29 de octubre de 2013

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Llevo todo el día intentando evitar encontrarme conmigo misma, rodeándome de gente, vistiéndome de fuerza y aislando el corazón. No sé si es por el frío, porque a mi cabeza le ha dado por volver una y otra vez al mismo recuerdo o porque llegan estos días festivos que tanto detesto. Supongo que debe haber algún motivo, porque dicen que todo sucede por alguna razón pero yo hoy no la encuentro. Ni siquiera sé por qué estoy escribiendo, si yo hoy no quería hacerle ni puto caso al cerebro. Pero ya ves, aquí estoy. No he conseguido agotar mis fuerzas hasta el punto de ser capaz de no pensar. Malditas desconexiones que nunca son permanentes. Aquí estoy, tratando de montar un puzzle sin piezas, intentando encontrarle sentido a la historia que dejé guardada en la maleta, preguntándome qué busco, qué espero, qué quiero. Ojalá encontrar respuestas se me diese también como cuestionarme el mundo. Pero no. Y ojalá follarte, lamerte, besarte, corrernos, sudarnos, olernos, follarnos, jodernos, herirnos, lamernos, curarnos, besarnos y volvernos a follar. Y hacernos el amor. Y ojalá tuviera claro quién eres, si existes y si de verdad quiero todas esas cosas o prefiero seguir siendo la chica indecisa que jamás sabe qué busca, qué quiere, qué espera.

(Podéis llamarlo lunes, o miércoles, o viernes, pero sólo por el final hoy ha sido un día de mierda)

12 de octubre de 2013

Sinrazones.

Busco razones, no sé si para mi o para ti. Razones de "quédate", o "márchate del todo", porque los puntos medios se me dan fatal y aún así, siempre me quedo anclada en el nuestro. Pero, ¿cómo no hacerlo? Puede haber muchas historias, todos con nombre, pero la tuya, la nuestra, tiene género: magia.  Y ahora te digo, o me digo, quédate, y que sea por ti. Que te he visto sonreír cuando me miras y joder, he empezado a creer en el amor. Que ya lo sabes, que algunos pueden entrar - y salir - pero sólo tú puedes venir, sin avisar. Y si me pillas en bragas mejor, que así no perdemos el tiempo en quitarnos la ropa. Y ven, ven ya, o espérame, que muero de hambre y entre tus piernas está lo único que me gustaría comer hasta hartarme. Y es que estaba tumbada, pensando en todo y pensando en nada, en cómo me dueles a veces y en cómo me revives siempre y, para qué negarlo, que si pienso en certezas me sigue viniendo a la cabeza tu nombre, en forma de incertidumbre, incógnita o paraíso. Qué más da. Tu nombre. Y dejo de buscar razones, porque total, a ver quién les hace caso cuando estás delante me agoto tanto queriéndote que no puedo ni pensar. 


(La ilustración es de Rebeca Khamlichi. La podéis encontrar aquí, y no tiene desperdicio)

7 de octubre de 2013

Y llora.

Era como una especie de algo que sobraba. Un sentimiento incapaz de expresar, incapaz de salir, incapaz de materializarse. Desconocido, inerte, vacío. Objeto no identificado. Dolor casi permanente. Como si, de repente, la hubiesen golpeando de tal manera que había sido incapaz de mantenerse en pie y, en el suelo, tuviera miedo a levantarse. Miedo a necesitar todo "lo de arriba". Necesidad. Cómo le asustaba esa palabra. Necesitar, que la necesitasen. No estar, que le faltasen. Compromiso. Vértigo. La simple casualidad de necesitar algo que no te conviene. Romper. Romperse. Romperse por romper. O romper por romperse. Complejidad humana. Acercarse a alguien siempre supone un riesgo. La primera norma de la independencia es "puedes llevarte bien con muchas personas, pero no permitas que nadie te conozca lo suficiente". Distancia (de seguridad). Aunque no haya peligro. Defiéndete antes de que te ataquen. Para por si. Que sólo tú puedas hacerte daño. Y háztelo, que el dolor está infravalorado, sobre todo como medio de motivación. Caos. Que duela la ausencia de dolor. Que duela mucho. Tiembla. Pasa frío de manera voluntaria: sólo así sabrás valorar el calor. Pide un abrazo con los ojos y apártate cuando te lo vayan a dar. Abstinencia. No habrá síndrome cuando te acostumbres. No habrá sentimiento cuando hayas perdido la capacidad de sentir. Y entonces sólo habrá automatismo, y quizás quieras volver atrás pero será demasiado tarde. Y no importará lo que quieras. Tendrás que encontrar otras maneras. Cuenta hasta diez. Hasta veinte. Hasta treinta. Si aún piensas lo mismo es que estás atrapada. Consigue que te quieran de manera inconsciente. Y entonces siéntete culpable. Una y otra vez. Por no encontrar un motivo para que lo hagan. Por no ser capaz de dárselo. Por querer y no poder o poder y no querer. Por haberte convertido en hielo mucho antes de. Ponle muchos nombres, pero siéntete culpable por destruir casi sin querer, casi sin tocar. Por ser incapaz de hacer todo aquello que a los demás les sale de manera natural. Por no querer lo que debes querer o lo que la gente quiere o lo que el mundo parece decirte que quieras. Por no entenderte. Por escribir para lograrlo. Por no saber si lo logras. Por dudar de todo. Por dudar de ti. Por no encontrar un puto motivo, por querer desaparecer. Y déjalo ya, que te vas a desangrar y a ver después quien te hace una transfusión.

2 de octubre de 2013

(No apto para diabéticos)


Ella me reta a sonreír 22 veces, y no se da cuenta de que desde que llegó a mi vida es la responsable de que se me curven los labios cada vez que pienso en las horas que faltan para abrazarla. Que cuando la veo alejarse mi mirada triste esconde un "quiero que vengas para quedarte", porque me sobran razones para quererla como a nadie, aún a sabiendas de que el verbo querer a mi siempre se me queda demasiado grande. Y es que me pasaría la vida cogiendo trenes siempre que el destino sea ella, porque tiene esa magia que sólo sus ojos saben explicar, la que hace que a su lado no deje de ser quien soy, pero sea mucho más que eso. Y me faltan palabras para hablar de lo mucho que me cuesta decirle cosas bonitas cuando me mira, de cómo me gusta que me abrace, de lo cortas que parecen a su lado las distancias largas. Me despido aquí, sin un final, que esos son para los cuentos y esto es más bien mi realidad.