30 de agosto de 2013

La culpa la tiene el coste de oportunidad.

Quiero pero no quiero. Mis partes se contradicen. Mis amígdalas sangran. Se me entumecen los músculos. No quiero pensar, pero mi cuerpo se está cansando de mantener callado al cerebro. Lo necesito, pero no lo quiero. Lo deseo, pero sé que no debo. Si lo hago... pero sino... Joder. Me asusta. Me asusto. Siento. Y no siento. Duele y cura. Escuece, pero sana. Mi cabeza está tranquila, el estómago no para de gritar. Yo también grito. No se escucha. Tengo la piel insonorizada, mi boca sólo emite sonrisas. Tengo que tomar decisiones, pero no puedo elegir. No sé hablar. No sé lo que quiero. Casi nunca lo sé. Sé lo que me mueve, y preferiría no saberlo. Bueno, en realidad preferiría tener otros impulsos, pero ya dicen que no hay mejor ciego que el que no quiere ver. Nervios me dicen "corre", Músculos chillan "para". Escribo para no hacerles caso a ninguno de los dos. Lo único que tengo claro es que la culpa de todo la tiene el coste de oportunidad. Sí, eso es. 


(La fotografía - como tantas otras que he puesto por aquí - es de Dara Scully)

28 de agosto de 2013

(Hoy no estoy)

Se me dan mal las rimas, las frases cortas, las despedidas largas. Se me da mal llorar cuando hay gente delante, tomar decisiones coherentes cuando la coherencia y las ganas deciden ir separadas. No sé pintarme bien las uñas, ni arreglarme el pelo, ni qué cara poner cuando me hacen una fotografía. Soy nula en casi todos los deportes de pelota (sobre todo cuando la pelota es grande), y tampoco entiendo de todos esos bailes modernos que se llevan ahora. Muchas veces no entiendo lo que me rodea. No me gusta dar consejos, porque detesto ser mejor conciencia de la que tengo. Tampoco sé encontrar vuelos baratos ni planear vacaciones. Tengo un sentido de la orientación pésimo, soy incapaz de estar más de una hora sentada delante de los apuntes, nunca acabo los libros que no me han enganchado al llegar a la décima página,  a menudo pierdo la concentración en el primer cuarto de hora de las películas y tampoco sé depilarme yo sola las cejas. El mundo suele quedárseme grande, y una de mis mayores contradicciones consiste en lo pequeña que me siento cuando me siento segura (pero con ayuda, claro). No sé definirme ni etiquetar mis sensaciones, me destroza utilizar palabras demasiado grandes porque cuando quiero aplicarlas se vuelven pequeñas (hablemos de "amores" y "tequieros"). Es extraño que tome lo que desde fuera podría considerarse una decisión acertada, pero más extraño es que me arrepienta de cualquier elección errónea. Pese a todo esto, entre tanto caos, nulidades y partes erróneas, he de reconocer públicamente (o quizás, en privado) que necesito más cariño del que suelo reconocer.

(Así que gracias por dármelo aunque nunca lo pida)

26 de agosto de 2013

Que alguien me explique.

Que alguien me explique cómo funciona el mundo, porque yo hoy no lo entiendo. La gente espera que tomemos decisiones acertadas mientras ellos se equivocan, que entendamos sus patrones emocionales cuando incluso los nuestros se nos quedan grandes. ¿Y cómo saber qué es correcto cuando no existe ningún tipo de manual de instrucciones? ¿Cómo leer un corazón que se escuda entre la niebla para que no le hagan daño? ¿Cómo preocuparse por todo esto cuando tienes que pensar constantemente en cómo curarte a ti? ¿Cómo conseguir que todo el mundo salga ileso? ¿Cómo adaptarte a los demás siendo fiel a ti mismo? ¿Cómo se hace para poder estar en Roma y París al mismo tiempo? Porque yo no sé, no sé, no sé. No sé ser sincera sin romper, ni hacer lo que siento sin matar. No sé lo que conviene. A nadie. Ni siquiera a mi. Y parece que debo saberlo. Que alguien me lo explique.

25 de agosto de 2013

Como si el amor fuera quererse con heridas y follarse con ganas.

Odio ser tan yo y que tú seas tan tú que con un simple pestañeo consigas mover montañas, pero aún así me es imposible no seguir la señal de peligro al llegar a cualquier intersección, como si el amor fuera quererse con heridas y follarse con ganas. Aunque, a decir verdad, puestos a hablar de autodestrucción mejor que sea a base de placer. Juguemos a que la vida sea esa batalla en la que gana el que más sexo suda. 


(Tenéis que pulsar en la última frase para leer el "poema" que la contiene. Porque merece la pena. Y eso)

23 de agosto de 2013

"Ni de Eva ni de Adán"

"Lo que sentía por aquel muchacho no se correspondía con ninguna palabra en francés moderno, pero en japonés el término adecuado era koi. En francés clásico, Koi puede traducirse por gusto. Sentía gusto por él. Era mi koibito, aquel con el que compartía el koi: su compañía era de mi gusto. En japonés moderno, todas las parejas casadas califican a su pareja de koibito. Un pudor visceral destierra la palabra amor: salvo accidentalmente o ataque de delirio pasional, nunca se emplea esa inmensa palabra, que se reserva para la literatura o cosas así. 
(...)
¿Acaso puede uno enamorarse de alguien por quien siente gusto? Impensable. Uno se enamora de aquellos a los que no soporta, de aquellos que representan un peligro insostenible."

(Ni de Eva ni de Adán)


Hace poco tiempo una de mis antiguas compañeras de piso me hizo una recomendación literaria. "Lee algo de Amelié Nothomb, que te va a gustar". La verdad es que me fíe desde el primer momento. Consciente o inconscientemente la convivencia hace que los demás te conozcan, por algo sería. Otro punto a su favor era la brevedad de sus libros. Me gustan los libros cortos porque siempre tengo demasiadas ganas de saber cómo terminan las cosas, tanto que a veces no puedo parar hasta que los acabo. Con libros de 800 páginas esto sería un gran problema.
Una de las cosas que más me gusta de leer es cómo una ficción ajena puede estimular nuestra mente. Es como si la ficción saliera del papel: lo que cuenta otra persona te afecta, te hace pensar, joder, puede incluso llegar a "salvarte" (y sino que se lo digan a mi yo-del-pasado en el momento en que leyó "Veronika decide morir", pero eso ya es otra historia).
Desde el momento que leí ese texto estuve pensando en él. De alguna manera me sentí un poco japonesa, quizás porque a mi la palabra amor siempre se me queda demasiado grande, tanto que hasta me duele decirla en voz alta, como si estuviera traicionando a alguien o fingiendo que entiendo de algo que es tan abstracto que ni siquiera sé si conozco. Pensé también en todas las veces que había tratado de entender qué era lo que me hacía querer estar con otra persona: el gusto. Y qué era lo que siempre hacía que terminase huyendo: también el gusto. Ese "es bastante, pero no es suficiente (o al menos, no para mi)". Hay quien dice que espero demasiado. Hay quien me lo dice una y otra vez. Y yo odio las expectativas pero al mismo tiempo soy incapaz de no tenerlas. He conocido a más de una persona con eso que en japonés llamarían koibitos. Personas a las que les basta con eso bien porque no creen en el amor bien porque no aspiran a encontrarlo. Sin duda, no pertenezco a ese grupo. Claro que he tenido relaciones de ese tipo, y he esperado que se convirtieran en amor como si el amor fuese solamente cuestión de roce. Pero no. El roce sólo hace el cariño. El amor - quiero y creo pensar - es otra cosa. En el fondo soy una idealista de mierda. Seguramente también espero demasiado de todo, incluso de mi.
Sea como sea creo que me hubiera gustado nacer japonesa. Para no estremecerme jamás que escucho o leo la palabra amor. Y porque la ropa de allí es incluso más bonita. Pero eso también es otra historia.

19 de agosto de 2013

Agosto.

Era como escribir sin utilizar palabras, cuando quieres referirte a lo que dicen las canciones cuando no tienen voz o lo que transmite un silencio. Así mi cerebro, en estado de confusión, sólo era capaz de emitir juicios  quizás algo absurdos sobre las sensaciones más o menos pasajeras que se producían en mi organismo. Muero de frío y me duelen los restos del sol. Ser casi albina es una puta mierda. El olor a cremas y pomadas no me termina de gustar, al menos no comparado con el de mi gel de café y mi crema de frambuesa. En Agosto suelo tener ganas de que empiece Septiembre, pero para variar este año no quiero que el tiempo se acelere ni que se ralentice, me gusta que siga su ritmo. Quizás porque he dejado de pensar que el mañana siempre va a ser mejor que el hoy (o porque ya no me pueden tanto las cuentas atrás). Hago la fotosíntesis y el sol me da vida, a veces pienso que soy más parecida a una planta que a un ser humano (aunque, por desgracia, no crezco con la lluvia). Por la calle a todo el mundo le sobra ropa. Hay demasiadas chicas que no se rizan las pestañas ni se depilan las cejas y ni siquiera sonríen porque están demasiado ocupadas echándose cremas anticelulíticas a las piernas, como si las miradas sólo se guiaran por la inconsciencia. La cartelera está llena de películas que me gustan y en mi escritorio se acumulan libros que nunca tengo tiempo de leer. El cuerpo me pide movimiento y la mente me dice que pare. Y en medio de tanto caos existe algún espacio en el que sólo pienso en... 


bueno, qué más da. En realidad no importa.




16 de agosto de 2013

(Ebullición)

Hace poco leí que la poesía servía para escribir las cosas que uno no entiende. Quizás debería plantearme seriamente eso de hacerme "poeta", pero siempre se me han dado fatal las rimas, o el tratar de encajar palabras buscando crear belleza, o encontrar el orden universal entre mis letras. Yo siempre he sido más de caos e impulsividad, de vomitar frases sin sentido, cohesión ni, muchas veces, coherencia. Tendré que seguir escribiendo aquello que no entiendo en prosa. Escribirme en prosa (y con mala letra). Tan desastre como yo, casi siempre epicentro de todos los terremotos que me rodean.
Hoy estoy confusa, y es que a veces no sé si quiero quedarme o quiero marcharme, si quiero avanzar o retroceder. Quizás no me gusten los paréntesis por si quiero quedarme a vivir en ellos y me planteo esas preguntas de las que probablemente no quiero conocer la respuesta. Es como si vives en una burbuja: no puedes echar de menos el mundo exterior. Me gusta tener opciones pero si existiera un único camino con una sola dirección no tendría que pararme a elegir, algo que me resulta infinitamente complicado, sobre todo teniendo en cuenta que no soy de esas personas que se odian a si mismas cuando toman decisiones equivocadas. Me duele el verbo recordar porque a veces me tiñe de nostalgia, y no quiero vivir atrapada en un sentimiento que probablemente siempre esté ahí, pero eso no significa que constantemente lo vea. Mi cabeza hace de las suyas clasificando los miedos que he conseguido entender para después ser consciente de que la comprensión casi nunca soluciona las cosas. Lo entiendes y ya está, no hay más, sigue asustando incluso cuando tratas de racionalizarlo, porque para eso el miedo es irracional. Lo complicado en mi es que pocas veces soy capaz de distinguir la palabra tristeza del sentimiento feliz. Quizás los polos opuestos terminen convergiendo, como si toda la vida fueran círculos y del blanco al negro tan sólo hubiera un parpadeo. Los tonos grises se me dan fatal, casi tan mal como las despedidas, decir adiós o no hacerle caso a un instinto, aún cuando "destrucción" está escrita en la señal del principio del camino.

11 de agosto de 2013

(Podrían llamarse dudas)

Dicen que a veces todo es cuestión de tiempo, pero a mi eso del tiempo se me da fatal. Yo más bien tengo un talento innato para complicar las cosas, enredar los hilos, alimentar las dudas. Pero es que siempre he sido demasiado impaciente, y sino que se lo digan a aquella monitora de yoga que pretendía que respirase, cerrase los ojos y déjase de pensar durante veinte segundos seguidos, y a los tres minutos y medio que aguanté dentro de su clase antes de salir, tragándome incluso la vergüenza. Yo soy más de golpear mis miedos sin llegar a matarlos del todo, quizás porque me he acostumbrado a convivir con ellos, quizás porque la compañía me aterra más incluso que la soledad o igual resulta que en el fondo es lo mismo. Incoherencia ha decidido quedarse a vivir más allá de mis letras, en cada rincón de mi cabeza. Me pierdo, me rompo y en cierto modo, sigo estando entera. Y entonces recuerdo cuando alguien me dijo por primera vez que le parecía fragilidad y fortaleza - y todas las veces que me lo han dicho desde entonces -, pero es que cuando siento me desarmo (y cuando no siento, me desarmo también porque anhelo sentir, no hacerlo es casi como volver a estar muerta). Ojalá el amor de mi vida llevase mi nombre escrito en su cabeza, y pudiera olerlo y supiera "Es aquí", y no tuviera que debatirme entre quizás y ojalás, temiendo la idealización de algo que podría parecer perfecto, pero también podría serlo. A veces no sé si cierro puertas o dejo demasiadas abiertas. Pero ahora mismo encontrarme me supera.





7 de agosto de 2013

Clavos, estatismo y manuales de instrucciones.

Estaba pensando en todas esas ideas absurdas que trataron de insertarme cuando era pequeña, como queriendo venderme una vida con un manual de instrucciones que no la hacía funcionar. En él venían escritas cosas como que querer era poder, que cada uno tiene lo que se merece, que el tiempo lo cura todo o que un clavo saca otro clavo. Y el tiempo me enseño que (casi) nada de todo eso era real. No eran más que una serie de pautas escritas que funcionaban a veces y, quizás, nos otorgaban la seguridad suficiente para no temerle a todo lo que se nos venía encima. Sin embargo a mi alrededor había tantas personas que se lo creían tanto que parecía que lo hacían real. Y es que al fin y al cabo, quizás baste con creer para crear existencia. Hablo de esas personas que dejan de llorar cuando alguien les seca las lágrimas. No sé si es extraño o algo muy habitual, lo que sí sé es que ese tópico tan típico jamás ha funcionado conmigo. 
Cuando era pequeña, a veces se me escapaban las lágrimas por motivos conscientes o inconscientes, por miedos inherentes, por incomprensión al mundo, por incapacidad envasada al vacío. Y venía alguien y me decía que no debía llorar, que me ponía muy fea, que no era para tanto, que me llevaría a nosédónde, o me compraría noséqué, o haríamos aquellacosa. Lloraba más. Lloraba por vergüenza y por culpabilidad. Por la culpabilidad que siente alguien que tiene a quien quiere curarla, pero no puede o no quiere dejarse curar. Supongo que me sucede lo mismo con eso de los clavos. Personas ajenas no pueden jamás sanar el dolor propio ni el impuesto por otra persona ajena. Cada uno sutura las heridas que provoca, no hay más.
No sé si me gusta. Quizás todo sería más fácil si un motivo A pudiera hacer desaparecer a un problema B así, por arte de magia. Quizás sería más feliz si al ser buena en matemáticas no importasen en absoluto mis nulos conocimientos de geografía. Pero si en algún momento tengo agujeros no importa tanto todo aquello que me llena: sigo estando rota. Y una balsa se hunde incluso con un diminuto pinchazo. Lentamente, pero se hunde. A lo que iba con lo de los clavos es a que ni siquiera me parece justo. Ni por el primer clavo, ni por el segundo. Al primero le quita la unicidad, como si cualquier clavo encajase en el mismo agujero. El segundo no deja de ser un engaño, algo que funciona, pero no tan bien. Mejor eso que nada, con el tiempo los engranajes se acostumbrarán al nuevo componente de un mecanismo que seguirá adelante a trompicones. Como coser un cojín que se rompe y podría seguir. A veces fabrico metáforas casi con la misma velocidad que fabrico ideas.
Al final no llegué a ninguna conclusión más allá que lo de llorar y ahogarme no había desaparecido en los últimos (y primeros) veintidós años y quizás no desaparecería nunca. Yo para dejar de llorar necesito soledad, aislamiento y ser el núcleo de la indiferencia ajena. También llegué a la conclusión de que no entendía de clavos, ni de agujeros, ni de rotos. A veces pienso que todos estamos fragmentados y otra que siempre somos completos aunque esporádicamente nos creamos partes. Lo que sí tuve claro después de empezar a pensar fue que jamás me creería nada que me dijeran si no lo probaba yo primero. Sería la dueña de mis propias teorías, analizaría mis patrones de comportamiento míos-y-sólo-míos hasta llegar a entenderlos y así, poder modificarlos, aunque fuera un poquito. Y eso hice. No sé si sirvió de algo, pero lo hice. Como tantas otras cosas.


La imagen es de Tumblr. 

(Al fin y al cabo, acabo de leer un fragmento de libro bonito que decía que lo importante cuando uno se planta ante un tigre es decidir si huyes o luchas. Decía que ambas opciones eran válidas, pero lo que no puedes hacer es quedarte quieto)

4 de agosto de 2013

(Tentaciones)

Me besaban, tus ojos, y no necesitaba que lo hicieran tus labios. De fondo, nuestro océano mediterráneo creaba la banda sonora de un momento que habría parecido fugaz incluso si hubiera sido eterno.
Supe casi desde el primer segundo que bajo ningún concepto lograríamos superar ese escalón de distancia que nos habíamos impuesto, pero yo te dije siempre que no sabía no dejarme llevar y no podías pretender que fuera yo quien pusiera los frenos cuando ni siquiera estaba convencida de querer hacerlo.
Aún ahora me cuesta explicarme el por qué de tanto deseo. Quizás lo que más me guste de ti sea que a tu lado, la vida es un juego. Excitación prohibida en una habitación vacía que, con nosotras, estaba demasiado llena. Aislarnos del mundo en una azotea mientras la música suena. Te tocaba, como siempre, con miedo a que te rompieras.
Tus dientes, mi pecho. Mis dientes, tu cuello. 
¿Qué cojones estábamos haciendo? Las voces en mi cabeza me repetían una y otra vez que estaba siendo demasiado egoísta y a mi no me importaba una mierda. Decidí permitirme el lujo de soñar despierta.
A suficientes kilómetros de distancia, con un arsenal de dudas en la maleta, aún me costaba entender por qué las cosas parecían siempre tan complejas. Pero es que yo ya estaba mentalizada de que tú nunca y... ¡Joder!
Quizás el problema era que nos habían hecho creer que amar era sufrir. Y así, destrozándonos poco a poco, desintegrándonos, autoflagelándonos, arrancándonos las entrañas y las vísceras, apagándonos el corazón para no sentir el daño, restringiéndonos las ganas, alimentando los miedos, ahogando las dudas, matándonos... así, sólo así, creíamos que nos estábamos amando como nadie.

1 de agosto de 2013

Frenar.

Recuerdo la primera vez que me monté en bicicleta. No sé si porque me lo han contado o porque de verdad el dolor de la caída quedó grabado en mi de tal manera que, a posteriori, fui incapaz de olvidarlo. Me caí por imprudente, por confiada. Como siempre. Me caí porque creí a pies juntillas lo de que puedes conseguir todo aquello de lo que te crees capaz. No recuerdo qué edad tenía: sólo que iba vestida de rosa y llevaba un casco verde. Que no tenía ni idea de cómo se supone que se conduce una bici, pero unos amigos algo mayores que yo me retaron a echar una carrera y no podía sino aceptar. Ya por aquel entonces mi afán de competitividad me impedía admitir que podía haber alguien en el mundo a quien yo no pudiese enfrentarme. "Bajamos la cuesta, giramos a la derecha, subimos por ahí y volvemos aquí". Las instrucciones parecían claras. Olvidé que no tenía ni idea de cómo se giraba a la derecha, ni de que era necesario frenar un poco en las cuestas para no volar por los aires al llegar abajo. Y así, habiendo seguido todo de frente, me estampé contra el borde de una fuente y me caí dentro. Eso sí: fui la primera en bajar la cuesta y al final nadie llegó a la meta. Seguí montando en bicicleta, porque a mi a cabezota no me gana nadie, pero nunca aprendí a frenar. Una vez empezaba a pedalear era incapaz de parar sin la ayuda de otra persona. Mi padre y su paciencia infinita solían hacer de tope cuando tocaba cambiar de actividad, y eso solía ser cuando alguien me avisaba de que había llegado la hora. Creo que a día de hoy aún me cuesta ser consciente de cuando se me agotan las fuerzas, física y emocionalmente. Es complicado decir "hasta aquí" cuando todo lo que quieres es seguir. Difícil dejar de hacer algo que te hace feliz y de pensar en repercusiones futuras cuando lo que cuenta es el presente. Dejarse llevar es demasiado fácil, sobre todo cuando uno no sabe realmente si habrá un futuro. Insensato, quizás. Pero quizás la vida no esté hecha para la sensatez, o yo no esté hecha para la vida. Se puede aprender a montar en bicicleta y se puede aprender a vivir, pero siempre habrá terrenos por los que por mucha teoría que conozcamos, corramos peligro de caer. Y por muy valiente y confiado que uno sea, seguirá corriendo ese riesgo. Porque nos vendieron frases como que querer es poder y que cada uno tiene lo que se merece, y lo peor es que hay quien cree que de verdad es así. Seguramente nunca aprenda a frenar, pero al menos soy consciente del peligro que supone. Ojalá eso me hiciera más fuerte.