25 de noviembre de 2013

"Si tiras demasiado de la cuerda..."

"Si tiras demasiado de la cuerda, se rompe"
Así de simple. Nos lo habrán dicho millones de veces, y parece que no lo entendemos del todo. Quizás porque confiamos demasiado en su fuerza, quizás porque nos importa una mierda si termina hecha añicos. "Es lo que tenía que pasar", diremos. Al fin y al cabo, ¿para qué quiere uno una cuerda? Para nada. Y si la vuelves a la necesitar, vas a la ferretería y te compras otra. No es más que eso. Un trozo de material que no sé describir, reemplazable, igual a otros. Hay metros y metros de cuerdas en el mundo, la tuya no es diferente por mucho cariño que le tengas por llevar jugando, saltando y disfrutando con ella media eternidad.
"Si tiras demasiado de la cuerda, se rompe" - Te dicen.
Y sigues tirando. Como quien piensa que todo es cuestión de destino. Como quien no entiende que no lo que no sobrevive muere. Como quien no le tiene miedo a la muerte, como si no supiera que la muerte es el fin del mundo. A todos nos gusta el mundo incluso cuando estamos rodeados de lágrimas. Las lágrimas pueden ser bonitas cuando entendemos que sentir es una puta maravilla, el mejor regalo que nos han hecho nunca. Y entonces lloras, y entiendes que el origen de ese dolor es el ser consciente de que la jodida cuerda está cada vez más tensa, y se va a romper, y tú te vas a quedar con un "es lo que tenía que pasar" entre las piernas. Porque es lo que tenía que pasar. Porque los muros son muros y cuando a uno se le agotan las ganas de saltarlos, te impiden ver lo que está al otro lado. Y lo que es más importante, te impiden tocarlo. Y entonces te das cuenta de que no pasa nada, porque en el lado en que te encuentras también hay cosas que merecen la pena. Aunque sigas preguntándote "qué hubiera pasado si...", aunque no sirva de nada. Pero no vamos a engañarnos. Se aprende a vivir viviendo. Y que algo salga mal doscientas veces no implica necesariamente que vaya a salir mal siempre, pero sí que existen muchas posibilidades de que así sea.
"Si tiras demasiado de la cuerda, se rompe"
Tira, tira, tira... 

16 de noviembre de 2013

No te vayas.

"Las cosas suceden poco a poco y nos damos cuenta de repente". Es lo que pasa, la vida. Van pasando las horas, los planes, los pensamientos, los fines de semana... hasta que todo cambia. Incluso tú. Y no importa cómo te pongas, no importa que la nostalgia te inunde con el ayer, ni que prefieras el hoy, ni que tengas un montón de fotografías escondidas en alguna de esas cajas repletas de recuerdos que no estás dispuesto a olvidar. Podrás recordar todo lo que quieras, pero el recuerdo no será más que eso: recuerdo. Y como dejes que pese demasiado terminarás convirtiéndote en una de esas personas que viven en presente, pero sin presente. Viviendo de una ilusión que no existe más allá de tu cabeza, pensando en un ayer que probablemente ni siquiera ha sido como tú lo recuerdas.
Ayer sucedió. Escribí uno de esos mensajes de cumpleaños a una de esas personas que en su día fueron importantes y hoy, simplemente, están ahí. Y pensé en todas las hormigas que en su día fueron gigantes. Malditos desconocidos con caras que "te suenan" porque están en todas tus fotografías del pasado. O que aparecen en forma de fantasmas cuando escuchas alguna canción, en las sábanas de tu cama cuando hace frío, en las sonrisas de alguien que sonríe exactamente del mismo modo en que ellos sonreían. 
Supongo que por eso no puedo evitar aferrarme a ti. Tiene que ser por eso. De ahí vienen las idas y venidas. No es porque necesite transformarte en palabras para tener algo que escribir, tú siempre has sido mucho más que palabras. Es porque, si paso página, si dejo que tú la pases... si algún día te vas. Si yo me quedo sola. Si necesito llamar a alguien, pero no sé a quién. Si te necesito y no estás. O no quiero que estés. Si me convierto en uno de esos errores reversibles que uno puede remediar, en ese "no fue para tanto" tan habitual... Que sí, que tengo miedo de perderte. Y entiéndelo. Yo siempre me he sentido completa porque tú estabas ahí. 

5 de noviembre de 2013

Cajón desastre.

Me he levantado a las 11 pasadas. Una mala noche. Una mala noche entre muchas noches buenas sabe peor que cuando uno se acostumbra a que todas sean una mierda. Me he desinmunizado al dolor y duele. He bebido un vaso de leche de arroz, fresa y plátano en mi taza favorita. Despacio, lento. Habláis del  sabor del chocolate porque seguramente no la habéis probado. Ingerir algún alimento puede producir placer, aunque sea en cosas contadas. Y más si mientras leo "Yo mataré monstruos por ti", miro a mi alrededor y veo que aunque siguen estando, son más pequeños. O quizás yo sea más grande. Pero no lo olvidemos, he pasado una mala noche, así que esta no es una de mis mejores mañanas. Si lo fuera, habría salido de la cama muchas horas antes y me habría llenado ya de muchas otras cosas, no habría tenido pesadillas y no me dolería todo el cuerpo. Me miro en el espejo: mi cara está más pálida de lo normal. Creedme, es posible. Me apetecen cosas que en este momento no puedo tener, pero es mejor eso a que no me apeteciese nada. Sé lo que es y no conozco ninguna palabra para describirlo. Como morir en vida. Arizona -mi gata- me lame los pies. Es gracioso. Es la única "persona" en el mundo a la que le gustan, y yo dejo que los mire. Mientras miro mis manos, llenas de arañazos. Los considero un mapa de sus juegos, un recuerdo de sus abrazos, y son mucho más bonitos que todos los cortes que ahora vuelco sobre folios en blanco cada vez más esparcidos en el tiempo. No sé cómo ha sucedido, ni por qué, ni si existe un sólo motivo o es el conjunto de muchas cosas. Sea como sea, sin lugar a dudas me alegro de verlas tan lejanas en el tiempo. Pensé que jamás me podría despegar. Me hace sentir que, pasados unos años, quizás haya dejado atrás cosas que ahora pienso que siempre me acompañarán. 

Antes solía pensar que ser yo era complicado. Ahora pienso que ser, sin el yo, no es sencillo. Ser implica sentir, y tener que tachar el prefijo -sobre para empezar a vivir con todas las letras. Ser implica enfrentarse cada día a un cúmulo de cosas y sensaciones que los demás se empeñan en que clasifiquemos como "buenas" o "malas", pero no es tan sencillo. Ser implica saber estar con uno mismo y con otros, y eso es mucho más jodido que entender de ciencias y de letras, porque el tiempo es limitado y las prioridades siempre hacen que o nos descuidemos o descuidemos al resto. Y es muy triste no saber acariciarse los pechos desnudos dentro de una bañera, pero también tener miedo a que te los acaricien. Ayer leí una historia sobre un pavo real que confiaba en la gente y era feliz, aunque ya no tenía plumas porque, por confiar, le habían traicionado. Y me pregunté que por qué dicen eso de "Confía hasta que no te demuestren lo contrario" en lugar de "No confíes hasta que te demuestren lo contrario". Que al fin y al cabo después vienen con lo de "Piensa mal y acertarás". Todo es contradictorio, incluso los refranes. Pero yo creo que en la vida todo hay que ganarlo, así que a decir verdad, quizás sea mejor no confiar y después ya veremos. Después vuelvo a pensar en el pavo real feliz y pienso que no importa tanto, porque al fin y al cabo no decidimos en cuestiones de confianza. Sino, todos creeríamos en nosotros mismos y o nos comeríamos el mundo o nos daríamos de hostias constantemente. Sería como vivir, pero amplificado. Como cuando sacas todas las emociones contenidas de golpe, pero constante. Agotador. Quizás es mejor no decidir en cuestiones de confianza. Quiero decir, sentirse pequeño, de vez en cuando, no está tan mal: hace que crezcas el triple cuando te demuestras a ti mismo que no lo eres. La cara B de la moneda, el miedo que te vuelve valiente cuando lo vences porque no te queda otra opción, los cobardes valientes, los valientes cobardes. Al final, el mundo es una escala de grises que a veces teñimos de blanco o de negro. Los demás son los colores. Recuerdo la primera vez que me dijeron que tenía que saber cuáles eran mis prioridades. Falté un día a entrenar porque tenía un examen. Mi entrenador se enfadó, y me lo dijo. Y yo de aquella ni siquiera tenía claro qué era la palabra "prioridad", pero lo entendí, y a decir verdad de la vida he aprendido más en una piscina que en la universidad. Es otro de los motivos por los que ser es tan complicado. Porque muchas veces tenemos que decidir. Y para decidir no sirve de nada la lógica. Decidir implica hacer un balance entre las apetencias, las obligaciones, las imposiciones sociales -porque, nos guste o no, siempre están ahí-, las necesidades vitales y tener en cuenta el factor causa-efecto. Seguramente me deje alguna variable. Y decíamos en el colegio que las ecuaciones de tercer grado eran jodidas. Al decidir tenemos que saber que ganar algo siempre implica perder algo. "Lo que le asustaba era la obligación de tener que escoger un camino. Escoger un camino significa abandonar otros". Ya lo dijo Coelho, y por una vez, tenía razón. Alguien imbécil me dijo una vez que no me pegaba leer porque era demasiado pija y hacía deporte. Era una de esas personas que critican la superficialidad, como si la única forma de no ser superficial fuera salir a la calle con una camisa rota. Supongo que es otra de las cosas por la que ser es tan complicado: prejuicios. La reacción del acto de ver es formar una idea mental de lo que estamos viendo. Nadie va a mirarte y no pensar nada. Habrá gente que te juzgue, constantemente. Y tendrás que aprender a quitarle importancia a los juicios que no tengan valor. Aunque la reacción a la acción de escuchar es sentir, así que no vamos a engañarnos: ningún juicio nos provocará indiferencia. Y dejemos de intentar satisfacer a todo el mundo, porque es imposible. Por intentarlo corres el riesgo de no saber quién eres, y ese es otro de los motivos por los que ser es tan complicado: ser es una mezcla entre lo que creemos, lo que queremos y lo que mostramos. Infinitamente complicado.
Pero después... llega alguien y nos besa. O sales a correr y te olvidas del mundo. O te corres, y hacen que te olvides del mundo. O ves una película, te vas de viaje, o diseñas una estrategia para hacer a tu mejor amigo feliz. Encuentras tu jersey favorito en el fondo de un cajón y descubres que aún no tiene bolas. Se te rompen unos vaqueros que no te gustaban y te empiezan a gustar. Tomas zumo de naranja y está tan ácido que casi tienes un orgasmo. O te levantas por la mañana después de una noche de mierda y descubres que, si duele, es porque te has desinmunizado al dolor. Y entonces ser quizás siga siendo complicado, pero parece sencillo.