26 de febrero de 2013

Parada (temporal)


"Yo sólo escribía porque no podía estar sin escribir. ¿Por qué no podía estar sin escribir? La razón es muy clara. Para reflexionar sobre algo yo, previamente, necesitaba plasmar ese algo por escrito. Ha sido así desde mi infancia. Cuando no entiendo algo recojo, una tras otra, las palabras esparcidas a mis pies y las conformo en frases. Si no funciona, vuelvo a mezclar las palabras y las ordeno otra vez de forma distinta. Tras repetir varias veces el mismo proceso, al fin, soy capaz de pensar como el resto de los mortales".
Sputnik, mi amor.

Alguien me dijo una vez que es necesario saber pisar los frenos a tiempo. No sé muy bien cómo se despide uno. Ni siquiera me han gustado nunca las despedidas. Cuando pienso en despedidas siempre me viene a la cabeza la última vez que vi a mi abuelo sin saber que sería la última. Lo que sí sé es que si bien escribir es necesario, escribir aquí tiene cada vez menos sentido, al menos en estos momentos. 

Muchas veces he sido consciente de que cuando dices las palabras en voz alta, cuando hay alguien dispuesto a escucharlas, éstas se hacen más reales de lo que habían sido hasta ese momento. Quizás me equivoque si decido esconderlas, pero si dejara que salieran me convertiría en todo fragilidad y no quiero serlo (nunca más). Por una vez en la vida prefiero que me quemen por dentro hasta que no tenga donde meterlas y sienta la necesidad de dejarlas salir, o aprenda a destruirlas y entonces no tenga que pensar en qué hacer con ellas. No sería honesto seguir escribiendo, ni sincero, ni transparente, y me niego tanto a fingir que todo va bien como a quejarme aún sabiendo que quizás ni siquiera tenga motivos para hundirme con tanto bote salvavidas a mi alrededor. 


(Así que eso. Esta entrada es para que sepáis que no he muerto. Para que nadie se extrañe si pasa un mes y no he vuelto a aparecer por aquí. Sólo estoy en proceso de congelación. Hasta que pueda volver a escribir "azúcar y muchas cosas bonitas", o pueda ser caos sin romper a nadie, sin romperme a mi misma, sin exponerme. Besis)

24 de febrero de 2013

Cuando C. tiene que tomar una decisión importante no lo piensa demasiado y se lanza a la piscina sin preocuparse de si hay agua o no. Sin embargo, para las decisiones poco trascendentales C. elabora planes mentales y cambia de opinión siete veces y media.
Hay días en los que a C. le gustaría desaparecer. No quiere dormir, le da pereza respirar, le asusta el frío y siente miedo. Esos días en los que está realmente triste observa carreteras.
A C. le gustan todas aquellas cosas que no le pegan en absoluto. Le dan la capacidad de sorprender.
Detesta por encima de casi todas las cosas en el mundo ilusionarse, pero a veces, aunque sepa que algo no va a suceder, en el fondo desea equivocarse y tiene la esperanza de que suceda.
C. colecciona calcetines de las personas con las que mantiene relaciones físico-sexual-sentimentales. Para saber si alguien le importa se pone sus calcetines y deja volar sus (no)sentimientos.
A veces C. escucha canciones en bucle hasta que se cansa y no vuelve a escucharlas nunca más. A veces a C. le pasa un poco lo mismo con otras cosas de la vida cotidiana.
C. tiene miedo a las cosas sencillas. De alguna manera se siente cómoda cuando las cosas son complejas.
Alguien dijo una vez: "cuando te acostumbras no es para tanto". Esa frase se le quedó grabada. Como si sus historias estuvieran destinadas a terminar casi antes de empezar.
C. es competitiva, pero sus competiciones favoritas son aquellas que desarrolla contra si misma: sólo así puede ser todo lo buena que puede llegar a ser.
Le encantan los columpios, pero le dan miedo los toboganes. Cuando era pequeña siempre olvidaba apoyar las piernas al llegar al suelo.
C. adora "El mundo de Leeland", pero es incapaz de contener las lágrimas al llegar al final.
Las fotos favoritas de C. son aquellas en las que no se le ve la cara. A poder ser en blanco y negro.


(Hoy es uno de esos días en que le encantaría encontrar una explicación para su falta de ganas. Quizás se deba a que siguen existiendo sus miedos de siempre. Quizás simplemente al frío. Quizás al dolor de cabeza. Quizás no exista una razón concreta y simplemente sea un día en blanco y negro...)

21 de febrero de 2013

Pizzas a un euro.

No estaba pensando en nada. Me dolía la cabeza y los pies me pesaban toneladas. Y entonces vi que donde normalmente no había nadie, había mucha gente. Pensé que había sucedido algo grave o importante. Cuando donde normalmente no hay nadie de repente hay mucha gente suele ser por algo así. Al aproximarme al bullicio mis dioptrias dejaron de hacer efecto y fui consciente de que toda esa gente en realidad formaba una cola interminable con el único objetivo de comprar una pizza a un euro. Y ya fui incapaz de seguir pensando en nada. Me puse a pensar en el mundo, en las personas, en la manera de hacer las cosas. 
No me gusta esta cultura en la que vivimos. Esta en la que faltan ganas y sobra de todo lo demás. En la que la resignación le ha quitado todo el aire a la esperanza, que se está muriendo poco a poco. Cultura de autómatas. Personas que repiten una y otra vez las mismas acciones mientras los relojes corren y las cosas no cambian. Ya parece que hasta las manifestaciones no sean más que algo rutinario de lo que en realidad no esperamos obtener nada. Pensar está infravalorado. "No pienses demasiado" es lo típico que te contesta la gente cuando afirmas que todo va mal. Fast-food, buscar lo barato, lo fácil, lo que se puede conseguir en un abrir y cerrar los ojos sin más esfuerzo que la desconexión momentánea. Mirando al de detrás y al de delante, que están haciendo lo mismo que tú. Porque al fin y al cabo nadie aspira a nada más. Egoísmo. Miré a toda esa gente, comprando ocho, nueve y diez pizzas. -¿Qué iban a hacer con ellas?- me pregunté. Comérselas, Cris, comérselas. Al fin y al cabo es lo que la gente suele hacer con la comida. Congelarlas, quizás. Pero si es a un euro, todo vale. No importa la calidad ni las consecuencias. Como en el amor. Qué fácil es enamorarse cuando no existe posibilidad de romperse, cuando no hay hueco al dolor. Relaciones simples que no te hagan pensar demasiado, porque ya sabemos que pensar es malo. Pensar sólo lleva a buscar el cambio y buscar el cambio es peligroso y de lo peligroso tenemos que huir. Quizás ese es el problema. Que le hemos cogido miedo al peligro como si no fuera necesario arriesgar para ganar. Como si caminar sobre seguro fuera la única manera de alcanzar el éxito. 
Me temblaron las rodillas, se me nubló la vista. Me dí cuenta de que en el fondo me gustaría automatizarme. No tener sueños ni aspiraciones y volver a ser de nuevo esa perfección de mentira que deja de ser para tanto cuando aparece el factor costumbre. Si consiguiera automatizarme no importaría no ser más que un espejismo: no es necesario ser el mejor cuando todo lo que se te exige es simplemente ser. El problema era que yo no podía idealizarme: ni a mi ni nada de lo que me rodeaba. No era conformista porque no quería serlo. Esa era la realidad. Y por esa realidad perdía cualquier tipo de derecho a quejarme. 

20 de febrero de 2013

Big noises scare big monsters, remember?

Y entonces grité. Grité como si mi voz me estuviera ahogando. Como si cada decibelio provocase el desgarro de algo en mi interior. Grité como si necesitara sacarlo todo fuera. Grité tanto que quedé reducida a la mitad. Escuchaba esos susurros en mi cabeza diciéndome que tenía que seguir intentándolo. Que no debía rendirme. Que aún me quedaban fuerzas. Hasta que no fui capaz de emitir sonido alguno. Entonces abrí los ojos y los monstruos seguían estando ahí.
- No puedes gritar sola, ¿recuerdas?
Pero ya era demasiado tarde. Quizás tendría que haber pedido ayuda cuando podía hacerlo. Cuando podía hacerme entender. Cuando me podían oír.


(Había avanzado suficientes pasos y aún así sentía que estaba a miles de kilómetros de distancia)
(Mi version más crítpica echaba de menos salir a la luz)

12 de febrero de 2013

Aún.

Aún tengo puestos tus calcetines, y tu olor impregnado en mi piel. Y el recuerdo de tus caricias y todos los "tequieros" que no nos dijimos.
Aún tengo cicatrices del adiós que hizo que me rompiera en mil pedazos (aunque ya esté acostumbrada a romperme) y me falta el corazón que debí dejarme en tu cama (porque me dijo que en ningún lugar podía sentir como al lado de tu cuerpo).
Aún soy un poco la sombra de la chica espacial que soy contigo, pero no sé por cuánto tiempo. Esta noche me faltaron tus abrazos, ver tu mirada al abrir los ojos. Y sin eso me fui borrando poco a poco.
Quiero (re)correrte. Otra vez.

6 de febrero de 2013

Aún no es mi cumpleaños.

(Y lo pongo en el título, para que nadie caiga en el error de no leer nada más y felicitarme con trece días de antelación, no vaya a ser que me traiga mala suerte)
El caso es que aunque aún no sea mi cumpleaños, yo ya llevo días dándole vueltas. No sé muy bien por qué. Supongo que soy como los niños pequeños cuando esperan a los Reyes Magos. A esa ilusión que siempre me hace hacerme mayor, hay que sumarle unos puntos extras, por eso de cumplir edad par: no sé por qué, pero el cambio de 17-18, 19-20, 21-22 me parece más sustancioso, aunque hayan pasado los mismos 365 días (bueno, en este caso, 366). El caso es que me hace ilusión cumplir años. Que se acuerden de mi. Las felicitaciones sinceras (porque a un "felicidades" por compromiso no esperéis una respuesta amable, eso no). Me hace ilusión que a algunas personas les haga ilusión que me haga ilusión. E inevitablemente pienso en otros de mis cumpleaños.
Podría empezar hablando de aquellos tiempos en los que invitaba a mucha mucha gente (algunos niños con los que, creo, no intimaba demasiado), y soplaba las velas y jugaba al escondite. Pero la verdad es que de eso no tengo demasiados recuerdos más allá de los que me han contado las fotos, y que una de mis amigas perdió una pulsera de plata con patitos en una piscina de bolas y tuvimos que ponernos a buscarla (¡con éxito!) porque no paraba de llorar. 
Inevitablemente, empezaré por aquel cumpleaños horrible que preferiría olvidar. Aquel cumpleaños que me pasé durmiendo con un camisón blanco en una cama fría de hospital. Aquel cumpleaños en el que, según dicen, no paraba de temblar y del que sólo recuerdo sueños horribles y los días posteriores. Aquel cumpleaños fue el único en el que no me importaban las felicitaciones porque ni siquiera era consciente de que fuera mi cumpleaños. Recuerdo abrir los ojos y sentir una caricia. Recuerdo el suero aquel que me quería arrancar. Recuerdo encontrarme realmente mal. Recuerdo no tener fuerzas para moverme. Recuerdo y pienso que lo mejor de todo esto es que nunca podrá ser peor (o al menos, no quiero imaginarlo peor). Es lo mejor de pisar fondo: que sólo puedes ir hacia arriba. 
Dicen que después de la tormenta viene la calma y, 365 días después, podría hablaros de sus ojos oscuros, de la playa y el sol, de aquella complicidad que nadie se podía explicar. Quizás estaba demasiado lejos porque no había nada que me importase lo suficientemente cerca. Pero creo que, ese cumpleaños, no lo cambio por ninguno. Probablemente, de no haberlo pasado con ella ahora no formaría parte de mi vida. Al menos no una parte tan grande. Y por mucho que la vida sea algo más que la suma de sus partes, no quiero quedar reducida a lo que es ser sin tener ganas de sentir. Mi mejor regalo fue recuperar la ilusión. Nadie me ha vuelto a regalar jamás algo tan valioso. 
Después vinieron los 18 que tan mayor me hacían sentir, las celebraciones con música de fondo y mucho, mucho ruido. Lo de comprar ropa especial para la ocasión. Y aquella fiesta "sorpresa" con guirnaldas en una casa rural y con un jacuzzi entre montañas. Respecto a todos estos acontecimientos, no sé muy bien qué sentir. ¿Nostalgia? Quizás. ¿Rabia? También. Pero es que yo pensé que duraría para siempre. Di demasiado valor a la amistad. Me creí esas cosas absurdas que dicen de que un amigo es un tesoro, y jamás se olvida, y hay que cuidarlo bien. Y ahora no sé muy bien si mereció la pena. Si fue real. No puedo evitarlo, ya lo he dicho alguna vez. Lo de pensar que si algo termina es que realmente no merecía tanto la pena. Y es que a mi no me gusta que me den algo que luego me van a quitar. Por mucho que lleguen personas nuevas, las antiguas son irremplazables. Y cuanto más te importan, mayor es el hueco que dejan. Y por mucho que lo que tenga ahora sea infinitas veces mejor de lo que tuve entonces, estoy llena de grietas. De promesas que pensé que jamás se romperían y desaparecieron solas, sin darle siquiera tiempo a la distancia a hacer de las suyas. 
Hablar de lo que viene a continuación es prácticamente como hablar del presente. Lo que fui hace dos años no es tan diferente a lo que soy ahora. Mis acompañantes de viaje son prácticamente los mismos. Aunque no voy a negar que a veces me entra un miedo (no sé si absurdo) a perderlo todo de repente. Y volver a hablar del presente en pasado. Porque eso siempre pasa, ¿no? Y volver a sentir que la mayoría de las cosas no importan. Aunque habrá que ser optimista y pensar que, si todo se pierde, lo que se adhiere a tu piel, lo que no te abandona nunca, es mágico. (Sí, tú eres mágica).
Sólo hay una cosa que cambia este año. Una cosa que me pone un poco triste. Desde que me fui de casa, siempre he pasado el cumpleaños con mis padres (siempre ha caído en fin de semana y se las han arreglado para verme sonreír como cuando era pequeña). Sé que para ellos es casi tan importante como para mi. Y por mucho que en algunas etapas no les haya sabido querer tanto como debería, lo cierto es que nadie ha estado desde el minuto cero. Nadie más ha soplado conmigo las velas en el minuto 525.600. He podido elegir también a quién/quiénes quería ver. Qué quería hacer. Con quién quería compartir las veintricuatro horas anuales en las que yo y sólo yo soy la protagonista. Puede que sea innecesaria esa ilusión. Pero como leí hace poco en un libro, nuestras vidas imperfectas necesitan cosas innecesarias: sino hasta serían perfectas. El próximo 19 de febrero, por lo menos, tendré que madrugar para ir a clase. Y eso ya no me gusta. Supongo que es lo que hay. Siempre me han dicho que hacerse mayor conlleva responsabilidades... 
(Pues oye. Igual no me gusta tanto hacerme mayor)

(Premio a quien se la lea entera y de un tirón)

3 de febrero de 2013

A mi me solía gustar febrero.


No sé cómo sucedió. A decir verdad, tampoco sé qué sucedió. Alguien decidió pulsar el botón que activa todos los miedos. Del sueño a la realidad y de la realidad al sueño. No importó entonces que fuera febrero ni que tuviera millones de motivos para apreciar aquel momento. No puedo entender este sentimiento. No puedo definirlo. Aún así, sé que es real. Me lo dice el espejo, me lo dicen esos ojos tristes que deben ser los míos. Me lo susurran mis ganas de llorar. Mi corazón oprimido. El no saber si tengo ganas. Me lo digo yo, que me apago. Que soy en blanco y negro, que se me han acabado los colores. Que estoy volviendo a ir al mismo sitio de siempre.  No importa que sea el mes en el que pasan todas las cosas importantes. Que queden 5, 17 o 19. Lo único que importa es que, si pudiera, me quedaría dormida indefinidamente. 

[-Tienes una misión. Haz que deje de tener pesadillas. Que sueñe contigo todas las noches. Devuélveme las ganas. 
- No tengas tantas expectativas. Me gustaría ser tus ganas, pero creo que eso está más en ti que en mi. 
- Me da miedo ser siempre incapaz. 
- Si a veces eres capaz no entiendo porque te empeñas en estancarte cuando eres incapaz. 
- Ser siempre capaz suele ser agotador.] 

1 de febrero de 2013

Ciérrate.

Me pregunto, ¿A dónde van todas esas preguntas que nadie contesta? ¿Las explicaciones no dadas? ¿La mitad de las verdades a medias? ¿Existen con exactitud, o son tan solo trocitos de realiad entre váho y nubes de confusión?
Me hubiese gustado poder volver atrás y cerrar capítulos. La gente avanza con mucha facilidad dejando puertas abiertas. No me gustan las puertas abiertas. No dejan de ser lugares a los que uno siempre puede volver.

 
(Y yo seguía teniendo la absurda costumbre de pensar que todo aquello que no entendía había sido irreal)