28 de diciembre de 2013

Reflexiones de sábado.

Llevo más de 24 horas pensando en ello. Estaba en un sitio cualquiera, escuchando a un grupo de gente cualquiera hablar sobre una persona casi-cualquiera. Comentando sobre su vida, criticando su forma de llevarse a si misma. Hablaban de lo que hacía, de cómo se movía por el mundo. Lo hacían con desprecio, como si se sintieran mejores, más fuertes, más valientes, más aptos. Lo hacían como quien habla de alguien que siempre va a estar por debajo, de otro escalón social, de un desecho humano. Y no pude evitar preguntarme a mi misma porque no se preguntaban por qué lo hacía, qué le había llevado a ello, cómo veía las cosas. Por qué hablaban de ella, pero no con ella. Porque se callaban cuando se acercaba, como cobardes. No pude evitar preguntarme si no tenían problemas propios para pensar en ellos, o aristas que pulir para dejar las de los demás. Y sí, mi mente, a veces demasiado cruel, pensó cosas del estilo a "Ojalá que tú marido te ponga los cuernos mientras tú te dedicas a juzgar lo ajeno". Entonces me di cuenta de qué es lo que hacía que El mundo de Leland fuera tan especial. Leland siempre pensaba en qué pensaban los demás. No en lo que hacían, sino en qué estaba detrás de los hechos. Siempre me ha parecido fundamental, y sin embargo, lo único que trasciende es el qué, el cuándo, el dónde. Ni el por qué, ni el para qué. Quizás por eso detesto tanto la historia de España. Porque llevo casi-veintidós años peleándome con el franquismo, y aún nadie me ha enseñado la biografía de Franco.

23 de diciembre de 2013

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Se despierta esporádicamente y encuentra escritas en la pared las palabras que algún día le llevaron a la perdición. Fantasmas viejos, aburridos, cansados, casi siempre dormidos. Una vez se enfadó cuando alguien le dijo que las heridas se curaban con el tiempo, pero es verdad. El tiempo forja el hierro a fuerza de fuego, no cura nada pero mata todo. Ahora lo sabe, lo nota, lo siente: el dolor nunca desaparece, pero se adhiere a la piel. Aprendes a convivir con ello, y es normal. Nadie puede ser siempre valiente, pero tampoco cobarde. Empujar a alguien a una piscina es la mejor forma de hacer que aprenda a nadar, y tocar fondo es ayudarte a coger impulso. Aprendes a vivir cuando has conseguido sobrevivirte sola. A relacionarte con los demás cuando descubres cómo relacionarte contigo mismo. Sonríe porque, las cosas le siguen afectando. Y tanto. Pero sonríe porque sabe que eso, a fin de cuentas, es vivir. Y es jodidamente mejor que estar muerto. Sonríe porque sabe que todo lo malo termina, y lo bueno también, y que después de un muro de dos metros siempre vendrá uno de cuatro, y después uno de diez, pero joder, podrá saltarlos todos. Sonríe porque ha aprendido a aceptar la vida pero no se ha resignado a dejar de intentar cambiarla. Sonríe porque ha conseguido nadar en medio del caos, encontrar cierto equilibrio en el desorden, destruyéndolo todo menos las ganas, empezando por los principios. Probablemente sólo sea un equilibrio utópico, una aproximación o un autoengaño, pero a fin de cuentas todo es lo que uno siente y en este momento sonríe, aunque probablemente si fuera lo que fue estaría llorando.

22 de diciembre de 2013

"Espero que te pasen cosas buenas, pero sobre todo espero que tengas ganas de buscarlas"

Cada fin de año, inevitablemente, me topo con infinidad de mensajes/comentarios sobre propósitos, cambios, objetivos o balances del año anterior. Siempre he pensado que es mejor hacer estas cosas cuando uno las siente, y que no importa demasiado que sea junio, septiembre o mayo, pero seguramente sea mejor auto-diagnosticarse a finales de diciembre que no hacerlo nunca, por mucho que sea algo demasiado tradicional.
Quien me conoce sabe que no creo en las listas de propósitos. Cuando uno quiere hacer algo empieza a hacerlo y ya está, no es necesario escribirlo en un papel, ni marcarlo en una fecha. Si quieres correr, corres. Si quieres follar, follas. Si quieres sufrir, sufres. Y si quieres enamorarte, te enamoras Y punto. No quiero decir que no influyan en absoluto los factores externos, pero sin duda la predisposición para hacer/sentir algo funciona incluso en lo sentimental, entendiendo un sentimiento como algo completamente subjetivo para lo que la propia percepción del mundo es de gran importancia. Y no lo critico. Tengo una amiga que siempre habla del autoengaño en temas del amor, y siempre llego a la conclusión de que el amor es eso: un autoengaño. El etiquetado de una serie de sensaciones bajo una palabra que nos han enseñado que debemos alcanzar. Pero al final no importan tanto los conceptos, como en todo lo único importante es si merece la pena. Una vez me preguntaron que por qué me presentaba a los exámenes de una carrera que sabía que iba a abandonar desde el primer día de clase. Seguramente era algo completamente ilógico, un esfuerzo absurdo que no me iba a llevar a ningún sitio y que nada tenía que ver con el conocimiento, pues podría haberlo adquirido sin enfrentarme a algo que siempre me ha causado cierto rechazo. Sin embargo, no me costó encontrar la respuesta: merece la pena que me presente porque quiero demostrarme a mi misma que soy capaz. Y al final es lo que cuenta. El autodiagnóstico. No importa que a otros no les guste tu vida si te gusta a ti, así de simple. Y si tu propósito es escalar el Everest, ya estás tardando en coger un avión o lo que quiera que se coja para llegar allí. Toda demás palabrería escrita en listas interminables no es más que el autoconvencimiento impuesto por la sociedad de que debemos hacer las cosas que universalmente son conocidas como buenas: ir a clase todos los días, estudiar nosecuántashoras, bla, bla, bla. Y aún así, como todo ser humano viviente, alguna vez he hecho alguna de esas listas. Y quizás haya merecido la pena, porque me ha servido para darme cuenta que realmente no deseaba ninguna de las cosas que había escrito. 
A veces me pregunto si de verdad existe una realidad. Si hay algo objetivo, o sólo una suma de las percepciones que cada persona tiene de lo que le rodea. Ni tan siquiera el color de un objeto es siempre algo claro. Seguramente todos habéis vivido la típica "discusión" de "-Es verde. - Que no, que no, que es azul mar. - Verde agua." Recibimos estímulos externos del mundo y los etiquetamos con letras que conocemos según nuestra experiencia vital. Y sino, explicadme a mi cómo un esquimal puede diferenciar 30 tonalidades de blanco diferentes.  Es como el sufrimiento. Cualquier problema puede parecerte un mundo hasta que te tienes que enfrentarte a él, y dices "duele, pero puedo". Yo tengo la teoría de que podemos con todo. Estamos diseñados para ver a gente morir en los telediarios cada día y prácticamente, vivir inmunizados a ese dolor. Para asumir, incluso, que algún día seremos nosotros quienes dejemos de sentir, y probablemente ni siquiera lo hagamos "a lo grande", sino en una camilla de un hospital cualquiera, y entonces todo quedará reducido a la nada. Y no sabemos cuándo llegará. Cuando conocemos a alguien aceptamos inconscientemente la condición de perderlo, y aún así nos atrevemos a necesitarlo, asumimos el pacto de rompernos un poco porque sabemos que la reconstrucción no existe, pero siempre podremos vivir con grietas. Coge una cuchilla y hazte un corte. Mira la sangre correr. No, no estoy haciendo una apología de la autolesión. Es sólo un claro ejemplo de que el dolor duele, pero termina. Y si es muy intenso, si golpea bien, deja un rastro imposible de borrar, pero aprendes a convivir con él. Quien no está acostumbrado a echar de menos es porque aún no ha vivido nada. Y yo que sé. Aún así, no puedo evitarlo. No puedo evitar despertarme en esta cama y echar de menos una pelea de almohadas o pensar en la comida de Noche Buena y desear con todas mis fuerzas recuperar mi inocencia, y sentir ese calor que se siente cuando alguien te quiere sin más. No puedo evitar romperme un poco cada vez que me acerco a todo aquello de lo que me intento, constantemente, alejar. Y observo mi peluche de la pared, y recuerdo que yo siempre he querido ser Cáctus, la supernena más fuerte que siempre saltaba al vacío, sin miedo. Y aún así, aunque salte, siempre termino llorando cuando me descubro desnuda, inundada en fragilidad, y entiendo que aceptar algo no implica comprenderlo y mucho menos, quererlo. Y yo que sé, supongo que después de todo, lo único que pido es tener siempre ganas de avanzar. 

15 de diciembre de 2013

Autocrítica.

"No hay que llorar, guarda las formas. Tienes que ser valiente", y te lo crees. Coges aire. Respiras. Sonríes. Una y otra vez. Lo que no ves, lo que nadie ve, es que las heridas se enquistan por dentro. Que las lágrimas se agrupan formando charcos de sangre. Que duele aunque no lo llames dolor porque te prohiben ponerle nombre a ese vacío. "Tienes que expresar tus emociones", te dicen. Porque para ser persona hay que sentir. Maldita sociedad de mierda, maldito caos, ¿en qué quedamos? Y entonces te das cuenta de que habrá siempre más de mil señales indicándote caminos diferentes. Y dejas de escuchar a los demás para escucharte a ti mismo. Me pregunto cuántas personas pierden la felicidad guardando las formas. Respiras - otra vez - antes de saltar al vacío. A vivir se aprende viviendo. Pero por mucho tiempo que pase, a veces, sigues cayendo. Y te sigue acojonando levantarte. No me hagáis ilusionarme pensando que volveré a tener algo si no será así. Yo que sé. Quizás he sobreestimado mi fuerza, una vez más, y ni siquiera me atreva a pedirle a nadie que me preste un poco. Pensaba que podía llevar la situación con normalidad. Ni siquiera me importaba tener que sostenerte la mirada como diciendo "Mírame, no me has quitado nada, mírame las veces que quieras, que nada me puede desmontar. Soy de hierro, ¿ves? o de hielo, que es parecido". Pero siempre tiene que haber alguien que me recuerde que en toda guerra hay heridas y que ser pistola significa ocasionar daños. "-Siempre lo destrozas todo", "¡Cállate! Tú no has destrozado nada, no te preocupes, no podías evitarlo..." "Y una mierda, fuiste débil, podías haber aguantado..." y explotas. Y vuelves a llorar como las primeras veces. Y odias las putas fiestas de mierda. Y dices puta y mierda, porque así parece que lo sacas fuera. Y escribes, porque escribir es otra forma de sangrar, pero más sana. Y te dices a ti misma "Yo también tengo derecho a ser una niña asustada alguna vez". Pero no te lo crees.

PD.  Seguramente cambie el nombre de este blog en unos días. Hace tiempo que quiero hacerlo, aunque el hecho de que os dejará de aparecer como actualizado a los que me seguís vía "blogger" me echa para atrás. Sea como sea, si "desaparezco", buscad la url en el perfil. Quizás comente algunos días dando por el culo poniéndoos la nueva en vuestros blogs. Y eso.

10 de diciembre de 2013

De ganas, caos y desastre.

No sé si te acuerdas. Tú, tus miedos; Yo, mis dudas. Y nuestras ganas de hacernos el amor hasta tener que reinventar la palabra porque se nos quedase pequeña. Nunca fuimos de esas parejas que necesitan maquillar el verbo follar para que parezca que es algo más profundo. Tú siempre supiste que yo el amor, sólo lo hacía contigo, con esa sensación de querer cuidarte siempre, con ese pánico a romperte en mil pedazos, con esas ansias de dejarte sin habla para que no te fueras de mi lado. Con mis intenciones de enamorarte para que no me dejases nunca. Para tenerte siempre ahí, para hacerme sentir viva, para volverme menos egoísta, más fuerte, más valiente, más capaz. Para recordarme que, de todos los destinos del mundo, tú siempre elegirías el caos entre mis piernas.
Perdóname, no debí hacerlo. No debí retenerte. No debí pedirte que te quedaras. No debí buscar todas esas cosas, aunque siempre fuera sincera. Yo lo sabía. Sabía que no sabría protegerte, que no me rendiría a la rutina, que no podría darte la seguridad que no me sobraba. Sabía que te haría daño y aún así fui egoísta y te obligue a quedarte para no dañarme yo: lo siento. Créeme, de verdad.
No sé si te acuerdas. Lo importante no es el miedo, lo importante son las ganas. Con las ganas se vence al mundo. Con ganas somos inmortales. Pero, ¿Y si se agotan? Las ganas no se venden a granel. Se construyen en habitaciones vacías, con unas esposas y sin cama, contra la pared. Las ganas surgen de la nada y se volatilizan a polvos. Las ganas resurgen de las cenizas cual ave fénix cuando existe el morbo. Las ganas existen cuando el puzzle aún no está resuelto, cuando hay sorpresa, éxtasis de las primeras veces. Las ganas siempre se agotan. Se agotan cuando te limitas a ver una y otra vez películas de las que ya conoces el final. Cuando sabes que el orgasmo llegará después de unos cuantos mordiscos y te corres con el único objetivo de tener tinta con la que escribir textos inconexos.
"Cuando te enamores pensarás de otra manera, y descubrirás que es bonito aburrirse con alguien a tu lado..."; Probablemente, quizás.

25 de noviembre de 2013

"Si tiras demasiado de la cuerda..."

"Si tiras demasiado de la cuerda, se rompe"
Así de simple. Nos lo habrán dicho millones de veces, y parece que no lo entendemos del todo. Quizás porque confiamos demasiado en su fuerza, quizás porque nos importa una mierda si termina hecha añicos. "Es lo que tenía que pasar", diremos. Al fin y al cabo, ¿para qué quiere uno una cuerda? Para nada. Y si la vuelves a la necesitar, vas a la ferretería y te compras otra. No es más que eso. Un trozo de material que no sé describir, reemplazable, igual a otros. Hay metros y metros de cuerdas en el mundo, la tuya no es diferente por mucho cariño que le tengas por llevar jugando, saltando y disfrutando con ella media eternidad.
"Si tiras demasiado de la cuerda, se rompe" - Te dicen.
Y sigues tirando. Como quien piensa que todo es cuestión de destino. Como quien no entiende que no lo que no sobrevive muere. Como quien no le tiene miedo a la muerte, como si no supiera que la muerte es el fin del mundo. A todos nos gusta el mundo incluso cuando estamos rodeados de lágrimas. Las lágrimas pueden ser bonitas cuando entendemos que sentir es una puta maravilla, el mejor regalo que nos han hecho nunca. Y entonces lloras, y entiendes que el origen de ese dolor es el ser consciente de que la jodida cuerda está cada vez más tensa, y se va a romper, y tú te vas a quedar con un "es lo que tenía que pasar" entre las piernas. Porque es lo que tenía que pasar. Porque los muros son muros y cuando a uno se le agotan las ganas de saltarlos, te impiden ver lo que está al otro lado. Y lo que es más importante, te impiden tocarlo. Y entonces te das cuenta de que no pasa nada, porque en el lado en que te encuentras también hay cosas que merecen la pena. Aunque sigas preguntándote "qué hubiera pasado si...", aunque no sirva de nada. Pero no vamos a engañarnos. Se aprende a vivir viviendo. Y que algo salga mal doscientas veces no implica necesariamente que vaya a salir mal siempre, pero sí que existen muchas posibilidades de que así sea.
"Si tiras demasiado de la cuerda, se rompe"
Tira, tira, tira... 

16 de noviembre de 2013

No te vayas.

"Las cosas suceden poco a poco y nos damos cuenta de repente". Es lo que pasa, la vida. Van pasando las horas, los planes, los pensamientos, los fines de semana... hasta que todo cambia. Incluso tú. Y no importa cómo te pongas, no importa que la nostalgia te inunde con el ayer, ni que prefieras el hoy, ni que tengas un montón de fotografías escondidas en alguna de esas cajas repletas de recuerdos que no estás dispuesto a olvidar. Podrás recordar todo lo que quieras, pero el recuerdo no será más que eso: recuerdo. Y como dejes que pese demasiado terminarás convirtiéndote en una de esas personas que viven en presente, pero sin presente. Viviendo de una ilusión que no existe más allá de tu cabeza, pensando en un ayer que probablemente ni siquiera ha sido como tú lo recuerdas.
Ayer sucedió. Escribí uno de esos mensajes de cumpleaños a una de esas personas que en su día fueron importantes y hoy, simplemente, están ahí. Y pensé en todas las hormigas que en su día fueron gigantes. Malditos desconocidos con caras que "te suenan" porque están en todas tus fotografías del pasado. O que aparecen en forma de fantasmas cuando escuchas alguna canción, en las sábanas de tu cama cuando hace frío, en las sonrisas de alguien que sonríe exactamente del mismo modo en que ellos sonreían. 
Supongo que por eso no puedo evitar aferrarme a ti. Tiene que ser por eso. De ahí vienen las idas y venidas. No es porque necesite transformarte en palabras para tener algo que escribir, tú siempre has sido mucho más que palabras. Es porque, si paso página, si dejo que tú la pases... si algún día te vas. Si yo me quedo sola. Si necesito llamar a alguien, pero no sé a quién. Si te necesito y no estás. O no quiero que estés. Si me convierto en uno de esos errores reversibles que uno puede remediar, en ese "no fue para tanto" tan habitual... Que sí, que tengo miedo de perderte. Y entiéndelo. Yo siempre me he sentido completa porque tú estabas ahí. 

5 de noviembre de 2013

Cajón desastre.

Me he levantado a las 11 pasadas. Una mala noche. Una mala noche entre muchas noches buenas sabe peor que cuando uno se acostumbra a que todas sean una mierda. Me he desinmunizado al dolor y duele. He bebido un vaso de leche de arroz, fresa y plátano en mi taza favorita. Despacio, lento. Habláis del  sabor del chocolate porque seguramente no la habéis probado. Ingerir algún alimento puede producir placer, aunque sea en cosas contadas. Y más si mientras leo "Yo mataré monstruos por ti", miro a mi alrededor y veo que aunque siguen estando, son más pequeños. O quizás yo sea más grande. Pero no lo olvidemos, he pasado una mala noche, así que esta no es una de mis mejores mañanas. Si lo fuera, habría salido de la cama muchas horas antes y me habría llenado ya de muchas otras cosas, no habría tenido pesadillas y no me dolería todo el cuerpo. Me miro en el espejo: mi cara está más pálida de lo normal. Creedme, es posible. Me apetecen cosas que en este momento no puedo tener, pero es mejor eso a que no me apeteciese nada. Sé lo que es y no conozco ninguna palabra para describirlo. Como morir en vida. Arizona -mi gata- me lame los pies. Es gracioso. Es la única "persona" en el mundo a la que le gustan, y yo dejo que los mire. Mientras miro mis manos, llenas de arañazos. Los considero un mapa de sus juegos, un recuerdo de sus abrazos, y son mucho más bonitos que todos los cortes que ahora vuelco sobre folios en blanco cada vez más esparcidos en el tiempo. No sé cómo ha sucedido, ni por qué, ni si existe un sólo motivo o es el conjunto de muchas cosas. Sea como sea, sin lugar a dudas me alegro de verlas tan lejanas en el tiempo. Pensé que jamás me podría despegar. Me hace sentir que, pasados unos años, quizás haya dejado atrás cosas que ahora pienso que siempre me acompañarán. 

Antes solía pensar que ser yo era complicado. Ahora pienso que ser, sin el yo, no es sencillo. Ser implica sentir, y tener que tachar el prefijo -sobre para empezar a vivir con todas las letras. Ser implica enfrentarse cada día a un cúmulo de cosas y sensaciones que los demás se empeñan en que clasifiquemos como "buenas" o "malas", pero no es tan sencillo. Ser implica saber estar con uno mismo y con otros, y eso es mucho más jodido que entender de ciencias y de letras, porque el tiempo es limitado y las prioridades siempre hacen que o nos descuidemos o descuidemos al resto. Y es muy triste no saber acariciarse los pechos desnudos dentro de una bañera, pero también tener miedo a que te los acaricien. Ayer leí una historia sobre un pavo real que confiaba en la gente y era feliz, aunque ya no tenía plumas porque, por confiar, le habían traicionado. Y me pregunté que por qué dicen eso de "Confía hasta que no te demuestren lo contrario" en lugar de "No confíes hasta que te demuestren lo contrario". Que al fin y al cabo después vienen con lo de "Piensa mal y acertarás". Todo es contradictorio, incluso los refranes. Pero yo creo que en la vida todo hay que ganarlo, así que a decir verdad, quizás sea mejor no confiar y después ya veremos. Después vuelvo a pensar en el pavo real feliz y pienso que no importa tanto, porque al fin y al cabo no decidimos en cuestiones de confianza. Sino, todos creeríamos en nosotros mismos y o nos comeríamos el mundo o nos daríamos de hostias constantemente. Sería como vivir, pero amplificado. Como cuando sacas todas las emociones contenidas de golpe, pero constante. Agotador. Quizás es mejor no decidir en cuestiones de confianza. Quiero decir, sentirse pequeño, de vez en cuando, no está tan mal: hace que crezcas el triple cuando te demuestras a ti mismo que no lo eres. La cara B de la moneda, el miedo que te vuelve valiente cuando lo vences porque no te queda otra opción, los cobardes valientes, los valientes cobardes. Al final, el mundo es una escala de grises que a veces teñimos de blanco o de negro. Los demás son los colores. Recuerdo la primera vez que me dijeron que tenía que saber cuáles eran mis prioridades. Falté un día a entrenar porque tenía un examen. Mi entrenador se enfadó, y me lo dijo. Y yo de aquella ni siquiera tenía claro qué era la palabra "prioridad", pero lo entendí, y a decir verdad de la vida he aprendido más en una piscina que en la universidad. Es otro de los motivos por los que ser es tan complicado. Porque muchas veces tenemos que decidir. Y para decidir no sirve de nada la lógica. Decidir implica hacer un balance entre las apetencias, las obligaciones, las imposiciones sociales -porque, nos guste o no, siempre están ahí-, las necesidades vitales y tener en cuenta el factor causa-efecto. Seguramente me deje alguna variable. Y decíamos en el colegio que las ecuaciones de tercer grado eran jodidas. Al decidir tenemos que saber que ganar algo siempre implica perder algo. "Lo que le asustaba era la obligación de tener que escoger un camino. Escoger un camino significa abandonar otros". Ya lo dijo Coelho, y por una vez, tenía razón. Alguien imbécil me dijo una vez que no me pegaba leer porque era demasiado pija y hacía deporte. Era una de esas personas que critican la superficialidad, como si la única forma de no ser superficial fuera salir a la calle con una camisa rota. Supongo que es otra de las cosas por la que ser es tan complicado: prejuicios. La reacción del acto de ver es formar una idea mental de lo que estamos viendo. Nadie va a mirarte y no pensar nada. Habrá gente que te juzgue, constantemente. Y tendrás que aprender a quitarle importancia a los juicios que no tengan valor. Aunque la reacción a la acción de escuchar es sentir, así que no vamos a engañarnos: ningún juicio nos provocará indiferencia. Y dejemos de intentar satisfacer a todo el mundo, porque es imposible. Por intentarlo corres el riesgo de no saber quién eres, y ese es otro de los motivos por los que ser es tan complicado: ser es una mezcla entre lo que creemos, lo que queremos y lo que mostramos. Infinitamente complicado.
Pero después... llega alguien y nos besa. O sales a correr y te olvidas del mundo. O te corres, y hacen que te olvides del mundo. O ves una película, te vas de viaje, o diseñas una estrategia para hacer a tu mejor amigo feliz. Encuentras tu jersey favorito en el fondo de un cajón y descubres que aún no tiene bolas. Se te rompen unos vaqueros que no te gustaban y te empiezan a gustar. Tomas zumo de naranja y está tan ácido que casi tienes un orgasmo. O te levantas por la mañana después de una noche de mierda y descubres que, si duele, es porque te has desinmunizado al dolor. Y entonces ser quizás siga siendo complicado, pero parece sencillo.


29 de octubre de 2013

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Llevo todo el día intentando evitar encontrarme conmigo misma, rodeándome de gente, vistiéndome de fuerza y aislando el corazón. No sé si es por el frío, porque a mi cabeza le ha dado por volver una y otra vez al mismo recuerdo o porque llegan estos días festivos que tanto detesto. Supongo que debe haber algún motivo, porque dicen que todo sucede por alguna razón pero yo hoy no la encuentro. Ni siquiera sé por qué estoy escribiendo, si yo hoy no quería hacerle ni puto caso al cerebro. Pero ya ves, aquí estoy. No he conseguido agotar mis fuerzas hasta el punto de ser capaz de no pensar. Malditas desconexiones que nunca son permanentes. Aquí estoy, tratando de montar un puzzle sin piezas, intentando encontrarle sentido a la historia que dejé guardada en la maleta, preguntándome qué busco, qué espero, qué quiero. Ojalá encontrar respuestas se me diese también como cuestionarme el mundo. Pero no. Y ojalá follarte, lamerte, besarte, corrernos, sudarnos, olernos, follarnos, jodernos, herirnos, lamernos, curarnos, besarnos y volvernos a follar. Y hacernos el amor. Y ojalá tuviera claro quién eres, si existes y si de verdad quiero todas esas cosas o prefiero seguir siendo la chica indecisa que jamás sabe qué busca, qué quiere, qué espera.

(Podéis llamarlo lunes, o miércoles, o viernes, pero sólo por el final hoy ha sido un día de mierda)

12 de octubre de 2013

Sinrazones.

Busco razones, no sé si para mi o para ti. Razones de "quédate", o "márchate del todo", porque los puntos medios se me dan fatal y aún así, siempre me quedo anclada en el nuestro. Pero, ¿cómo no hacerlo? Puede haber muchas historias, todos con nombre, pero la tuya, la nuestra, tiene género: magia.  Y ahora te digo, o me digo, quédate, y que sea por ti. Que te he visto sonreír cuando me miras y joder, he empezado a creer en el amor. Que ya lo sabes, que algunos pueden entrar - y salir - pero sólo tú puedes venir, sin avisar. Y si me pillas en bragas mejor, que así no perdemos el tiempo en quitarnos la ropa. Y ven, ven ya, o espérame, que muero de hambre y entre tus piernas está lo único que me gustaría comer hasta hartarme. Y es que estaba tumbada, pensando en todo y pensando en nada, en cómo me dueles a veces y en cómo me revives siempre y, para qué negarlo, que si pienso en certezas me sigue viniendo a la cabeza tu nombre, en forma de incertidumbre, incógnita o paraíso. Qué más da. Tu nombre. Y dejo de buscar razones, porque total, a ver quién les hace caso cuando estás delante me agoto tanto queriéndote que no puedo ni pensar. 


(La ilustración es de Rebeca Khamlichi. La podéis encontrar aquí, y no tiene desperdicio)

7 de octubre de 2013

Y llora.

Era como una especie de algo que sobraba. Un sentimiento incapaz de expresar, incapaz de salir, incapaz de materializarse. Desconocido, inerte, vacío. Objeto no identificado. Dolor casi permanente. Como si, de repente, la hubiesen golpeando de tal manera que había sido incapaz de mantenerse en pie y, en el suelo, tuviera miedo a levantarse. Miedo a necesitar todo "lo de arriba". Necesidad. Cómo le asustaba esa palabra. Necesitar, que la necesitasen. No estar, que le faltasen. Compromiso. Vértigo. La simple casualidad de necesitar algo que no te conviene. Romper. Romperse. Romperse por romper. O romper por romperse. Complejidad humana. Acercarse a alguien siempre supone un riesgo. La primera norma de la independencia es "puedes llevarte bien con muchas personas, pero no permitas que nadie te conozca lo suficiente". Distancia (de seguridad). Aunque no haya peligro. Defiéndete antes de que te ataquen. Para por si. Que sólo tú puedas hacerte daño. Y háztelo, que el dolor está infravalorado, sobre todo como medio de motivación. Caos. Que duela la ausencia de dolor. Que duela mucho. Tiembla. Pasa frío de manera voluntaria: sólo así sabrás valorar el calor. Pide un abrazo con los ojos y apártate cuando te lo vayan a dar. Abstinencia. No habrá síndrome cuando te acostumbres. No habrá sentimiento cuando hayas perdido la capacidad de sentir. Y entonces sólo habrá automatismo, y quizás quieras volver atrás pero será demasiado tarde. Y no importará lo que quieras. Tendrás que encontrar otras maneras. Cuenta hasta diez. Hasta veinte. Hasta treinta. Si aún piensas lo mismo es que estás atrapada. Consigue que te quieran de manera inconsciente. Y entonces siéntete culpable. Una y otra vez. Por no encontrar un motivo para que lo hagan. Por no ser capaz de dárselo. Por querer y no poder o poder y no querer. Por haberte convertido en hielo mucho antes de. Ponle muchos nombres, pero siéntete culpable por destruir casi sin querer, casi sin tocar. Por ser incapaz de hacer todo aquello que a los demás les sale de manera natural. Por no querer lo que debes querer o lo que la gente quiere o lo que el mundo parece decirte que quieras. Por no entenderte. Por escribir para lograrlo. Por no saber si lo logras. Por dudar de todo. Por dudar de ti. Por no encontrar un puto motivo, por querer desaparecer. Y déjalo ya, que te vas a desangrar y a ver después quien te hace una transfusión.

2 de octubre de 2013

(No apto para diabéticos)


Ella me reta a sonreír 22 veces, y no se da cuenta de que desde que llegó a mi vida es la responsable de que se me curven los labios cada vez que pienso en las horas que faltan para abrazarla. Que cuando la veo alejarse mi mirada triste esconde un "quiero que vengas para quedarte", porque me sobran razones para quererla como a nadie, aún a sabiendas de que el verbo querer a mi siempre se me queda demasiado grande. Y es que me pasaría la vida cogiendo trenes siempre que el destino sea ella, porque tiene esa magia que sólo sus ojos saben explicar, la que hace que a su lado no deje de ser quien soy, pero sea mucho más que eso. Y me faltan palabras para hablar de lo mucho que me cuesta decirle cosas bonitas cuando me mira, de cómo me gusta que me abrace, de lo cortas que parecen a su lado las distancias largas. Me despido aquí, sin un final, que esos son para los cuentos y esto es más bien mi realidad. 


21 de septiembre de 2013

(Pasado)

Automatismo emocional. Estábamos ahí, en un bar que no era el de siempre, sin ser nosotras las de siempre ni nada que se le pareciera. Yo, encontrándome con mi pasado y pensando en lo mucho que me pesaba la sensación de echar de menos lo que era echar de menos. Pero estaba aquí, en un presente, mirando hacia atrás y dándome cuenta que lo único que me unía a todo lo que había sido todo era un recuerdo lejano, fragmentado, muerto: un recuerdo para el que ya no quedaban sentimientos. No me dolía aquel futuro que había imaginado y que jamás llegó a ser porque en verdad prefería mi realidad, esa que lejos de ser lo que esperaba que fuera hacía que me sintiera llena incluso en los días en que optaba por saltar al vacío. Por primera vez en mucho tiempo me di cuenta de que yo era todo lo que quería ser. Y con eso, poco más importaba.

15 de septiembre de 2013

(Despedidas)

Me gustaría despedirme con un "que te vaya bien en la vida", pero a decir verdad no me importa en absoluto. Y no, ni siquiera es orgullo, o rabia - si me has leído escribir con rabia sabrás que no lo es-. Dolor, quizás. Porque dices poder hacerme feliz y todo lo que me haces es daño. Esperas a que baje la guardia para golpearme en el pecho y ahí dejarme sin respiración. Me gustaría que las cosas fueran... no sé, de otra manera, porque aunque sea una experta en corazas y en distancias largas, créeme: duele(s). Probablemente en estos años sí haya cambiado en algo: ya no me va el masoquismo emocional. Quizás tengas algo que ver con ello. Si es así, gracias. Ahora lo dejo ya. Cierro la historia repitiendo palabras ajenas, que a mi los finales siempre se me han dado muy mal:
Quien algo quiere, algo hace. Si nada hace, nada quiere. ¿No lo ha hecho? Ahí tienes la respuesta que tanto buscas. 
Fin.

PD. La diferencia entre tú y yo es que yo siempre tendré a alguien que se preocupe por mi. Con suerte tú conseguirás encontrar un polvo en la lista de contactos con quien evadirte de todo durante unas horas. Y ya sabemos que unas horas es demasiado poco para solucionarlo todo. (Sí, esto va con todo el rencor del mundo).



(Tenía que poner algo bonito en esta entrada)

13 de septiembre de 2013

Nota mental.

Una vez, hace un tiempo, me planteé dejar de escribir por las repercusiones que podían llegar a tener mis sentimientos en forma de palabra. Estaba cansada de tener que justificarme, explicarme e incluso pedir perdón por algo tan natural como sentir. Finalmente y después de un tiempo ausente me di cuenta de que era algo que no podía dejar de hacer: prefería ser fiel a mi misma que contentar a los demás. Era lo que había, y cualquiera tenía la opción de no leer. Hoy una amiga me ha pedido que publique uno de sus textos. Porque necesita compartirlo, pero no quiere exponerse a las opiniones/críticas ajenas. Publico el texto añadiendo que me parece realmente triste esa necesidad de cuestionar todo de los demás, triste a la par que real. Porque qué fácil es ver la paja en el ojo ajeno pero no la viga en el nuestro... 


Pasar página es tan sencillo como tú decidas hacerlo. De nada sirve ponerse trabas por miedo a olvidar y dejar de sentir eso que consideras especial. Lo fue, pero, con el tiempo, viene el cambio de perspectiva, la objetividad sin emociones y ahí es cuando realmente observas la realidad sin síntomas de ebriedad. Dos lo hacen y dos lo rompen, de nada sirve empecinarse y quedarte en esa página, el libro continuará siendo escrito sin ti. Así que coge tu pluma o smartphone, todo depende del postureo tecnológico del que quieras hacer gala, y comienza a redactar. 
Recuerda "dos lo hacen y dos lo rompen" si esto no funcionó no es por ti sino porque el tándem se rompió cuando el otro dejó de pedalear. La hostia que a todos nos duele, pero la costra que siempre cura. 


Quien algo quiere, algo hace. Si nada hace, nada quiere. 
¿No lo ha hecho? Ahí tienes la respuesta que tanto buscas.

Fin.


9 de septiembre de 2013

Cambiamos sin cambiar.

Vuelve la rutina, la obligación, el hacer acrobacias con los horarios para conseguir compaginar mundos y aficiones. La falta de tiempo y la suma de ganas para ver todas esas series que no vi en los últimos quince días. Empieza a hacer demasiado frío para salir a la calle sin ropa y ya hacen falta casi dos edredones. Anochece primero. El sueño llega después, por eso de que debería llegar antes. Es necesario algún reencuentro, y los típicos dos besos por obligación que tanto odio, pero los mayores se han empeñado en explicarme que son un signo de cordialidad. Y los sigo odiando, pero al parecer la cordialidad es necesaria, así que esporádicamente y sin que sirva de precedente traicionaré mis principios para ser cordial, espero que merezca la pena. Como cada septiembre, es un nuevo comienzo. Y este tiene más sentido que los anteriores. Me he hecho los propósitos de casi siempre y el propósito de cumplirlos: al menos ahora veo una motivación para ello, y supongo que eso hace que ni proponérmelos sea necesario. Cuando estás casi al final del recorrido cuesta menos hacer ese esfuerzo para llegar. Supongo que por eso siempre se me han dado tan bien los doscientos mariposa: exprimirte al máximo al final provoca una de las mejores sensaciones del mundo.
Es tiempo de cambios, sí. Pero hay cosas que no cambian. El mundo no funciona bien pero, ¿cómo va a hacerlo, si no paramos de excusar nuestros errores con el absurdo de que los demás también se equivocan? Con perdón, menudo argumento de mierda. Un discurso mal dado en la tele genera más comentarios que cuando a alguien se le ocurre hablar con propiedad sobre algo. Surgen bromas repetitivas que nos dedicamos a copiar (y pese a que millones de personas las hayan dicho antes y billones las hayan pensado, nos creemos graciosos). Y lo que es peor: creemos que, porque una mujer importante no sepa pronunciar inglés, tenemos derecho a no saberlo nosotros tampoco. Personalmente, y hablando claro y mal, me la suda cómo pronuncie o hable Ana Botella. Cuando alguien cuestione mi nivel de idiomas, seré yo quien lo defienda y no ella. Lo dicho. Reírnos y juzgar a los demás se nos da genial, deberían implantar una asignatura en todas las universidades españolas para aprender a reírnos y juzgarnos a nosotros mismos y dejarse de tanta estadística. Probablemente así las cosas mejorarían. O no.

4 de septiembre de 2013

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Duele. Duele la ausencia, duele el frío, duele el no saber, o no querer, o no querer saber. Duelen las puertas abiertas por las que se cuelan, esporádicamente, resquicios de esperanza. Y duele matarla, pero también duele dejarla viva. No hay nada más adictivo que la esperanza, y tampoco hay nada tan cruel. Es como un pájaro que se ilusiona cada vez que su dueño le saca a volar por el pasillo, aún sabiendo que siempre ha de volver a la jaula, que su realidad es lo que se ve en ese lado de la ventana y el mundo exterior tan sólo un espejismo dibujado en un cuadro.  Como yo. Yo, ilusa. Yo, tonta. Yo, ingenua. Yo, idiota. Yo, imbécil. Yo, inserteaquícualquierobjetivosinónimodelosanteriores. Yo, como un perro cuando le aflojan la cadena y joder, de repente el dueño ajusta otra vez la correa y ahí se queda el perro, casi ahogado por la cuerda. Esos perros con correas "mágicas" siempre me han dado tanta lástima como miedo (y creedme, eso es mucho). Yo, que me creo que dejo atrás todo lo que hace daño y de repente, ¡zas! Realidad aparece y me siento ilusa, ingenua, idiota, imbécil y un largo etcétera de adjetivos detestables. Joder. Si es que hay dolores que nunca dejan de doler. 



1 de septiembre de 2013

L.

Recuerdo el día que la conocí. Hablamos de huidas, de lo que suponía correr sin tener a donde ir. Después, sin saber por qué, me abrió su corazón de par en par y me contó algunas de las historias más bonitas que conozco desde la otra cara de la luna. Me regaló su compañía y me dio la opción de elegir, en algunos momentos, la soledad. Cargó con mi cuerpo sobre su espalda para que no me mojase los pies y, de alguna manera, con las semillas de heridas que estaban germinando en mi interior aquellos días. Me dejó sus zapatos, su cama y su mundo e hizo que supiera que podía ser muy grande aún siendo muy pequeña. Me habló de filosofía, de soledad, de vacío. Me regaló un libro, dos poemas, tres vasos de batido de fresa e infinitos acordes de guitarra. Se regaló a si misma y yo, ahora, sólo puedo regalarme a mi, en forma de palabras y silencios dispuestos a escucharla (a escucharte) las veces que hagan falta. Por si vaciándote consigues estar más llena que antes de empezar. 


(Querida mujer de 20, ya es hora de que vayas asumiendo que siempre seré más alta que tú, pero siempre será un placer agacharme para darte un abrazo)

30 de agosto de 2013

La culpa la tiene el coste de oportunidad.

Quiero pero no quiero. Mis partes se contradicen. Mis amígdalas sangran. Se me entumecen los músculos. No quiero pensar, pero mi cuerpo se está cansando de mantener callado al cerebro. Lo necesito, pero no lo quiero. Lo deseo, pero sé que no debo. Si lo hago... pero sino... Joder. Me asusta. Me asusto. Siento. Y no siento. Duele y cura. Escuece, pero sana. Mi cabeza está tranquila, el estómago no para de gritar. Yo también grito. No se escucha. Tengo la piel insonorizada, mi boca sólo emite sonrisas. Tengo que tomar decisiones, pero no puedo elegir. No sé hablar. No sé lo que quiero. Casi nunca lo sé. Sé lo que me mueve, y preferiría no saberlo. Bueno, en realidad preferiría tener otros impulsos, pero ya dicen que no hay mejor ciego que el que no quiere ver. Nervios me dicen "corre", Músculos chillan "para". Escribo para no hacerles caso a ninguno de los dos. Lo único que tengo claro es que la culpa de todo la tiene el coste de oportunidad. Sí, eso es. 


(La fotografía - como tantas otras que he puesto por aquí - es de Dara Scully)

28 de agosto de 2013

(Hoy no estoy)

Se me dan mal las rimas, las frases cortas, las despedidas largas. Se me da mal llorar cuando hay gente delante, tomar decisiones coherentes cuando la coherencia y las ganas deciden ir separadas. No sé pintarme bien las uñas, ni arreglarme el pelo, ni qué cara poner cuando me hacen una fotografía. Soy nula en casi todos los deportes de pelota (sobre todo cuando la pelota es grande), y tampoco entiendo de todos esos bailes modernos que se llevan ahora. Muchas veces no entiendo lo que me rodea. No me gusta dar consejos, porque detesto ser mejor conciencia de la que tengo. Tampoco sé encontrar vuelos baratos ni planear vacaciones. Tengo un sentido de la orientación pésimo, soy incapaz de estar más de una hora sentada delante de los apuntes, nunca acabo los libros que no me han enganchado al llegar a la décima página,  a menudo pierdo la concentración en el primer cuarto de hora de las películas y tampoco sé depilarme yo sola las cejas. El mundo suele quedárseme grande, y una de mis mayores contradicciones consiste en lo pequeña que me siento cuando me siento segura (pero con ayuda, claro). No sé definirme ni etiquetar mis sensaciones, me destroza utilizar palabras demasiado grandes porque cuando quiero aplicarlas se vuelven pequeñas (hablemos de "amores" y "tequieros"). Es extraño que tome lo que desde fuera podría considerarse una decisión acertada, pero más extraño es que me arrepienta de cualquier elección errónea. Pese a todo esto, entre tanto caos, nulidades y partes erróneas, he de reconocer públicamente (o quizás, en privado) que necesito más cariño del que suelo reconocer.

(Así que gracias por dármelo aunque nunca lo pida)

26 de agosto de 2013

Que alguien me explique.

Que alguien me explique cómo funciona el mundo, porque yo hoy no lo entiendo. La gente espera que tomemos decisiones acertadas mientras ellos se equivocan, que entendamos sus patrones emocionales cuando incluso los nuestros se nos quedan grandes. ¿Y cómo saber qué es correcto cuando no existe ningún tipo de manual de instrucciones? ¿Cómo leer un corazón que se escuda entre la niebla para que no le hagan daño? ¿Cómo preocuparse por todo esto cuando tienes que pensar constantemente en cómo curarte a ti? ¿Cómo conseguir que todo el mundo salga ileso? ¿Cómo adaptarte a los demás siendo fiel a ti mismo? ¿Cómo se hace para poder estar en Roma y París al mismo tiempo? Porque yo no sé, no sé, no sé. No sé ser sincera sin romper, ni hacer lo que siento sin matar. No sé lo que conviene. A nadie. Ni siquiera a mi. Y parece que debo saberlo. Que alguien me lo explique.

25 de agosto de 2013

Como si el amor fuera quererse con heridas y follarse con ganas.

Odio ser tan yo y que tú seas tan tú que con un simple pestañeo consigas mover montañas, pero aún así me es imposible no seguir la señal de peligro al llegar a cualquier intersección, como si el amor fuera quererse con heridas y follarse con ganas. Aunque, a decir verdad, puestos a hablar de autodestrucción mejor que sea a base de placer. Juguemos a que la vida sea esa batalla en la que gana el que más sexo suda. 


(Tenéis que pulsar en la última frase para leer el "poema" que la contiene. Porque merece la pena. Y eso)

23 de agosto de 2013

"Ni de Eva ni de Adán"

"Lo que sentía por aquel muchacho no se correspondía con ninguna palabra en francés moderno, pero en japonés el término adecuado era koi. En francés clásico, Koi puede traducirse por gusto. Sentía gusto por él. Era mi koibito, aquel con el que compartía el koi: su compañía era de mi gusto. En japonés moderno, todas las parejas casadas califican a su pareja de koibito. Un pudor visceral destierra la palabra amor: salvo accidentalmente o ataque de delirio pasional, nunca se emplea esa inmensa palabra, que se reserva para la literatura o cosas así. 
(...)
¿Acaso puede uno enamorarse de alguien por quien siente gusto? Impensable. Uno se enamora de aquellos a los que no soporta, de aquellos que representan un peligro insostenible."

(Ni de Eva ni de Adán)


Hace poco tiempo una de mis antiguas compañeras de piso me hizo una recomendación literaria. "Lee algo de Amelié Nothomb, que te va a gustar". La verdad es que me fíe desde el primer momento. Consciente o inconscientemente la convivencia hace que los demás te conozcan, por algo sería. Otro punto a su favor era la brevedad de sus libros. Me gustan los libros cortos porque siempre tengo demasiadas ganas de saber cómo terminan las cosas, tanto que a veces no puedo parar hasta que los acabo. Con libros de 800 páginas esto sería un gran problema.
Una de las cosas que más me gusta de leer es cómo una ficción ajena puede estimular nuestra mente. Es como si la ficción saliera del papel: lo que cuenta otra persona te afecta, te hace pensar, joder, puede incluso llegar a "salvarte" (y sino que se lo digan a mi yo-del-pasado en el momento en que leyó "Veronika decide morir", pero eso ya es otra historia).
Desde el momento que leí ese texto estuve pensando en él. De alguna manera me sentí un poco japonesa, quizás porque a mi la palabra amor siempre se me queda demasiado grande, tanto que hasta me duele decirla en voz alta, como si estuviera traicionando a alguien o fingiendo que entiendo de algo que es tan abstracto que ni siquiera sé si conozco. Pensé también en todas las veces que había tratado de entender qué era lo que me hacía querer estar con otra persona: el gusto. Y qué era lo que siempre hacía que terminase huyendo: también el gusto. Ese "es bastante, pero no es suficiente (o al menos, no para mi)". Hay quien dice que espero demasiado. Hay quien me lo dice una y otra vez. Y yo odio las expectativas pero al mismo tiempo soy incapaz de no tenerlas. He conocido a más de una persona con eso que en japonés llamarían koibitos. Personas a las que les basta con eso bien porque no creen en el amor bien porque no aspiran a encontrarlo. Sin duda, no pertenezco a ese grupo. Claro que he tenido relaciones de ese tipo, y he esperado que se convirtieran en amor como si el amor fuese solamente cuestión de roce. Pero no. El roce sólo hace el cariño. El amor - quiero y creo pensar - es otra cosa. En el fondo soy una idealista de mierda. Seguramente también espero demasiado de todo, incluso de mi.
Sea como sea creo que me hubiera gustado nacer japonesa. Para no estremecerme jamás que escucho o leo la palabra amor. Y porque la ropa de allí es incluso más bonita. Pero eso también es otra historia.

19 de agosto de 2013

Agosto.

Era como escribir sin utilizar palabras, cuando quieres referirte a lo que dicen las canciones cuando no tienen voz o lo que transmite un silencio. Así mi cerebro, en estado de confusión, sólo era capaz de emitir juicios  quizás algo absurdos sobre las sensaciones más o menos pasajeras que se producían en mi organismo. Muero de frío y me duelen los restos del sol. Ser casi albina es una puta mierda. El olor a cremas y pomadas no me termina de gustar, al menos no comparado con el de mi gel de café y mi crema de frambuesa. En Agosto suelo tener ganas de que empiece Septiembre, pero para variar este año no quiero que el tiempo se acelere ni que se ralentice, me gusta que siga su ritmo. Quizás porque he dejado de pensar que el mañana siempre va a ser mejor que el hoy (o porque ya no me pueden tanto las cuentas atrás). Hago la fotosíntesis y el sol me da vida, a veces pienso que soy más parecida a una planta que a un ser humano (aunque, por desgracia, no crezco con la lluvia). Por la calle a todo el mundo le sobra ropa. Hay demasiadas chicas que no se rizan las pestañas ni se depilan las cejas y ni siquiera sonríen porque están demasiado ocupadas echándose cremas anticelulíticas a las piernas, como si las miradas sólo se guiaran por la inconsciencia. La cartelera está llena de películas que me gustan y en mi escritorio se acumulan libros que nunca tengo tiempo de leer. El cuerpo me pide movimiento y la mente me dice que pare. Y en medio de tanto caos existe algún espacio en el que sólo pienso en... 


bueno, qué más da. En realidad no importa.




16 de agosto de 2013

(Ebullición)

Hace poco leí que la poesía servía para escribir las cosas que uno no entiende. Quizás debería plantearme seriamente eso de hacerme "poeta", pero siempre se me han dado fatal las rimas, o el tratar de encajar palabras buscando crear belleza, o encontrar el orden universal entre mis letras. Yo siempre he sido más de caos e impulsividad, de vomitar frases sin sentido, cohesión ni, muchas veces, coherencia. Tendré que seguir escribiendo aquello que no entiendo en prosa. Escribirme en prosa (y con mala letra). Tan desastre como yo, casi siempre epicentro de todos los terremotos que me rodean.
Hoy estoy confusa, y es que a veces no sé si quiero quedarme o quiero marcharme, si quiero avanzar o retroceder. Quizás no me gusten los paréntesis por si quiero quedarme a vivir en ellos y me planteo esas preguntas de las que probablemente no quiero conocer la respuesta. Es como si vives en una burbuja: no puedes echar de menos el mundo exterior. Me gusta tener opciones pero si existiera un único camino con una sola dirección no tendría que pararme a elegir, algo que me resulta infinitamente complicado, sobre todo teniendo en cuenta que no soy de esas personas que se odian a si mismas cuando toman decisiones equivocadas. Me duele el verbo recordar porque a veces me tiñe de nostalgia, y no quiero vivir atrapada en un sentimiento que probablemente siempre esté ahí, pero eso no significa que constantemente lo vea. Mi cabeza hace de las suyas clasificando los miedos que he conseguido entender para después ser consciente de que la comprensión casi nunca soluciona las cosas. Lo entiendes y ya está, no hay más, sigue asustando incluso cuando tratas de racionalizarlo, porque para eso el miedo es irracional. Lo complicado en mi es que pocas veces soy capaz de distinguir la palabra tristeza del sentimiento feliz. Quizás los polos opuestos terminen convergiendo, como si toda la vida fueran círculos y del blanco al negro tan sólo hubiera un parpadeo. Los tonos grises se me dan fatal, casi tan mal como las despedidas, decir adiós o no hacerle caso a un instinto, aún cuando "destrucción" está escrita en la señal del principio del camino.

11 de agosto de 2013

(Podrían llamarse dudas)

Dicen que a veces todo es cuestión de tiempo, pero a mi eso del tiempo se me da fatal. Yo más bien tengo un talento innato para complicar las cosas, enredar los hilos, alimentar las dudas. Pero es que siempre he sido demasiado impaciente, y sino que se lo digan a aquella monitora de yoga que pretendía que respirase, cerrase los ojos y déjase de pensar durante veinte segundos seguidos, y a los tres minutos y medio que aguanté dentro de su clase antes de salir, tragándome incluso la vergüenza. Yo soy más de golpear mis miedos sin llegar a matarlos del todo, quizás porque me he acostumbrado a convivir con ellos, quizás porque la compañía me aterra más incluso que la soledad o igual resulta que en el fondo es lo mismo. Incoherencia ha decidido quedarse a vivir más allá de mis letras, en cada rincón de mi cabeza. Me pierdo, me rompo y en cierto modo, sigo estando entera. Y entonces recuerdo cuando alguien me dijo por primera vez que le parecía fragilidad y fortaleza - y todas las veces que me lo han dicho desde entonces -, pero es que cuando siento me desarmo (y cuando no siento, me desarmo también porque anhelo sentir, no hacerlo es casi como volver a estar muerta). Ojalá el amor de mi vida llevase mi nombre escrito en su cabeza, y pudiera olerlo y supiera "Es aquí", y no tuviera que debatirme entre quizás y ojalás, temiendo la idealización de algo que podría parecer perfecto, pero también podría serlo. A veces no sé si cierro puertas o dejo demasiadas abiertas. Pero ahora mismo encontrarme me supera.





7 de agosto de 2013

Clavos, estatismo y manuales de instrucciones.

Estaba pensando en todas esas ideas absurdas que trataron de insertarme cuando era pequeña, como queriendo venderme una vida con un manual de instrucciones que no la hacía funcionar. En él venían escritas cosas como que querer era poder, que cada uno tiene lo que se merece, que el tiempo lo cura todo o que un clavo saca otro clavo. Y el tiempo me enseño que (casi) nada de todo eso era real. No eran más que una serie de pautas escritas que funcionaban a veces y, quizás, nos otorgaban la seguridad suficiente para no temerle a todo lo que se nos venía encima. Sin embargo a mi alrededor había tantas personas que se lo creían tanto que parecía que lo hacían real. Y es que al fin y al cabo, quizás baste con creer para crear existencia. Hablo de esas personas que dejan de llorar cuando alguien les seca las lágrimas. No sé si es extraño o algo muy habitual, lo que sí sé es que ese tópico tan típico jamás ha funcionado conmigo. 
Cuando era pequeña, a veces se me escapaban las lágrimas por motivos conscientes o inconscientes, por miedos inherentes, por incomprensión al mundo, por incapacidad envasada al vacío. Y venía alguien y me decía que no debía llorar, que me ponía muy fea, que no era para tanto, que me llevaría a nosédónde, o me compraría noséqué, o haríamos aquellacosa. Lloraba más. Lloraba por vergüenza y por culpabilidad. Por la culpabilidad que siente alguien que tiene a quien quiere curarla, pero no puede o no quiere dejarse curar. Supongo que me sucede lo mismo con eso de los clavos. Personas ajenas no pueden jamás sanar el dolor propio ni el impuesto por otra persona ajena. Cada uno sutura las heridas que provoca, no hay más.
No sé si me gusta. Quizás todo sería más fácil si un motivo A pudiera hacer desaparecer a un problema B así, por arte de magia. Quizás sería más feliz si al ser buena en matemáticas no importasen en absoluto mis nulos conocimientos de geografía. Pero si en algún momento tengo agujeros no importa tanto todo aquello que me llena: sigo estando rota. Y una balsa se hunde incluso con un diminuto pinchazo. Lentamente, pero se hunde. A lo que iba con lo de los clavos es a que ni siquiera me parece justo. Ni por el primer clavo, ni por el segundo. Al primero le quita la unicidad, como si cualquier clavo encajase en el mismo agujero. El segundo no deja de ser un engaño, algo que funciona, pero no tan bien. Mejor eso que nada, con el tiempo los engranajes se acostumbrarán al nuevo componente de un mecanismo que seguirá adelante a trompicones. Como coser un cojín que se rompe y podría seguir. A veces fabrico metáforas casi con la misma velocidad que fabrico ideas.
Al final no llegué a ninguna conclusión más allá que lo de llorar y ahogarme no había desaparecido en los últimos (y primeros) veintidós años y quizás no desaparecería nunca. Yo para dejar de llorar necesito soledad, aislamiento y ser el núcleo de la indiferencia ajena. También llegué a la conclusión de que no entendía de clavos, ni de agujeros, ni de rotos. A veces pienso que todos estamos fragmentados y otra que siempre somos completos aunque esporádicamente nos creamos partes. Lo que sí tuve claro después de empezar a pensar fue que jamás me creería nada que me dijeran si no lo probaba yo primero. Sería la dueña de mis propias teorías, analizaría mis patrones de comportamiento míos-y-sólo-míos hasta llegar a entenderlos y así, poder modificarlos, aunque fuera un poquito. Y eso hice. No sé si sirvió de algo, pero lo hice. Como tantas otras cosas.


La imagen es de Tumblr. 

(Al fin y al cabo, acabo de leer un fragmento de libro bonito que decía que lo importante cuando uno se planta ante un tigre es decidir si huyes o luchas. Decía que ambas opciones eran válidas, pero lo que no puedes hacer es quedarte quieto)

4 de agosto de 2013

(Tentaciones)

Me besaban, tus ojos, y no necesitaba que lo hicieran tus labios. De fondo, nuestro océano mediterráneo creaba la banda sonora de un momento que habría parecido fugaz incluso si hubiera sido eterno.
Supe casi desde el primer segundo que bajo ningún concepto lograríamos superar ese escalón de distancia que nos habíamos impuesto, pero yo te dije siempre que no sabía no dejarme llevar y no podías pretender que fuera yo quien pusiera los frenos cuando ni siquiera estaba convencida de querer hacerlo.
Aún ahora me cuesta explicarme el por qué de tanto deseo. Quizás lo que más me guste de ti sea que a tu lado, la vida es un juego. Excitación prohibida en una habitación vacía que, con nosotras, estaba demasiado llena. Aislarnos del mundo en una azotea mientras la música suena. Te tocaba, como siempre, con miedo a que te rompieras.
Tus dientes, mi pecho. Mis dientes, tu cuello. 
¿Qué cojones estábamos haciendo? Las voces en mi cabeza me repetían una y otra vez que estaba siendo demasiado egoísta y a mi no me importaba una mierda. Decidí permitirme el lujo de soñar despierta.
A suficientes kilómetros de distancia, con un arsenal de dudas en la maleta, aún me costaba entender por qué las cosas parecían siempre tan complejas. Pero es que yo ya estaba mentalizada de que tú nunca y... ¡Joder!
Quizás el problema era que nos habían hecho creer que amar era sufrir. Y así, destrozándonos poco a poco, desintegrándonos, autoflagelándonos, arrancándonos las entrañas y las vísceras, apagándonos el corazón para no sentir el daño, restringiéndonos las ganas, alimentando los miedos, ahogando las dudas, matándonos... así, sólo así, creíamos que nos estábamos amando como nadie.

1 de agosto de 2013

Frenar.

Recuerdo la primera vez que me monté en bicicleta. No sé si porque me lo han contado o porque de verdad el dolor de la caída quedó grabado en mi de tal manera que, a posteriori, fui incapaz de olvidarlo. Me caí por imprudente, por confiada. Como siempre. Me caí porque creí a pies juntillas lo de que puedes conseguir todo aquello de lo que te crees capaz. No recuerdo qué edad tenía: sólo que iba vestida de rosa y llevaba un casco verde. Que no tenía ni idea de cómo se supone que se conduce una bici, pero unos amigos algo mayores que yo me retaron a echar una carrera y no podía sino aceptar. Ya por aquel entonces mi afán de competitividad me impedía admitir que podía haber alguien en el mundo a quien yo no pudiese enfrentarme. "Bajamos la cuesta, giramos a la derecha, subimos por ahí y volvemos aquí". Las instrucciones parecían claras. Olvidé que no tenía ni idea de cómo se giraba a la derecha, ni de que era necesario frenar un poco en las cuestas para no volar por los aires al llegar abajo. Y así, habiendo seguido todo de frente, me estampé contra el borde de una fuente y me caí dentro. Eso sí: fui la primera en bajar la cuesta y al final nadie llegó a la meta. Seguí montando en bicicleta, porque a mi a cabezota no me gana nadie, pero nunca aprendí a frenar. Una vez empezaba a pedalear era incapaz de parar sin la ayuda de otra persona. Mi padre y su paciencia infinita solían hacer de tope cuando tocaba cambiar de actividad, y eso solía ser cuando alguien me avisaba de que había llegado la hora. Creo que a día de hoy aún me cuesta ser consciente de cuando se me agotan las fuerzas, física y emocionalmente. Es complicado decir "hasta aquí" cuando todo lo que quieres es seguir. Difícil dejar de hacer algo que te hace feliz y de pensar en repercusiones futuras cuando lo que cuenta es el presente. Dejarse llevar es demasiado fácil, sobre todo cuando uno no sabe realmente si habrá un futuro. Insensato, quizás. Pero quizás la vida no esté hecha para la sensatez, o yo no esté hecha para la vida. Se puede aprender a montar en bicicleta y se puede aprender a vivir, pero siempre habrá terrenos por los que por mucha teoría que conozcamos, corramos peligro de caer. Y por muy valiente y confiado que uno sea, seguirá corriendo ese riesgo. Porque nos vendieron frases como que querer es poder y que cada uno tiene lo que se merece, y lo peor es que hay quien cree que de verdad es así. Seguramente nunca aprenda a frenar, pero al menos soy consciente del peligro que supone. Ojalá eso me hiciera más fuerte.

30 de julio de 2013

(Memorias de lunes)

En general me gusta disfrutar de mi soledad, siempre y cuando sea una soledad elegida. Valoro de los momentos en los que puedo estar yo conmigo misma, disfrutando de la ficción en cualquiera de sus versiones, sumergiéndome en universos alternativos, saliendo a correr para sentirme libre. Sin embargo en otras ocasiones también necesito contacto social, unos oídos dispuestos a escuchar o alguien dispuesto a necesitarme a mi. A veces no quiero estar sola porque sé que pensar me haría demasiado daño y que tengo las defensas bajas para ello. Quizás ayer fue uno de esos días, y eso que llevaba ya suficientes horas en compañía y en otras circunstancias probablemente habría preferido unas horas de "yo, mi, me, conmigo", pero no. Por eso, y porque nadie me había propuesto ningún plan para ocupar ese de 6 a 9 en el que no quería tenerme en exclusiva, cogí el teléfono y llamé a J.
- ¿Pero estás bien?
- Sí, claro, ¿por qué?
- Porque nos conocemos desde hace tres años y nunca habías sido tú la que me propusiera algo. 
De repente me di cuenta de que tenía razón y me sentí un poco mal. Quizás porque sé que en la actualidad siempre tengo alguien a quien llamar, y eso me gusta. Pero en ese momento me invadió un miedo inmenso. Como si me preocupase que mi aparente desinterés por la gente pudiera llegar a conseguir que algún día yo también dejase de interesar a los demás.
- Oye, ¿y por qué me seguís incluyendo en vuestros planes si yo nunca os propongo nada? (Tengo la costumbre de preguntar todo lo que se me pasa por la cabeza, casi siempre. Aunque pueda parecer ridículo o absurdo)
- Pues no sé. Eres especial, sincera, natural, graciosa... 
Supongo que era un intento de simpatía. Nada con el objetivo de hacerme sentir mal. Y aún así, no sé por qué, me rompió un poco. Para bien y para mal con frecuencia me acompaña esa sensación de tener cosas sin merecerlas. Y no me gusta que sea así.

25 de julio de 2013

Hablemos de tragedias.

Hipocresía en el ambiente. Como siempre. A todos nos inunda la pena cuando está a suficientes kilómetros de distancia. Qué fácil es llorar a través de las palabras. Qué heroico parece apoyar las causas ajenas cuando no supone más esfuerzo que pulsar un par de teclas. Y que todo el mundo lo sepa, que hoy lo humano es apenarse por la tragedia. Lo contrario sería carecer de sensibilidad. Porque, ¿cómo va uno a preocuparse por los demás problemas del mundo habiendo habido nosecuántas muertes aquí, tan cerca? Mañana ya nos olvidaremos del descarrilamiento. Porque subirá el IVA, por ejemplo. Y nos quejaremos por ello, que es coherente, que es lo que toca. Hasta que pasado mañana se muera noséquién. A veces me pregunto si sabéis hacer las cosas sin necesidad de compartirlas. Y si las hacéis porque queréis, o exclusivamente para que se note que lo estáis haciendo. Yo que sé. Que con esto de las redes sociales todos nos estamos sacando el máster en eso de mostrar la mejor cara. Que sin apariencias nadie vale nada.

PD. Para que vuestra sangre sirva basta con donarla. No es necesario que lo sepan cien personas para que adquiera validez.
PD2. Algunas cadenas de televisión habrán seguido con su programación normal. Y vosotros, ¿no habéis seguido con vuestra rutina normal?
PD3. Que sí. Que es una tragedia. Pero hay cosas que no hace falta escribirlas para saberlas.

(No me malinterpretéis. No pretendo quitarle peso al asunto. Simplemente me enerva la exaltación de sentimientos a través de palabras con cero de actuación que las respalde. Y eso)

Su nombre empieza por A.


La primera vez que la vi llevaba las uñas de un color verde horrible. Inevitablemente me transporté a una terraza avilesina unas cuantas semanas atrás: mi mejor amiga se pintaba las uñas exactamente de ese color mientras que todas le decíamos lo feo que era. Sus uñas bastaron para hacerme sonreír al recordar aquel momento. Su nombre empieza por A, como los nombres de la mayoría de mis personas favoritas en el mundo. Fueron las primeras casualidades de muchas. Pocos meses después habría sido imposible que no surgiese al menos un mínimo de relación.
La cosa fue lenta. Podría decir que parecía que nos conocíamos de toda la vida o que se convirtió en mi principal apoyo: estaría mintiendo. Pasamos despacio el escalón de compañeras y tardamos probablemente más de un año y unas cuantas discusiones en convertirnos en amigas. Pero ahora estamos aquí, mil días después, y lo único que sé es que la voy a echar mucho, mucho de menos. 
Parece que no, pero a la larga se comparten demasiados momentos, dentro y fuera de las aulas. Trabajos, tardes de cine, días de biblioteca, noches comentando series, paseos por Madrid y un largo etcétera que hacen que llegado el momento te des cuenta de que quizás no sepas cómo o cuándo empezó todo, pero esa personas se ha hecho un hueco en "tu mundo". Nunca me ha gustado la distancia: me hace sentir pequeña porque, nos guste o no, existe. Y ella no sólo se va muchos kilómetros más allá, sino que cruza unas cuantas franjas horarias. No puedo evitar pensar que yo me planteé hacer lo mismo. Me terminé echando atrás. Quizás no sea tan valiente, o me falten ganas, o haya demasiadas cosas que me atan aquí. No sé. Lo único que tengo claro es que a veces la vida da un giro radical con una decisión, por pequeña que sea, y que espero que los giros de las personas que me importan les lleven siempre a un lugar mejor.


(Olerte siempre será más divertido que oler al resto de mortales. Jiji,jaja)
(Y sí. Hoy me ha dado por escribir como si esto fuera mi diario)

21 de julio de 2013

Tranquilidad apoteósica. A veces las montañas se convierten en caminos llanos. No es que vivir cueste un poco menos, es que si el placer tuviera forma de momento se parecería bastante a ese instante, por extraño que resulte ser capaz de respirar sin pensar en metas lejanas y futuros utópicos, por complicado que parezca que la realidad sea suficiente sin necesidad de palacios de cristal y sueños que aún no han sido capaz de romperse en mil pedazos. Tal cual, envasada al vacío, sin ningún tipo de revestimiento o aditivo que consiga distorsionar los sentimientos. Sin amor dispuesto a engañarme al bajar la guardia. Con fantasmas revoloteando por todas partes. Y aún así, me gusta degustarla. Como si fuera algo único, porque lo es. Quizás mañana vuelvan las tinieblas. Tendré que aprovechar el ahora, que parece haber decidido darme una tregua. Me sumergiré dentro de algún libro bonito y cerraré los ojos, a ver si consigo dormir. Profundamente, sin interrupciones, sin pesadillas, sin monstruos, sin miedos, sin que nadie me abrace, pero fuerte. "-¿Qué quieres ser de mayor? -Fuerte, valiente y capaz". Sonrío. Poco a poco lo voy consiguiendo.


(Amenazando a lo imposible a 1300 pies de altura con la elegancia de una bailarina rusa en quinta posición)

19 de julio de 2013

"Lo importante no es lo que miras, es lo que ves"

Hablaban del mundo, de la distorsión de la realidad, de lo erróneo de los sentidos. Y yo no podía evitar pensar que al fin y al cabo, todo lo que nos rodeaba no era más que percepción.
Quizás mi vista estuviera demasiado nublada, interceptada por miedos, dudas y ecuaciones que se habían quedado sin resolver. Quizás a veces fuese incapaz de mirar sin recordar o comparar. Seguramente me equivocaba. Y me seguiría equivocando. Pero es fácil hablar sobre objetividad cuando no tienes que lidiar después con tu propia culpa, con tus propios sentimientos, cuando no tienes que enfrentarte a tus propios fantasmas.
Si mi universo subjetivo era irreal, siempre se terminaba anteponiendo a esa realidad de la que todos hablaban. Y yo me tenía que quedar allí, sintiéndome tremendamente débil, tremendamente rota, tremendamente ausente. Enhebrando palabras con el objetivo de creer que tenían razón cuando me decían que el problema estaba en mi cabeza. Sin embargo me dolía todo el cuerpo y no terminaba de entender muy bien el porqué.

 

15 de julio de 2013

Escapar.

A veces necesito escapar de esta semi-rutina, de estas paredes que en ocasiones me asfixian y me hacen olvidar que hay mundo más allá de las calles cálidas y repletas de gente de una ciudad que, muy esporádicamente, hace que me sienta extraña. Sin embargo también sé que debo ir con pies de plomo, que el más leve tambaleo puede hacerme caer y que no estoy preparada para hacer equilibrismos sobre cables que sin lugar a dudas me desestabilizarían en cuanto mis pies dejasen de tocar el suelo. Escapar de la costumbre me produce excitación y al mismo tiempo, me aterra.
No, no me engaño. Soy consciente de que me instalo en la comodidad de un caos en el que me desenvuelvo como pez en el agua y que me cuesta dejar a un lado. Porque aquí me siento segura y no tengo oportunidad de tropezar. Los fantasmas duermen y yo elijo. Aquí no dependo de nadie más que de mi misma, aunque a veces sienta que me estoy construyendo una coraza nueva con miedos quizás diferentes pero muy parecidos. Control y dejarlo de lado. Ya, claro.

13 de julio de 2013

Conozco formas menos dolorosas de morir.

Se supone que hay 35 grados pero mi piel de gallina y mis temblores no dicen lo mismo. Cojo todas las mantas que tengo e inevitablemente, la de Hello Kitty me produce cierta nostalgia. Me sube la temperatura, pero no de la forma que me gustaría. Mi rutina se resume en viajes de la cama al sofá y del sofá a la cama, interrumpida por el chute de pastillas sumadas a las ya habituales. Es curiosos aparentar menos de 22 años y necesitar un calendario de todos los productos químicos que tienes que ingerir para no perderte. Se supone que no debo abrigarme y que tengo que tomar mucha agua y comer algo, para que mi estómago aguante todo lo anterior, pero mi garganta se pone en huelga y hace que tragar duela más que nunca. Creo que incluso hablar me produce cierto dolor. En la soledad de mi salón recuerdo cuando era pequeña y lloraba mientras mi madre me colocaba pañitos mojados por todo el cuerpo. Nunca he tenido precisamente lo que se llama una salud de hierro. Me entran ganas de llorar, no sé muy bien si por lo insoportable del sufrimiento físico o por la impotencia de sentir que estoy perdiendo el tiempo cuando ya va quedando menos para que termine el verano. No lloro porque tengo miedo de que también me produzca molestias. Me pesan los párpados e incluso cambiarme de camiseta es un reto, pues levantar los brazos cuesta casi tanto como levantar una barra de máximo peso (algo que, por cierto, nunca he hecho, pero intuyo que debe ser algo parecido). Evito los espejos por miedo a salir corriendo. Por suerte están las letras y las imágenes para salvarme.





8 de julio de 2013

Preguntas y publicidad.

Pues resulta que YamaraVM me ha nominado a un test, y aunque no suelo hacerlos, hoy me apetecía contestar preguntas. 

1. Si tuvieras la poción de la vida eterna para ti solo/a, ¿la tomarías? No. ¿De qué me serviría vivir eternamente, además de para ver como mis seres queridos se van muriendo y sufrir por ello una y otra vez? De todos modos, aunque tuviera dicha poción para compartirla con alguien, creo que la vida eterna sería aburrida. Todo tiene que tener un fin, incluso la vida misma.
2. ¿Te podrías definir con una palabra? Caos. Aunque creo que no podría definirme ni con todas las palabras del mundo, podría ser una buena sinopsis.
3. ¿Algo que quieras tener? Capacidad. Para todo.
4. Signo del zodiaco. Nací el 19 de febrero. Creo que soy Acuario, aunque algunas revistas dicen que soy Piscis. Es el día que cambia de un signo a otro, en realidad.
5. Alguna frase/palabra escrita en otro idioma que no sea el castellano y te guste. Courage. Francés.
6. Dos canciones. ¿Sólo dos? Sex on fire y Voy a romper las ventanas.
7. Actor/Actriz favorito/a. Angelina Jolie y Ethan Hawke.
8. Una película. Inocencia interrumpida, El mundo de Leland y Cisne negro (Sí, ya sé que son tres).
9. Objeto más preciado que tengas, ¿por qué? A nivel sentimental, un anillo de plata que llevo (casi) siempre en el dedo corazón de la mano derecha, por el tiempo que llevo llevándolo casi siempre. También un colgante de una letra "C" pequeñita y otro de una cruz. El primero me lo regaló A. estas navidades, el segundo mi madre hace un par de años. Además de parecerme bonitos, ellas son dos de las personas más especiales de mi vida. La verdad es que soy un desastre y siempre termino perdiéndolo todo. A nivel "Si pudieras elegir un sólo objeto para llevarte contigo..." cogería mi teléfono móvil, pues me serviría para escuchar música, utilizar redes sociales e internet, etc.
10. Inserte una foto que te haga sonreír.
(Yo es que de pequeña era muy cuqui)




















En otro orden de cosas, pensaba en publicidad y me apetecía diferenciar los tipos: la buena publicidad y la que quizás no sea buena, pero todo el mundo conoce. Me explico. Hay anuncios que emocionan y otros que sin llegar a eso, dan que hablar. Cocacola es un claro ejemplo de los primeros: a todo el mundo le gusta, miles de usuarios twitean algunas de sus frases con el video correspondiente y años después todos recordamos la famosa fábrica de la felicidad. ¿Por qué? Buenas ideas, buena ejecución. Ahora, continuando con su campaña pro-vida sana y contra la obesidad que empezó aquí, llegan las Magic pills.

 

 El anuncio de tampax, casi como lo fue Loewe hace poco más de un año, es un claro ejemplo de lo segundo. No tiene lógica. No es una buena idea. Carece de sentido el hecho de que una chica enseñe a un hombre a ponerse un tampón: ¿para qué? y por mucho que pueda entenderse que simula una penetración, no creo que eso de morbo a un grupo de tíos, ni siquiera siendo la chica en cuestión Amaia Salamanca. Sea como sea, ha conseguido que las personas hablemos de él (aunque fuera, en la mayoría de los casos, para expresar cierto desconcierto).

 

Hay quien piensa que lo único que importa es que se hable, aunque sea mal. No estoy de acuerdo con esta frase pero, ¿y en publicidad? ¿Es rentable que la viralidad sea el único objetivo?

5 de julio de 2013

Desnudo.

"-Yo... odio esto. No soy capaz de ser yo misma. No puedo confiar en nadie. Siempre estoy tratando de alejar a todo el que intenta acercarse a mi. Tú no sabes nada, absolutamente nada sobre mi. Insistes en decir que me quieres, pero en realidad esa Kotomi a la que dices querer no es más que una pequeña parte de mi."

(Crossheart)

Siempre hay una barrera difícil de traspasar. Es fácil sonreír. Es sencillo intercambiar opiniones. Contar qué cosas te gustan y cuáles te desagradan, qué objetivos tienes en la vida, dónde están las metas que pretendes alcanzar. Es fácil, incluso, hablar de los valores que buscas en las personas que te rodean. No duele desvelar tu nombre, tu edad, tu procedencia, contar en qué trabajan tus padres o cuál es tu libro preferido. Pero, ¿es suficiente? 
Yo soy de las que piensa que para alguien te quiera tienes que saber desnudarte. Mostrarle tus miedos, tus taras, tus defectos, tus incapacidades. Mostrar todo aquello que detestas de ti, lo que cualquiera podría detestar. Hablar de las partes de ti que no eres capaz de explicarte. Sin embargo, es complicado a la par que necesario. Si no eres capaz de ser tú mismo siempre terminarás huyendo cuando necesites quitarte el disfraz. Crearás una barrera más. Pero sin duda, es más sencillo no hacerlo. A veces, cuando no hablas de algo es como si no hubiera pasado en realidad. Aunque sólo sea durante algunos periodos de tiempo consigues esconderlo en algún lugar de tu cabeza. El problema es que siempre termina volviendo, siempre.
Conocía mis problemas. Sabía que me costaba abrirme del todo. Que me resultaba más sencillo mostrar mi mejor versión aunque eso supusiera arriesgarme a la posterior decepción, aunque hiciera que las expectativas subieran hasta límites que sabía que era incapaz de traspasar. Pero no sabía muy bien por qué era así. A veces pensaba que quizás el motivo era que no había conocido a casi nadie que mereciera la pena. Otras que, por el contrario, a veces intentaba hablar pero no me querían escuchar, quizás también porque eso lo haría más y más complicado. Las restantes me decantaba por el miedo. Miedo a que aún así, me siguieran queriendo; miedo a hacer daño; miedo a crear vínculos; miedo, en definitiva, a ser vulnerable, pero, ¿a caso no lo era ya?



(Quizás por eso me aferraba tanto a las personas que ya me conocían)

(Desde "Ángeles", Marwan no me había vuelto a enamorar de esta manera. En esta ocasión ha superado incluso mis expectativas. Y definitivamente he llegado a la conclusión de que me gustan las narices grandes)


3 de julio de 2013

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Sabes que no te conviene, pero no puedes evitarlo. Por mucho que tu cabeza tenga claro lo que no debe, el querer casi nunca va de la mano. Hace poco leí en un libro que el problema era que lo físico y lo emocional casi nunca coincidían. No tengo muy claro en este caso qué es lo físico, pero quizás tenga algo que ver. Trato de recordar cómo era antes de ser completamente caos, pero es algo demasiado lejano, tanto que soy incapaz de encontrar claridad viajando a través de mis pensamientos. Si no hubiera tirado todos mis diarios por el miedo al descubrimiento quizás en alguna página encontraría algo que me indicase que en algún momento sabía lo que quería, aunque fuera después de dar las vueltas suficientes para terminar completamente mareada. Ojalá tuviésemos el poder de borrarnos de las cabezas de las personas para siempre. Creo que preferiría eso que volar. También leí hace poco algo sobre una radiografía de los sentimientos. Ojalá existiera. Ojalá expresarte fuera tan sencillo como mostrar un papel. Ojalá las soluciones fueran tan sencillas como saber que existen y pudiésemos borrar con facilidad todas nuestras partes erróneas. Aunque en ese caso, quizás dejaría de existir. Quizás sea mejor así. Por cierto. Odio los quizás. Y empiezo a odiar los ojalás.


(Ojalá pudiera parar la vida para pensar. Aunque quizás eso me haría explotar en mil pedazos)

29 de junio de 2013

Como si fueras, pero sin ser.

Aún a veces sigo pensándonos en pasado. Recordando todos aquellos momentos que compartimos. Y por algún motivo, los siento como un libro que ya he terminado de leer y he perdido. Es extraño: ha habido otros finales y nunca he sentido que nos perdíamos para siempre. No como ahora. Y lo peor es que sé que te pasa lo mismo.
A veces, cuando recuerdo esos momentos lloro y no sé por qué. Me transporto desde aquella terraza en la playa hasta el salón de mi casa y te vuelvo a ver en el sofá dejando el hueco exacto para que me tumbase a tu lado. Aunque no haya encendido el ordenador se reproduce en mi cabeza la lista "ñoñadas" y mi nariz se empeña en desechar todos los olores que no se parezcan al coco o a la vainilla. Aunque hace ya dos meses que tiré tu botella de agua y guardé el jersey que te pusiste la última mañana en el fondo del armario sin duda sigues estando por aquí. Nunca te fuiste. Pero mirarte es extraño: es como si fueras, pero sin ser.
No sé muy bien explicarme porque no entiendo este tipo de dolor. Es muy diferente a un corte, a la incapacidad, diferente a no estar a la altura o a romper lo que te importa sin querer. Algo completamente distinto a desear no haber nacido o querer desaparecer. Es más bien como haber matado una parte de mi y saber que no podré recuperarla. Creo que, por una vez, el dolor me duele solo por mi.  A veces odio que siempre haya algo a lo que aferrarse. Sería más sencillo si no lo hubiera.


(No sé por qué vomito palabras cuando no tengo muy claro qué quiero decir)

27 de junio de 2013

Y volviste.

Y volviste. Tuviste que volver para recordarme todas y cada una de mis limitaciones. Mis taras, mis bloqueos, mi capacidad de encerrarme en mi misma. Volviste para alimentar la interminable lista de miedos de los que estoy formada. Para solidificar las corazas de las que estoy hecha desde quién sabe cuando. Para repetirme una y otra vez que siempre todo a mi alrededor se termina rompiendo. Para dejarme aturdida, como sueles hacer. Tú y tus billetes a un pasado que me parece demasiado lejano y aún así no soy capaz de comprender. Para hacerme daño y después, pretender curarme en el momento exacto en el que ya no quiero salvación.


(Hoy las voces de mi cabeza gritaban más que nunca y desde que volviste no se han callado ni un segundo. Gritan tan fuerte que no me dejan oír nada más)

26 de junio de 2013

Cuando el mundo te da por perdido, desapareces.

Cuando hacia natación, después un breve calentamiento los entrenamientos estaban compuestos por series de diferentes colores: azul, rojo y negro. Las azules eran series largas a una velocidad moderada; las rojas algo más cortas y con mayor intensidad; en las negras tenías que dejarte la piel en el agua como si estuvieras en medio de una competición. Aproximadamente dos semanas después del comienzo de una temporada (tiempo requerido para recuperar el tono físico y muscular perdido durante el verano) hacíamos un test que consistía en nadar durante X minutos dando lo mejor de nosotros mismos. Este test se repetía periódicamente cada tres meses. En función de la distancia recorrida y las diferentes velocidades alcanzadas en el mismo se organizaban los grupos y se calculaban los tiempos necesarios para cada persona y cada color. El día del test siempre fue para mi muy importante. Había quien no se esforzaba en absoluto y así después no tenía la obligación de cansarse en los entrenamientos; yo aprendí que sólo dando lo mejor de mi misma y exigiéndome más de lo que podía abarcar conseguiría avanzar, aunque eso supusiera frustraciones constantes. Conseguía estar casi siempre por encima de mis posibilidades mediante el esfuerzo absoluto. Pero todo tiene un límite. Hay un momento en que tus músculos, tus extremidades, tu cuerpo o tu cerebro dicen: ¡Basta!, y no puedes más. Comienzas entonces a caer en picado.
A veces pienso que con los sentimientos ocurre algo muy parecido. Que también existe un límite. Que cuando te arriesgas a algo tan fuerte, tan inhumano, tan incomprensible, tan "mi cerebro no puede soportar todo esto", alcanzas un punto tan alto desde el que sólo puedes caer. Quizás durante un tiempo logres mantenerte ahí, pero se convierte en costumbre y ocurre como cuando te pasas tres meses sin bajar una sola milésima de tiempo: frustración. Y entonces aparece la desgana y el malhumor y comienzas a descender, y te das cuenta de que lo que antes sentías precioso ya ni siquiera te parece bonito. A veces pienso que ese momento siempre llega, quizás más pronto que tarde, porque todos tenemos un tope. A veces creo que subí tan alto que no pude ignorar el vértigo y fui incapaz de evitar la caída: cuando me quise dar cuenta estaba en el subsuelo.
Ahora bien, ¿cuál es la solución? ¿Deberíamos no esforzarnos en el test inicial y no darlo todo de nosotros mismos para no rompernos, para tener siempre algo más que dar? ¿Debemos resignarnos a disfrutar de un sentimiento leve para poder sentir que siempre podría hacerse más y más grande, para que no duela, para, nuevamente, no rompernos? ¿Merece la pena no obtener el éxito con tal de no sentir la posterior frustración? Creo que en asuntos del corazón es incluso peor que en una competición. Porque al fin y al cabo, cuando nadas nadas por ti, y sólo tus errores pueden conseguir destrozarte. En cambio el amor se parece más a una prueba de relevos (siempre he odiado las pruebas de relevos). Y puedes no poder tú o no poder el otro, y sea quien sea el que no puede más duele: por ti y por la otra persona. En el amor siempre ganas y siempre pierdes, y creo que no hay nada más complicado en el mundo que aprender a ganar y aprender a perder.
Pero creo que existe un momento más crucial, más importante. Nos quejamos de que los demás piden mucho de nosotros, pero cuando lo que nos exigen son metas que podemos alcanzar si estiramos un poco el brazo, conseguimos avanzar. Lo peor es cuando estás tan destrozado que todos son conscientes de que no puedes dar más de ti y aparece la resignación, el desinterés. Cuando son conscientes de que sus enfados no servirán de nada, porque jamás lograrán enfadarse contigo tanto como tú mismo. Lees en sus ojos ese "podrías haber sido, pero no lo fuiste". Entonces te resquebrajas. Quién sabe en cuántos pedazos. Quién sabe dónde van. Quién sabe si se pierden diez o trescientos. Cuando el mundo te da por perdido desapareces. O al menos eso pienso. Siempre he sido de las que piensan que no hace ruido lo que cae si nadie lo oye. De igual modo, si nadie te mira te vuelves invisible.