado, me he dado cuenta de que no me gusta lo más mínimo que las personas con las que no siento cierta confianza, feeling, llámadlocómoqueráis me traten con cariño, utilicen apelativos moñas o me hagan gestos amigables. Es algo que no sé muy bien cómo llevar. No puedo sonreír o ser simpática si no me sale, pero también entiendo que cuando alguien te da dos besos o te pregunta con cierto interés qué tal tu mañana no tiene ninguna mala intención y no es correcto contestar de manera borde, así que debido a que soy excesivamente transparente intento no dar opción a los abracitos y agarramientos por parte de ese grupo de personas que son, sin duda, mucho más "lovelys" que yo. Hablando de abrazos y sentimientos, y dado que últimamente utilizo esto para contar mi vida, me apetece contaros que mi gatita Arizona se murió hace aproximadamente un mes. Últimamente y al haber terminado los exámenes he visto y hablado con personas con las que hacía tiempo que no lo hacía, y he vuelto a contar lo de mi gata varias veces. Si no lo hice en su momento fue porque no me apetecía escribir un comunicado contándolo ni llamar uno a uno a todos mis contactos. El motivo no he podido averiguarlo ya que las pruebas eran caras, y tampoco he querido darle más vueltas. El veterinario me ha dicho que seguramente tuvo alguna enfermedad y la verdad es que la cosa fue "de la noche a la mañana", literalmente. Me han preguntado que si lloré, y la pregunta y su correspondiente respuesta me han hecho reflexionar. Sí, claro que lloré, no soy tan fría, ni tan fuerte, ni tan extraña. Supongo que como a toda persona me afecta la muerte de mi mascota.  Y no me da miedo reconocerlo. Quizás hace unos años no habría sido capaz de hacerlo. Tampoco quiero tener más gatos. Por un lado influye el hecho de que dado que no voy a dedicarle mucho tiempo, pero también el miedo que me da encariñarme con algo y perderlo después. Supongo que tengo que seguir acostumbrándome a decir adiós. Por mucho que me sepa la teoría echar de menos me da tanto miedo como no hacerlo.
Y sí, he llegado al final y me he dado cuenta de que esta no es una entrada del tipo a las que estáis acostumbrados, pero uno de los motivos por los que dejé de escribir es porque ya no necesito tanto ni tan a menudo sangrar en letras. Así que supongo que próximamente escriba también así, como muchos de los blogs que me gusta leer, contando las cosas que me apetezca contar. Porque si tengo una filosofía de vida es que uno tiene que hacer las cosas cuando las siente y cómo las siente. Y si no las sientes, no las haces. Y punto. Y yo hoy sentía que quería escribir esta entrada.


PD. Este fin de semana fui a un concierto de "The offspring". Realmente era un festival en el que cantaban más grupos menos conocidos, por lo que casi todo el mundo que pagó la entrada iba a ver a Offspring. Lógico. El caso que Izal también actuaba, y dado que me gustan mucho era una de las pocas que casi lloraba mientras todos a mi alrededor deseaban que terminasen para escuchar a "los grandes". El caso es que me han dejado con muchas ganas de volver a verles en el Low Cost. Después yo también disfruté como una enana escuchando el Smash y Americana. 

18 de junio de 2014

(Explicaciones a nada o a todo en realidad)

No sé muy bien por qué no he escrito a penas en los últimos meses. Falta de tiempo, falta de ganas y también cierto respeto. Me explico.
Yo me creé un blog y me dediqué a plasmar en él todo lo que pensaba. Me dediqué a sangrar en él. Me dediqué a abrirme en canal, sin importarme lo débil o frágil que pudiera parecer, lo pava o idiota o infantil que pudiera resultar a los ojos de quien me leía. Qué más da, al fin y al cabo, lo que piensen cien mil desconocidos al otro lado del charco (o a este lado, pero desconocidos al fin y al cabo, qué más da - sí, lo de "al otro lado del charco lo he escrito porque quedaba más bonito). Bueno, el caso es que llegué a construir este espacio en el que era muy mía. Casi más mía que en ningún otro lugar. Pero después, conocí a gente y gente conocida empezó a conocer(me) más. Y me asusté. Os mareé mucho. Que si privacidad, que si cambios de nombre, que si sí, que si no. Me fui, volví, me fui a medias, volví de vez en cuando.... hasta ahora.
Supongo que, como en casi todas las facetas de la vida, me auto-impuse una altura y me obligué a mi misma a cumplirla. Dejé de ser tan transparente. Nunca busqué perfección porque no sé encontrarla en las palabras: sólo sé dejarme llevar. No elaboré textos complejos ni poemas "de moda" porque no es mi estilo, pero sí me abstuve a publicar cosas por vergüenza, por el "qué pensarán de mi si me leen", por el "ay, a ver si me van a preguntar algo con respecto a este post". Y entonces, poco a poco, dejé de encontrar un motivo para volver a un lugar donde ya no podía ser yo-con-todas-las-letras.
Supongo que, como dicen, más vale tarde que nunca. Como dije, quiero y necesito volver a escribir sin cadenas, a compartir sin cadenas (porque escribir es vivir, o no morir nunca, y escribir se escribe aunque nadie te lea, pero no es lo mismo). Y a quien me lea y le guste, un besi. Y a quien no le guste, otro besi.
La intención de este post era hablar de tonterías aleatorias y al final he terminado dando una explicación que nadie me ha pedido. Quizás por eso la he dado. Así que nada, hola de nuevo, bonitos.

15 de junio de 2014

Des(ahogo).

"Soy de ese tipo de personas que no acaba de comprender las cosas hasta que las pone por escrito".

Descomposición. No sé por qué ha venido esa palabra a mi cabeza. Tampoco sé por qué estoy escribiendo. Quizás porque necesito sangrar - ya era hora -. Tal vez porque, no pensar no significa no tener pensamientos. La putada de quedarte dentro el agua es que puedes explotar; la putada de sacarla fuera el peligro de ahogarse, o de necesitar un salvavidas, que al fin y al cabo es lo mismo pero a largo plazo. Siempre he entendido más de sensaciones que de sentimientos. 
Existe una pequeña probabilidad de que no me entienda porque no me entiendes. De que no lo haga porque nadie sabe ya hacerlo. De que me sienta un poco frágil y me asuste y me vuelva aún más frágil, como una sucesión de películas en la que lo único que cambia son los protagonistas. Puede ser una persona u otra, lo único que importa es ese pánico innato a la necesidad, al conformismo, al autoengaño. Ese temor a dejar de controlarlo todo. Ese pavor a perderme buscando algo que no sea mi suerte. Esa putada que es el hecho de que, por mucho que huyas, siempre terminas reencontrándote con tus monstruos. No importa dónde ni cuáles: monstruos, miedos. No importa lo valiente que puedas llegar a ser, siempre habrá un momento en el que te resulte agotador mantener el control. Que hasta el mejor equilibrista se desequilibra alguna vez, y eso es algo que aún me cuesta asimilar.
Tengo miedo a las alturas, lo reconozco. O más bien a las caídas. Miedo a caer, a las fisuras, miedo a quedarme a mitad del camino y no poder empujarme hacia la superficie, miedo a llegar al fondo y no querer salir a flote. porque a veces se está tan a gusto entre la mierda, tan sin nada que perder que resulta apetecible quedarse ahí. Miedo a que haya que saltar demasiado para llegar al destino. Miedo a que exista alguien que quiera subirme en brazos. Porque a veces es tan putada no poder como poder con ayuda. Poder a medias o no poder en absoluto. Yo tampoco sé qué prefiero. Supongo que, de tener que elegir una opción, siempre elijo la que me haga más fuerte. 
A veces miro y no veo. Sufro y no lloro. Soy feliz y no me río. Soy de hielo, pero ardo. A veces - casi siempre - me confundo. Me corro de placer. Muero de frío. Tiemblo y quiero que me abracen, pero huyo si lo haces, como si te dieras cuenta de que lo necesito. Como si cubrir mis necesidades fuera una forma de ayudarme. 
Y es que, sigo sin tenerlo muy claro. Cuando estás en el polo norte, en pleno deshielo, temblando de mierda, gélido, muriendo de frío. Cuando estás al borde de morir, a un palmo de la vida, a unos pocos centímetros de la felicidad. Probablemente lo mejor sea taparse. Elegir las pieles más calientes de los primeros cien kilómetros a la rotonda. Aflojar la cuerda, disfrutar. O probablemente tengas que quedarte ahí. Temblando de mierda, gélido, muriendo de frío. Dejar que la naturaleza te convierta en iceberg. Acostumbrarte a esa sensación y aprender a disfrutarla. 
Como siempre digo: y yo qué sé. 

Pd. Quiero volver. Necesito volver. Probablemente, quizás, me quede. No prometo nada. Siempre he odiado las promesas. Pero ojalá. 

7 de mayo de 2014


He robado un texto que no es mío porque decía exactamente lo que quería decir. 

4 de mayo de 2014

"Siempre" se queda demasiado grande si no es contigo.

Yo siempre decía que quería una relación de camas separadas. Para no llegar a ser tan del otro que dejase de ser tan mía, para poder escapar en caso de necesitar la huída, para no ahogarme. Para elegir cuando volar, y cuando no.
Yo siempre decía que el amor era "para siempre" hasta que le conocí, y no importaba tanto el mañana como el ahora. En cierto modo quizás debería darte las gracias por no durar eternamente: gracias por enseñarme que las mejores cosas también terminan. Te quiero. Aún. Te quiero siempre, y de cualquier manera.
No lo voy a negar: a veces echo de menos cuando era yo y no era otra. Cuando eras tú, y no era otro. Cuando éramos magia y a mi me parecía que incluso los cuentos de Disney eran poco románticos comparados a mirarte a los ojos. Yo que sé. Quizás cada persona piensa que su historia es la más bonita en el mundo, pero para mi aún no existe ninguna comparada a besarte. A veces sigo teniendo ese miedo atroz a que te hagan sentir más de lo que yo te hice sentir, a ser solo un recuerdo lejano y lleno de polvo demasiado feo como para merecer la pena.
Ahora sigo queriendo una relación de camas separadas. Hay cosas que nunca cambian. Ya no pienso en fechas ni en números. Me dejo llevar. Libertad se acuesta conmigo casi todas las noches, y no está nada mal. No quiero ninguna eternidad, ya no. Si no es contigo "siempre" se me queda demasiado grande y no quiero ni pensarlo.
Ahora he aprendido a volar, y ya no tengo que preocuparme de no ahogarme. Es extraño eso de no tener que echarle pulsos a la muerte, eso de no llorar algunas tardes, eso de no sentirme tan pequeña como antes casi nunca. Me he hecho mayor. Me has enseñado a ser mayor. A ser aquello en lo que me convierto cuando no le tengo miedo a nadie. 
Pero no te vayas. Por favor. Por si a caso. No te vayas.
Llámame egoísta. Valiente. Petarda. No te vayas y si algún día la quieres más a ella no me lo digas. Llámame orgullosa, pero no me lo digas. Y no te vayas. Por si me caigo. Porque si tengo que ser cobardía con alguien, quiero que sea contigo. Porque puedo chupar otras pieles pero si me desnudo en cicatrices quiero que sea contigo. Porque aunque se acabe el amor permanece la magia necesaria para lamer las heridas. Y yo magia sólo quiero ser contigo.
¿Sabes? Nunca me cansaré de darte las gracias por ser lo más espacial que he tenido.

28 de abril de 2014

Inevitable.

Bloqueos.
Los conozco, demasiado bien. Eso de no saber qué, cómo, dónde, con quién. Eso de no entender por qué. La incapacidad de identificar un sentimiento, lo de sentirse piedra (y aún así, romperse). Tal vez necesite tiempo para el auto-análisis. Instrucciones para la reconstrucción. Pero, ¿cómo voy a ordenarme si ni siquiera estoy convencida de estar desordenada? Ojalá fuera más sencillo eso de entenderse. Alguien me dijo que no hacía falta tener un destino para viajar, pero a veces sigo echándolo de menos. Ese lacito que cierre la cajita una vez que todo esté dentro, o ese punto y final de la historia que aún no se ha escrito.
A veces dejarse llevar es agotador.
Yo que sé. Hace tiempo que aprendí a entender eso de que todo tiene varios lados. Que te acuchillen te ayuda a entender que la sangre desaparece. El dolor no es más que un estado transitorio. Viajar sin rumbo y con los ojos cerrados. Improvisar. Dejarse sorprender. Pero renunciar a la seguridad de tener una cuerda a la que sujetarse, una cama en la que quedarte a dormir.
Pensar también es a veces agotador.
Y agotarse, inevitable.

1 de abril de 2014

(Maldito Abril)

Caos. 
Es mi palabra favorita del diccionario. 
Caos
Cuatro letras. Empieza por "C". Sonido suave. Puede pronunciarse lento. Profundo. Lento.
Caos. 
Cerrar los ojos, dejarse llevar. 
Caos. 
A veces me acuerdo de aquel día que me dijeron "Insegura, ¿tú?". Se me quedó grabado. Confirmé aquella teoría de que las apariencias engañan. Yo, que no sé de casi nada. Que puedo decir trescientas cosas de mi misma sin llegar a definirme del todo. Mencionar siete teorías diferentes de casi cualquier cosa, sin saber decantarme por una sola. Yo, que pruebo. Para aprender a fallar, pero mejor, para aprender a acertar. Que detesto los horarios pero siempre pongo el despertador. Yo, que no le doy importancia a las fechas pero algunas siempre las recuerdo. Que soy tan de coger manías que hasta detesto algunos meses, aunque no sean personas ni personajes. Maldito abril. Qué poco me gustas. Yo, que soy incapaz de guardar las formas, que no me callo lo que pienso, porque puestos a explotar, mejor hacia fuera. Yo, tan de todos, tan de nadie, tan mía. Sonrío, casi sin querer. Lloro más fuerte cuando intento evitarlo. Me pierdo a veces. Me encuentro siempre. Yo, que tiro los regalos que me hicieron todos los para siempre que no lo fueron más por evitar el dolor que por rabia. O quizás por las dos cosas. 
Caos. 
Yo, que escribo porque quiero, porque me apetece, porque me da la gana, porque necesito hacerlo. Yo, que no sé exactamente lo que quiero decir. 
Quizás quiera hablar de la impotencia que supone querer sin saber demostrarlo. Que te hagan dudar de si quieres o no lo haces. Quizás quiera hablar, de aquel maldito - y catastrófico - abril. De las noches que he pasado pensando en cómo habrían sido las cosas si las cosas hubieran sido de otra manera. 
Bah. 
Como si nunca hubiese dicho aquello de que los condicionales no existen. Como si, en algún momento, hubiera creído en ese maldito tiempo verbal.

Yo, "que nunca sabré a ciencia cierta cuál es mi canción favorita, 
porque siempre parece ser la anterior, o la siguiente, pero nunca
la que estoy escuchando"

Caos.

Quiero que vuelva febrero. Y la magia. Y julio. Y el calor. 


22 de marzo de 2014

Setecientas veinte catástrofes, pero contigo.


"En aquella estación de pueblo llena de trenes con las puertas cerradas y a oscuras le acaricié la nuca y él me pidió que no dejara de hacerlo nunca. Yo quise seguir haciéndolo siempre, pero en la pantalla apareció The end y ambos supimos que no podíamos seguir con aquella historia" 
(Paula Bonet) 

Y de repente, notaba aquel escozor/pinchazo/opresión. Aquella sensación molesta a la que era incapaz de ponerle un nombre. Siempre le pasaba: era incapaz de diferenciar el dolor. A veces ni siquiera era consciente de que le dolía. Quizás por eso había tenido que llegar Mayo para que pudiera entender que aquel Abril había sido catastrófico, o era el mismo motivo por el que le estaba costando arrancar las últimas hojas del calendario aunque ni siquiera se percatara de ello. En febrero irradiaba magia, pero el cuarto mes del año no era más que un cúmulo insípido de impotencia, tristeza, y desazón. Como el pintor que, cuando termina un cuadro, se da cuenta de que ese no es el paisaje que quería pintar. Había elegido las palabras caos y catástrofe para catalogar todos esos impulsos desconocidos que pasaban por su mente. Cuando algo no tenía nombre, llegaba el caos. La rutina desembocaba en catástrofe; el miedo en incertidumbre. 
Y sí. Abril había sido, probablemente, el peor mes de aquel año acabado en 13. Un montón de sentimientos tirados por la borda en medio de un océano de nombre desconocido. Mucho más que eso. La pérdida del único plan de futuro, de la última casi-certeza que le quedaba. Abril había sido un mundo enorme sin mapas. Fotogramas en blanco y negro con más rojo sangre que rojo fuego. Catástrofe pura, caos emocional, erupción de atracción y deseo, ira y rabia. Pero, por lo menos, había sido vida. Piel de gallina sin necesidad de frío; lágrimas sin necesidad de películas; moretones y sexo. 
Me puse a escribir en tercera persona para darme cuenta de que, si yo hubiese sido la protagonista de esa historia, habría decidido que quería vivir setecientas veinte catástrofes, pero contigo. 



16 de marzo de 2014

Háblame del miedo.


Hay cosas para las que uno tiene que estar preparado. Como para escribir un sábado por la noche, cuando te haces lo suficientemente mayor como para entender que a veces quedarse un poco quieto es mejor que seguir corriendo. Alguien me dijo una vez que pensar no era perder el tiempo. Supongo que tenía razón.
Me suicidé mil veces sin llegar a morir de verdad. Me suicidé en palabras, me suicidé alejándome del cariño para no caer en la vulnerabilidad. Me suicidé haciéndome creer a mi misma aquello de que no hay culpables, sino causas. Pero quizás suicidarte te da la oportunidad de resucitar. Como cuando rompes un folio porque no te gusta el dibujo y empiezas de cero. Jamás he sabido dibujar, pero tampoco he sido nunca de escribir con sentido, coherencia, cohesión, introducción, nudo y desenlace y he seguido escribiendo. Dejándome vivir en el caos, aceptando que la lucha entre ser de hielo o ser de fuego siempre iba a estar vigente. Ya dijo Ferreiro aquello de que el equilibrio era imposible y aún así nos pasamos la vida tratando de no caer por miedo al dolor, hasta que nos faltan las fuerzas. Quizás deberían habernos enseñado que las heridas a veces escuecen, y que el escozor también es placer. Descubres tus límites la primera vez que coges una cuchilla y te acaricias la piel, aunque sólo sea por probar. Valoras tu vida cuando te planteas, sólo por un segundo, la posibilidad de morir. Resucitas cuando sonríes, y lo haces por ti. Resucitas cuando aprendes a sonreír también por los demás, o cuando decides no ahogarte aunque sólo sea porque alguien tiene que llegar a la orilla y avisar del desastre. Querer (algo, o a alguien) también es resucitar. Que te quieran es no morir nunca.
Ponemos nombre a las cosas por ese miedo tan absurdo que le tenemos a la incertidumbre. Por aquello que nos cuentan de que uno tiene que saber lo que quiere en todo momento. Y cómo conseguirlo. Las metas no son más que incentivos para avanzar, pero por qué. Quizás hay que ser muy valiente para saber improvisar. Para cerrar los ojos y observarte por dentro. O quizás sólo haga falta encontrar la canción adecuada.
A veces me pregunto para qué existen las palabras. Por qué la gente tiene siempre las cosas tan claras. Por qué no saben dudar. O si el asunto está en que no son capaces de confesarlo. Por qué todo les resulta a veces tan sencillo, con lo jodidamente complicado que es andar siendo uno, con lo imposible que parece hacerlo siendo más. Cómo elegir un camino habiendo miles. Cómo optar por unas palabras, cuando podrías soltar todo el diccionario de golpe.
Yo que sé. Me he dado cuenta de que últimamente casi nadie habla del miedo y me he quedado callada. A ver si sucede como con las noticias y me olvido de que existe cuando ya nadie lo recuerde.


"¿Sabes? Las peores pesadillas no tienen monstruos, sino espejos, y eso es algo que yo no sé cómo explicarte"

9 de marzo de 2014

No sé en qué momento dejé de escribir todo lo que pensaba, pero sé que me rompí un poco. Fue como ser más yo conmigo y más de los otros con los demás. Como sonreír sin ganas, aunque antes o después siempre asomase alguna que otra mirada borde y un par de comentarios fuera de lugar, por eso de no perder las buenas costumbres. Supongo que fue como es con tantas otras cosas: el desgaste es progresivo y te das cuenta de repente. Como cuando me despertaba cerca de ti, y tan seca. Como cuando no te quedabas, y yo estaba ahí, abrazando una almohada que olía un poco a febrero. La putada de no caer de golpe es que puedes no ser consciente de la caída, pero eso no evita las fracturas. O quizás sólo me pasa a mi, tan experta en eso de bloquear el dolor. En no respirar para no ahogarme. En correr para no pensar. Supongo que eso es lo que hago a veces. He dejado de imaginar el futuro porque no tengo ninguna certeza en la que apoyarme, y a veces me callo por miedo a decepcionar, y me pregunto dónde está aquella chica que siempre sabía cuáles eran los próximos treinta pasos que iba a dar, dónde se perdió, y también si la echo de menos. Desde luego, me faltan ganas para ir a buscarla. Creo que por eso me jode tanto cuando llegas y me dices "has cambiado", porque pienso que cambiar no es tan malo, pero no debería aceptar ningún cambio que me alejase de ti. Y aquí estoy, a veces, corriendo en dirección opuesta a tus ojos. Como si ya no me eclipsaran, como si no me diera la vida recorrerlos. Contigo me pasa siempre lo mismo: que no sé si me engaño ahora o si me engañaba antes. Aunque por primera vez siento que no me voy a volver a desengañar. Quizás porque ya no giro la cabeza cuando cojo el tren para ver como tú te vas sin mirarme siquiera, quizás porque ya no te miro y me pregunto si estás llorando. Quizás tampoco importan los motivos, como en casi todas las cosas importantes.

15 de febrero de 2014

Cuestión de física.

No es una cuestión de lógica. Nada racional. No se trata de elaborar listas de virtudes y defectos, de pros y de contras. Ni siquiera tan sencillo como un "estar mejor" o "estar peor". Es una cuestión de física, hablemos de la inevitabilidad del suceso. Como cuando ves a alguien y se te erizan los pezones. Ver un precipicio y tener que saltar. Una vez me llamaron valiente sin saber que la valentía no es más que el hecho de que la euforia del salto sea más importante que la hostia de la caída. Saltar con la piscina vacía porque merece la pena el golpe, aún a sabiendas de que existirá. Y a la mierda los daños colaterales, esos se los dejamos para todos los cobardes que viven con prudencia, y seguramente más, pero no mejor. Que más vale tener que suturarse heridas que no haber vivido en absoluto, o eso creo. Pero a ver a quien, a la hora de la verdad, no le tiemblan las piernas. A ver quien consigue liberarse de las costumbres adquiridas con el paso del tiempo, quien deja de dar tres saltos antes de cualquier competición. Incluso yo, que siempre he sido más de mordiscos que de besos, de las que invitan que de las que se dejan invitar. Yo, que cierro los ojos cuando ya no puedo más, que no me quedo quieta porque no quiero tener que pensar, que me ahogo a veces sin agua pero lo disimulo bien y que aprieto los labios cuando suena cualquier canción que me recuerda a ti. Incluso yo, a veces, tengo miedo. Miedo a la destrucción, a la incapacidad. Miedo a no ser consciente de los bloqueos, a no ver la salida de emergencia en medio del incendio. Miedo a ser siempre algo diferente a lo que esperan de mi. Miedo a sobrar. Miedo a no estar a la altura. Miedo a desear ser invisible y conseguirlo. El otro día me preguntaron a qué le tenía miedo y no supe contestar. A fin de cuentas no importa a qué. Lo único que importa es no entenderte y seguir temblando.

31 de enero de 2014

Que le jodan.


Que le jodan. Que le jodan al exceso de confianzas, a los que insisten y a los que hacen insistir. Que le jodan a subestimar a los demás, a la prepotencia, a la gente sin carácter, a la falta de ganas. A las camas demasiado grandes, a los sentimientos pequeños, a los que llaman amor a follar. Que le jodan a la cobardía, al no poder o no saber enfrentar los miedos. Que le jodan a juzgar, a hablar de más y preguntar de menos. Que le jodan a las distancias, a los cuerpos que no saben erizarse la piel pero siguen juntos por pánico al frío, a la necesidad, al conformismo. Que le jodan a todos aquellos que no dicen lo que piensan ni expresan lo que sienten, a los que se esconden en máscaras para no quedar de menos. Que le jodan al "que me llame él" cuando estás deseando escuchar su voz, al orgullo, a los protocolos, que les jodan a todos los estereotipos, a las putas que se disfrazan de princesas, a los que callan y a los que jamás cierran los ojos cuando besan. Que le jodan al invierno, a la magia que ya no hace efecto, a los que nunca sonríen y a los que aprietan los ojos para que no se note que están deseando romper a llorar. Que os jodan a todos, pero sólo hoy, que me he cansado tanto de la gente que sólo quiero alguna persona que no sepa que lo es, pero que lo sea.

23 de enero de 2014

Primera carta, tercera catástrofe.

He decidido escribir(te) para apagar mis ganas de llorar. Sé que es una tontería, sobre todo para mi que no creo en la suerte, pero no me la has deseado esta mañana, y tampoco la semana pasada. Y resulta que mis padres también se han olvidado, aunque luego se hayan disculpado por ello. Pero yo que sé. ¿Te acuerdas cuando te dije que no necesitaba a nadie? Quizás mentía un poco. Quizás.
Me he puesto a pensar y me he dado cuenta de que ya no nos decimos buenos días al despertar, ni siquiera con uno de esos besos comunes que se dan a todo el mundo. Que nos hemos acostumbrado tanto a las ausencias que parece que no importan. Y me está entrando uno de esos miedos horribles a convertirme en una desconocida más, un recuerdo del pasado o la nostalgia hecha persona, miedo a dejar de conjugarnos en presente o a que olvides cómo me quisiste a mi y no sepas qué contestar si la próxima también te pregunta "¿Pero más que a ella?". Sé que suena egoísta, y quizás debería desear que pudieses contestar un "Sí, mucho más", pero no estaría siendo sincera. A mi ego le gusta que titubees y no puedas responder, pero sepas con seguridad la respuesta. Supongo que en el fondo es lo que tenía que pasar. Eso de no saber de ti, que no sepas de mi y que no nos importe que alguna vez leí en algún sitio. Que sólo son días en los que me levanto un poco rota y me da por leer las cosas que me escribiste alguna vez y dejarme doler. Lo poco que sé del dolor lo aprendí rascándome en las heridas y disfrutándolo, entendiéndolo como se entiende un sentimiento, aguantándolo. El dolor nos hace fuertes. Igual por eso hoy me he puesto a mirar nuestras fotografías, pero sólo aquellas en las que salimos sonriendo, y he sonreído llorando, ya sabes. Y después me he puesto a escribir estas tonterías, que no son un "vuelve", ni un "quédate". Son más bien un modo de decirte que echo de menos todas mis primeras veces contigo. Solo eso. Nada más.

15 de enero de 2014

Invisibilidad.

Invisibilidad. Desaparecer por unos momentos. Sólo cuando el mundo parece asfixiarte. Cuando incluso los susurros se escuchan de forma muy fuerte en tu cabeza y las caricias ahogan. Cuando el contacto físico quema. Invisibilidad, volverme diminuta hasta dejar de existir cuando el mundo crea que conocer a alguien es simplemente verle sonreír. Si pudiera elegir un súper-poder creo que, sin duda, elegiría ese.

6 de enero de 2014

Queridos Reyes Magos...

Primero de todo, perdonad que sea tan poco original. Sé que últimamente todo el mundo os utiliza de excusa para contarle al mundo qué es lo que quieren ser, pero no se me ha ocurrido otra cosa mejor, así que tendré que empezar de este modo. Podría ser un poco hipócrita y pediros que acabéis con toda la pobreza del mundo; no digo que no me gustaría, pero no puedo pedir algo en lo que sólo pienso cuando ocurre algún tipo de catástrofe, así que no voy a pediros eso. También podría elegir como regalo terminar con toda esa gente que vive en las calles de Madrid; ahí sí, ahí sí me parto un poco cuando paso por su lado, pero para qué mentir, podría invitarles a mi casa y como mucho les doy un misero euro, dos a lo sumo, y casi siempre es para no sentirme culpable por ignorar las desgracias que me rodean. Voy a pedir algo para mi, porque como ser humano que me ha tocado ser, soy egoísta. Traedme un saquito de ganas para salir a buscar todo aquello que quiero encontrar. Ganas de ser valiente, ganas de ser capaz, ganas de entenderme a mi misma, ganas de tener ganas. Un saquito del que pueda tirar si en algún momento me faltan las fuerzas, me asusto y ni siquiera quiero salir corriendo. Y... a poder ser, un poquito de ilusión. Ya sabéis que soy especialista en eso de perderla, últimamente hasta me da miedo: es como ganar continuamente, pero no conseguir nada. Por desgracia, nunca es siempre la primera vez.  Ah, y si podéis, también haced que nunca deje de sentir mucho y muy fuerte, ni siquiera cuando lo deseé con todas mis fuerzas. Creo que no necesito nada más. Seguramente, no he sido lo suficientemente buena. He roto demasiado, he pensado poco y he follado más de lo que se considera correcto, pero siempre he sido fiel a mi misma. Espero que con eso os baste. Yo, por lo menos, creo que me lo merezco.

3 de enero de 2014

Hola, 2014.

Comencé el 2013 saltando al vacío para perderme entre sus piernas, y no me arrepiento. No me arrepiento aunque las cosas salieran mal, porque aprendí que el dolor existe en muchos formatos, y algunos llevan el nombre de otras personas. Fui incapaz de querer suficiente, o suficientemente bien,
y esto sólo se entiende cuando se vive de cerca. Quise mucho, mejor y peor, de manera desbordada,  caótica, como casi siempre, dejándome llevar, visitando precipicios en su cama, en la mía y en el suelo. Encontré malas compañías y me acerqué aún a sabiendas de que quizás estaba errando . Tampoco me arrepiento, no quiero nunca pertenecer a ese grupo de cobardes que dictan consejos desde las gradas. Vomité palabras, que es casi como decir, respiré. Me sentí vulnerable, desprotegida. Como quien es observado por dentro y se asusta y huye. Repercusiones de estar emocionalmente expuesto. Descubrí que, cuando estás demasiado arriba, sólo puedes caer. Y caí. Me ausenté, casi sin querer, como necesitando espacio para relacionarme conmigo misma, cortando mis relaciones con el resto. Me hice añicos, sangré por dentro y por fuera, sentí. Ví más cine que nunca, leí más que nunca. Me empapé de pensamientos de mentes desconocidas porque no conozco mejor forma de aprender. Que le jodan a todos los programas universitarios del mundo. Vida también es leer a Palahniuk una tarde de domingo. Corrí, me eché de menos y perdí la consciencia en más de una ocasión. Sufrí, mucho, demasiado. Quise resultar indiferente a los demás para poder hacer y deshacer a mi antojo. Pasé frío y no hubo abrigos, ni chaquetas, ni clavos a los que aferrarse. No supe agarrar las manos que me tendían y me dejé hundir hasta pisar fondo para coger impulso y salir a la superficie sola, como más me gusta hacerlo. Aprendí que, lo más bonito que nadie te puede decir es "Tú matarás monstruos por ti", pero no dejé de matarlos por el resto porque, a fin de cuentas, salvar a otros es siempre más fácil y menos arriesgado que salvarse a uno mismo. Me enfrenté a gigantes de dos metros, aún sintiéndome hormiga, y sobreviví, que no es como ganar batallas pero tampoco perderlas. Y así, sin darme cuenta, llegó el sol, la calma, los placeres de las noches de verano, el atardecer entre palabras y acordes al aire libre, las sonrisas sinceras, las ganas, el mar. Resucité entre las cenizas con tus manos en mis pechos y deseé congelar la pasión en una imagen, para por si. No querías estar conmigo, pero me besabas. Décimas partes nunca fueron buenas, pero sabían bien. "Conocí" a demasiadas personas, me agobié en más de una ocasión. Concluí que la vida, mi vida, la elijo yo. Y que no importa lo que piense el resto. Da igual que te admiren, que te quieran, que te odien, da igual que no te entiendan siempre y cuando tú sepas qué es lo que quieres hacer, cómo quieres hacerlo y con quién.
Empecé el 2014 ambiciosa, como siempre, queriendo cambiar el mundo aún a sabiendas de que quizás sea imposible, igual de bajita, menos cobarde, más fuerte. Escribiendo aquí, en el mismo sitio en que ya escribía allá por 2009. Remodelado, claro. Más grande, como yo. Pero el mismo sitio que, de alguna manera, se ha convertido en un pequeño hogar al que acudir cuando quiera, cuando el mundo se me quede grande. A este lugar en el que me desnudo algunas noches, algunas tardes y algunas mañanas. Supongo que, por eso, aunque resulte extraño viniendo de mi hoy me gustaría dar las gracias en general, porque de alguna manera los que leéis, los que comentáis, los que me escribís. Los que habéis intentado conocerme, y los que lo habéis hecho. Todos vosotros habéis ido haciendo que siempre termine volviendo a hablaros un poco del caos. Gracias.