21 de septiembre de 2013

(Pasado)

Automatismo emocional. Estábamos ahí, en un bar que no era el de siempre, sin ser nosotras las de siempre ni nada que se le pareciera. Yo, encontrándome con mi pasado y pensando en lo mucho que me pesaba la sensación de echar de menos lo que era echar de menos. Pero estaba aquí, en un presente, mirando hacia atrás y dándome cuenta que lo único que me unía a todo lo que había sido todo era un recuerdo lejano, fragmentado, muerto: un recuerdo para el que ya no quedaban sentimientos. No me dolía aquel futuro que había imaginado y que jamás llegó a ser porque en verdad prefería mi realidad, esa que lejos de ser lo que esperaba que fuera hacía que me sintiera llena incluso en los días en que optaba por saltar al vacío. Por primera vez en mucho tiempo me di cuenta de que yo era todo lo que quería ser. Y con eso, poco más importaba.

15 de septiembre de 2013

(Despedidas)

Me gustaría despedirme con un "que te vaya bien en la vida", pero a decir verdad no me importa en absoluto. Y no, ni siquiera es orgullo, o rabia - si me has leído escribir con rabia sabrás que no lo es-. Dolor, quizás. Porque dices poder hacerme feliz y todo lo que me haces es daño. Esperas a que baje la guardia para golpearme en el pecho y ahí dejarme sin respiración. Me gustaría que las cosas fueran... no sé, de otra manera, porque aunque sea una experta en corazas y en distancias largas, créeme: duele(s). Probablemente en estos años sí haya cambiado en algo: ya no me va el masoquismo emocional. Quizás tengas algo que ver con ello. Si es así, gracias. Ahora lo dejo ya. Cierro la historia repitiendo palabras ajenas, que a mi los finales siempre se me han dado muy mal:
Quien algo quiere, algo hace. Si nada hace, nada quiere. ¿No lo ha hecho? Ahí tienes la respuesta que tanto buscas. 
Fin.

PD. La diferencia entre tú y yo es que yo siempre tendré a alguien que se preocupe por mi. Con suerte tú conseguirás encontrar un polvo en la lista de contactos con quien evadirte de todo durante unas horas. Y ya sabemos que unas horas es demasiado poco para solucionarlo todo. (Sí, esto va con todo el rencor del mundo).



(Tenía que poner algo bonito en esta entrada)

13 de septiembre de 2013

Nota mental.

Una vez, hace un tiempo, me planteé dejar de escribir por las repercusiones que podían llegar a tener mis sentimientos en forma de palabra. Estaba cansada de tener que justificarme, explicarme e incluso pedir perdón por algo tan natural como sentir. Finalmente y después de un tiempo ausente me di cuenta de que era algo que no podía dejar de hacer: prefería ser fiel a mi misma que contentar a los demás. Era lo que había, y cualquiera tenía la opción de no leer. Hoy una amiga me ha pedido que publique uno de sus textos. Porque necesita compartirlo, pero no quiere exponerse a las opiniones/críticas ajenas. Publico el texto añadiendo que me parece realmente triste esa necesidad de cuestionar todo de los demás, triste a la par que real. Porque qué fácil es ver la paja en el ojo ajeno pero no la viga en el nuestro... 


Pasar página es tan sencillo como tú decidas hacerlo. De nada sirve ponerse trabas por miedo a olvidar y dejar de sentir eso que consideras especial. Lo fue, pero, con el tiempo, viene el cambio de perspectiva, la objetividad sin emociones y ahí es cuando realmente observas la realidad sin síntomas de ebriedad. Dos lo hacen y dos lo rompen, de nada sirve empecinarse y quedarte en esa página, el libro continuará siendo escrito sin ti. Así que coge tu pluma o smartphone, todo depende del postureo tecnológico del que quieras hacer gala, y comienza a redactar. 
Recuerda "dos lo hacen y dos lo rompen" si esto no funcionó no es por ti sino porque el tándem se rompió cuando el otro dejó de pedalear. La hostia que a todos nos duele, pero la costra que siempre cura. 


Quien algo quiere, algo hace. Si nada hace, nada quiere. 
¿No lo ha hecho? Ahí tienes la respuesta que tanto buscas.

Fin.


9 de septiembre de 2013

Cambiamos sin cambiar.

Vuelve la rutina, la obligación, el hacer acrobacias con los horarios para conseguir compaginar mundos y aficiones. La falta de tiempo y la suma de ganas para ver todas esas series que no vi en los últimos quince días. Empieza a hacer demasiado frío para salir a la calle sin ropa y ya hacen falta casi dos edredones. Anochece primero. El sueño llega después, por eso de que debería llegar antes. Es necesario algún reencuentro, y los típicos dos besos por obligación que tanto odio, pero los mayores se han empeñado en explicarme que son un signo de cordialidad. Y los sigo odiando, pero al parecer la cordialidad es necesaria, así que esporádicamente y sin que sirva de precedente traicionaré mis principios para ser cordial, espero que merezca la pena. Como cada septiembre, es un nuevo comienzo. Y este tiene más sentido que los anteriores. Me he hecho los propósitos de casi siempre y el propósito de cumplirlos: al menos ahora veo una motivación para ello, y supongo que eso hace que ni proponérmelos sea necesario. Cuando estás casi al final del recorrido cuesta menos hacer ese esfuerzo para llegar. Supongo que por eso siempre se me han dado tan bien los doscientos mariposa: exprimirte al máximo al final provoca una de las mejores sensaciones del mundo.
Es tiempo de cambios, sí. Pero hay cosas que no cambian. El mundo no funciona bien pero, ¿cómo va a hacerlo, si no paramos de excusar nuestros errores con el absurdo de que los demás también se equivocan? Con perdón, menudo argumento de mierda. Un discurso mal dado en la tele genera más comentarios que cuando a alguien se le ocurre hablar con propiedad sobre algo. Surgen bromas repetitivas que nos dedicamos a copiar (y pese a que millones de personas las hayan dicho antes y billones las hayan pensado, nos creemos graciosos). Y lo que es peor: creemos que, porque una mujer importante no sepa pronunciar inglés, tenemos derecho a no saberlo nosotros tampoco. Personalmente, y hablando claro y mal, me la suda cómo pronuncie o hable Ana Botella. Cuando alguien cuestione mi nivel de idiomas, seré yo quien lo defienda y no ella. Lo dicho. Reírnos y juzgar a los demás se nos da genial, deberían implantar una asignatura en todas las universidades españolas para aprender a reírnos y juzgarnos a nosotros mismos y dejarse de tanta estadística. Probablemente así las cosas mejorarían. O no.

4 de septiembre de 2013

.

Duele. Duele la ausencia, duele el frío, duele el no saber, o no querer, o no querer saber. Duelen las puertas abiertas por las que se cuelan, esporádicamente, resquicios de esperanza. Y duele matarla, pero también duele dejarla viva. No hay nada más adictivo que la esperanza, y tampoco hay nada tan cruel. Es como un pájaro que se ilusiona cada vez que su dueño le saca a volar por el pasillo, aún sabiendo que siempre ha de volver a la jaula, que su realidad es lo que se ve en ese lado de la ventana y el mundo exterior tan sólo un espejismo dibujado en un cuadro.  Como yo. Yo, ilusa. Yo, tonta. Yo, ingenua. Yo, idiota. Yo, imbécil. Yo, inserteaquícualquierobjetivosinónimodelosanteriores. Yo, como un perro cuando le aflojan la cadena y joder, de repente el dueño ajusta otra vez la correa y ahí se queda el perro, casi ahogado por la cuerda. Esos perros con correas "mágicas" siempre me han dado tanta lástima como miedo (y creedme, eso es mucho). Yo, que me creo que dejo atrás todo lo que hace daño y de repente, ¡zas! Realidad aparece y me siento ilusa, ingenua, idiota, imbécil y un largo etcétera de adjetivos detestables. Joder. Si es que hay dolores que nunca dejan de doler. 



1 de septiembre de 2013

L.

Recuerdo el día que la conocí. Hablamos de huidas, de lo que suponía correr sin tener a donde ir. Después, sin saber por qué, me abrió su corazón de par en par y me contó algunas de las historias más bonitas que conozco desde la otra cara de la luna. Me regaló su compañía y me dio la opción de elegir, en algunos momentos, la soledad. Cargó con mi cuerpo sobre su espalda para que no me mojase los pies y, de alguna manera, con las semillas de heridas que estaban germinando en mi interior aquellos días. Me dejó sus zapatos, su cama y su mundo e hizo que supiera que podía ser muy grande aún siendo muy pequeña. Me habló de filosofía, de soledad, de vacío. Me regaló un libro, dos poemas, tres vasos de batido de fresa e infinitos acordes de guitarra. Se regaló a si misma y yo, ahora, sólo puedo regalarme a mi, en forma de palabras y silencios dispuestos a escucharla (a escucharte) las veces que hagan falta. Por si vaciándote consigues estar más llena que antes de empezar. 


(Querida mujer de 20, ya es hora de que vayas asumiendo que siempre seré más alta que tú, pero siempre será un placer agacharme para darte un abrazo)