28 de diciembre de 2013

Reflexiones de sábado.

Llevo más de 24 horas pensando en ello. Estaba en un sitio cualquiera, escuchando a un grupo de gente cualquiera hablar sobre una persona casi-cualquiera. Comentando sobre su vida, criticando su forma de llevarse a si misma. Hablaban de lo que hacía, de cómo se movía por el mundo. Lo hacían con desprecio, como si se sintieran mejores, más fuertes, más valientes, más aptos. Lo hacían como quien habla de alguien que siempre va a estar por debajo, de otro escalón social, de un desecho humano. Y no pude evitar preguntarme a mi misma porque no se preguntaban por qué lo hacía, qué le había llevado a ello, cómo veía las cosas. Por qué hablaban de ella, pero no con ella. Porque se callaban cuando se acercaba, como cobardes. No pude evitar preguntarme si no tenían problemas propios para pensar en ellos, o aristas que pulir para dejar las de los demás. Y sí, mi mente, a veces demasiado cruel, pensó cosas del estilo a "Ojalá que tú marido te ponga los cuernos mientras tú te dedicas a juzgar lo ajeno". Entonces me di cuenta de qué es lo que hacía que El mundo de Leland fuera tan especial. Leland siempre pensaba en qué pensaban los demás. No en lo que hacían, sino en qué estaba detrás de los hechos. Siempre me ha parecido fundamental, y sin embargo, lo único que trasciende es el qué, el cuándo, el dónde. Ni el por qué, ni el para qué. Quizás por eso detesto tanto la historia de España. Porque llevo casi-veintidós años peleándome con el franquismo, y aún nadie me ha enseñado la biografía de Franco.

23 de diciembre de 2013

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Se despierta esporádicamente y encuentra escritas en la pared las palabras que algún día le llevaron a la perdición. Fantasmas viejos, aburridos, cansados, casi siempre dormidos. Una vez se enfadó cuando alguien le dijo que las heridas se curaban con el tiempo, pero es verdad. El tiempo forja el hierro a fuerza de fuego, no cura nada pero mata todo. Ahora lo sabe, lo nota, lo siente: el dolor nunca desaparece, pero se adhiere a la piel. Aprendes a convivir con ello, y es normal. Nadie puede ser siempre valiente, pero tampoco cobarde. Empujar a alguien a una piscina es la mejor forma de hacer que aprenda a nadar, y tocar fondo es ayudarte a coger impulso. Aprendes a vivir cuando has conseguido sobrevivirte sola. A relacionarte con los demás cuando descubres cómo relacionarte contigo mismo. Sonríe porque, las cosas le siguen afectando. Y tanto. Pero sonríe porque sabe que eso, a fin de cuentas, es vivir. Y es jodidamente mejor que estar muerto. Sonríe porque sabe que todo lo malo termina, y lo bueno también, y que después de un muro de dos metros siempre vendrá uno de cuatro, y después uno de diez, pero joder, podrá saltarlos todos. Sonríe porque ha aprendido a aceptar la vida pero no se ha resignado a dejar de intentar cambiarla. Sonríe porque ha conseguido nadar en medio del caos, encontrar cierto equilibrio en el desorden, destruyéndolo todo menos las ganas, empezando por los principios. Probablemente sólo sea un equilibrio utópico, una aproximación o un autoengaño, pero a fin de cuentas todo es lo que uno siente y en este momento sonríe, aunque probablemente si fuera lo que fue estaría llorando.

22 de diciembre de 2013

"Espero que te pasen cosas buenas, pero sobre todo espero que tengas ganas de buscarlas"

Cada fin de año, inevitablemente, me topo con infinidad de mensajes/comentarios sobre propósitos, cambios, objetivos o balances del año anterior. Siempre he pensado que es mejor hacer estas cosas cuando uno las siente, y que no importa demasiado que sea junio, septiembre o mayo, pero seguramente sea mejor auto-diagnosticarse a finales de diciembre que no hacerlo nunca, por mucho que sea algo demasiado tradicional.
Quien me conoce sabe que no creo en las listas de propósitos. Cuando uno quiere hacer algo empieza a hacerlo y ya está, no es necesario escribirlo en un papel, ni marcarlo en una fecha. Si quieres correr, corres. Si quieres follar, follas. Si quieres sufrir, sufres. Y si quieres enamorarte, te enamoras Y punto. No quiero decir que no influyan en absoluto los factores externos, pero sin duda la predisposición para hacer/sentir algo funciona incluso en lo sentimental, entendiendo un sentimiento como algo completamente subjetivo para lo que la propia percepción del mundo es de gran importancia. Y no lo critico. Tengo una amiga que siempre habla del autoengaño en temas del amor, y siempre llego a la conclusión de que el amor es eso: un autoengaño. El etiquetado de una serie de sensaciones bajo una palabra que nos han enseñado que debemos alcanzar. Pero al final no importan tanto los conceptos, como en todo lo único importante es si merece la pena. Una vez me preguntaron que por qué me presentaba a los exámenes de una carrera que sabía que iba a abandonar desde el primer día de clase. Seguramente era algo completamente ilógico, un esfuerzo absurdo que no me iba a llevar a ningún sitio y que nada tenía que ver con el conocimiento, pues podría haberlo adquirido sin enfrentarme a algo que siempre me ha causado cierto rechazo. Sin embargo, no me costó encontrar la respuesta: merece la pena que me presente porque quiero demostrarme a mi misma que soy capaz. Y al final es lo que cuenta. El autodiagnóstico. No importa que a otros no les guste tu vida si te gusta a ti, así de simple. Y si tu propósito es escalar el Everest, ya estás tardando en coger un avión o lo que quiera que se coja para llegar allí. Toda demás palabrería escrita en listas interminables no es más que el autoconvencimiento impuesto por la sociedad de que debemos hacer las cosas que universalmente son conocidas como buenas: ir a clase todos los días, estudiar nosecuántashoras, bla, bla, bla. Y aún así, como todo ser humano viviente, alguna vez he hecho alguna de esas listas. Y quizás haya merecido la pena, porque me ha servido para darme cuenta que realmente no deseaba ninguna de las cosas que había escrito. 
A veces me pregunto si de verdad existe una realidad. Si hay algo objetivo, o sólo una suma de las percepciones que cada persona tiene de lo que le rodea. Ni tan siquiera el color de un objeto es siempre algo claro. Seguramente todos habéis vivido la típica "discusión" de "-Es verde. - Que no, que no, que es azul mar. - Verde agua." Recibimos estímulos externos del mundo y los etiquetamos con letras que conocemos según nuestra experiencia vital. Y sino, explicadme a mi cómo un esquimal puede diferenciar 30 tonalidades de blanco diferentes.  Es como el sufrimiento. Cualquier problema puede parecerte un mundo hasta que te tienes que enfrentarte a él, y dices "duele, pero puedo". Yo tengo la teoría de que podemos con todo. Estamos diseñados para ver a gente morir en los telediarios cada día y prácticamente, vivir inmunizados a ese dolor. Para asumir, incluso, que algún día seremos nosotros quienes dejemos de sentir, y probablemente ni siquiera lo hagamos "a lo grande", sino en una camilla de un hospital cualquiera, y entonces todo quedará reducido a la nada. Y no sabemos cuándo llegará. Cuando conocemos a alguien aceptamos inconscientemente la condición de perderlo, y aún así nos atrevemos a necesitarlo, asumimos el pacto de rompernos un poco porque sabemos que la reconstrucción no existe, pero siempre podremos vivir con grietas. Coge una cuchilla y hazte un corte. Mira la sangre correr. No, no estoy haciendo una apología de la autolesión. Es sólo un claro ejemplo de que el dolor duele, pero termina. Y si es muy intenso, si golpea bien, deja un rastro imposible de borrar, pero aprendes a convivir con él. Quien no está acostumbrado a echar de menos es porque aún no ha vivido nada. Y yo que sé. Aún así, no puedo evitarlo. No puedo evitar despertarme en esta cama y echar de menos una pelea de almohadas o pensar en la comida de Noche Buena y desear con todas mis fuerzas recuperar mi inocencia, y sentir ese calor que se siente cuando alguien te quiere sin más. No puedo evitar romperme un poco cada vez que me acerco a todo aquello de lo que me intento, constantemente, alejar. Y observo mi peluche de la pared, y recuerdo que yo siempre he querido ser Cáctus, la supernena más fuerte que siempre saltaba al vacío, sin miedo. Y aún así, aunque salte, siempre termino llorando cuando me descubro desnuda, inundada en fragilidad, y entiendo que aceptar algo no implica comprenderlo y mucho menos, quererlo. Y yo que sé, supongo que después de todo, lo único que pido es tener siempre ganas de avanzar. 

15 de diciembre de 2013

Autocrítica.

"No hay que llorar, guarda las formas. Tienes que ser valiente", y te lo crees. Coges aire. Respiras. Sonríes. Una y otra vez. Lo que no ves, lo que nadie ve, es que las heridas se enquistan por dentro. Que las lágrimas se agrupan formando charcos de sangre. Que duele aunque no lo llames dolor porque te prohiben ponerle nombre a ese vacío. "Tienes que expresar tus emociones", te dicen. Porque para ser persona hay que sentir. Maldita sociedad de mierda, maldito caos, ¿en qué quedamos? Y entonces te das cuenta de que habrá siempre más de mil señales indicándote caminos diferentes. Y dejas de escuchar a los demás para escucharte a ti mismo. Me pregunto cuántas personas pierden la felicidad guardando las formas. Respiras - otra vez - antes de saltar al vacío. A vivir se aprende viviendo. Pero por mucho tiempo que pase, a veces, sigues cayendo. Y te sigue acojonando levantarte. No me hagáis ilusionarme pensando que volveré a tener algo si no será así. Yo que sé. Quizás he sobreestimado mi fuerza, una vez más, y ni siquiera me atreva a pedirle a nadie que me preste un poco. Pensaba que podía llevar la situación con normalidad. Ni siquiera me importaba tener que sostenerte la mirada como diciendo "Mírame, no me has quitado nada, mírame las veces que quieras, que nada me puede desmontar. Soy de hierro, ¿ves? o de hielo, que es parecido". Pero siempre tiene que haber alguien que me recuerde que en toda guerra hay heridas y que ser pistola significa ocasionar daños. "-Siempre lo destrozas todo", "¡Cállate! Tú no has destrozado nada, no te preocupes, no podías evitarlo..." "Y una mierda, fuiste débil, podías haber aguantado..." y explotas. Y vuelves a llorar como las primeras veces. Y odias las putas fiestas de mierda. Y dices puta y mierda, porque así parece que lo sacas fuera. Y escribes, porque escribir es otra forma de sangrar, pero más sana. Y te dices a ti misma "Yo también tengo derecho a ser una niña asustada alguna vez". Pero no te lo crees.

PD.  Seguramente cambie el nombre de este blog en unos días. Hace tiempo que quiero hacerlo, aunque el hecho de que os dejará de aparecer como actualizado a los que me seguís vía "blogger" me echa para atrás. Sea como sea, si "desaparezco", buscad la url en el perfil. Quizás comente algunos días dando por el culo poniéndoos la nueva en vuestros blogs. Y eso.

10 de diciembre de 2013

De ganas, caos y desastre.

No sé si te acuerdas. Tú, tus miedos; Yo, mis dudas. Y nuestras ganas de hacernos el amor hasta tener que reinventar la palabra porque se nos quedase pequeña. Nunca fuimos de esas parejas que necesitan maquillar el verbo follar para que parezca que es algo más profundo. Tú siempre supiste que yo el amor, sólo lo hacía contigo, con esa sensación de querer cuidarte siempre, con ese pánico a romperte en mil pedazos, con esas ansias de dejarte sin habla para que no te fueras de mi lado. Con mis intenciones de enamorarte para que no me dejases nunca. Para tenerte siempre ahí, para hacerme sentir viva, para volverme menos egoísta, más fuerte, más valiente, más capaz. Para recordarme que, de todos los destinos del mundo, tú siempre elegirías el caos entre mis piernas.
Perdóname, no debí hacerlo. No debí retenerte. No debí pedirte que te quedaras. No debí buscar todas esas cosas, aunque siempre fuera sincera. Yo lo sabía. Sabía que no sabría protegerte, que no me rendiría a la rutina, que no podría darte la seguridad que no me sobraba. Sabía que te haría daño y aún así fui egoísta y te obligue a quedarte para no dañarme yo: lo siento. Créeme, de verdad.
No sé si te acuerdas. Lo importante no es el miedo, lo importante son las ganas. Con las ganas se vence al mundo. Con ganas somos inmortales. Pero, ¿Y si se agotan? Las ganas no se venden a granel. Se construyen en habitaciones vacías, con unas esposas y sin cama, contra la pared. Las ganas surgen de la nada y se volatilizan a polvos. Las ganas resurgen de las cenizas cual ave fénix cuando existe el morbo. Las ganas existen cuando el puzzle aún no está resuelto, cuando hay sorpresa, éxtasis de las primeras veces. Las ganas siempre se agotan. Se agotan cuando te limitas a ver una y otra vez películas de las que ya conoces el final. Cuando sabes que el orgasmo llegará después de unos cuantos mordiscos y te corres con el único objetivo de tener tinta con la que escribir textos inconexos.
"Cuando te enamores pensarás de otra manera, y descubrirás que es bonito aburrirse con alguien a tu lado..."; Probablemente, quizás.