29 de junio de 2012

Hecha cenizas.

Hecha cenizas. Así me sentía yo  cuando no sabía hacerte sentir especial. 
Nunca me había cansado de esperar. Nunca me había cansado de esperar y nunca lo haría. No había vuelto a querer a nadie del mismo modo que a ti, y once de cada diez días seguía sintiendo que no habría jamás otra persona como tú en mi mundo. 
De lo que me había cansado era de cometer una y otra vez los mismos errores, de que el universo conspirara contra cada paso que intentaba dar, de que todo fuesen complicaciones. De ser ese obstáculo que te impedía alcanzar la felicidad con una promesa que nunca llegaba a hacerse realidad. Y no importaba de quién fuera la culpa. Si de mis miedos o de tus inseguridades, de los silencios que no sabía hacerte comprender o de las dudas que no te atrevías a preguntar. 


(Debías entender que yo seguía sintiendo tus manos cuando me tumbaba en el suelo frío y que a veces me despertaba con unas ganas infinitas de escuchar tu voz. Que no había encontrado ninguna banda sonora tan perfecta como tu respiración y que tu pecho siempre sería mi mejor almohada)

24 de junio de 2012

Tú me enseñaste a brillar.

Tenía miedo a mirarte y no verte,
a que tú no fueras tú y yo no fuera yo.
A que "nosotras" fuese un plural inventado.
Miedo a que desapareciera todo lo que quedaba,
miedo a perderme buscándote,
miedo a tocarte sin que se me erizase la piel.
Miedo a olvidar todas las definiciones que había aprendido contigo,
a no ser capaz de reconocer tus dedos en mi espalda.
Muchos miedos que se resumían en uno:
miedo a que no estuvieras, porque yo siempre te iba a necesitar. 
Y mientras imaginaba que te perdía recordaba que tú eras la luz que siempre me dejaba ver todo lo demás.


(Y yo sigo creyendo en los "para siempre" y en las cosas bonitas porque existes tú)

21 de junio de 2012

Quería que te quedaras, pero no tenía derecho a pedírtelo.

- Cuando pronuncias algo en voz alta es como si se hiciese real.
- ¿A qué te refieres?
- A cuando algo termina. Y quizás también a cuando empieza. Pero sobre todo, cuando termina.
- ¿Por qué lo dices?
- Notamos cuando algo no funciona. Somos conscientes de que los caminos se bifurcan, de que tomamos direcciones opuestas. Conscientes de la falta de pasión, de los silencios incómodos, de las palabras vacías, de las miradas muertas. Conscientes de la imposibilidad de nuestras expectativas. Y sin embargo, seguimos adelante. Esperamos. Construimos cosas. Buscamos la felicidad en lo cotidiano. Nos intentamos convencer de que mañana puede ser diferente. Diseñamos futuros perfectos y olvidamos el presente. Seguimos caminando fingiendo que todo sigue igual. Hasta que lo pronunciamos en voz alta. Cuando dices algo en voz alta, cuando dices "esto se ha terminado", todo cambia para siempre y es como si ya no hubiera vuelta atrás. Entonces uno asume que ahora ya no es antes. Como cuando escribes un libro y lo publicas. Ya no hay vuelta atrás. Ya no puedes cambiar el final de la historia...


(... y era absurdo decirte "Quédate" cuando no sabía qué tenía que ofrecer)

(Pensad en mi mañana a eso de las 12. Cruzar los dedos, rezar si creéis en algo, o hacer un hechizo si soy magos. Os amaré eternamente)

18 de junio de 2012

Los buenos no siempre ganan.

Siempre solía sentirme capaz. Me fabricaron con algún tipo de chip ilusorio que hacía que pensase que podía borrar el prefijo "im" de cualquier palabra relacionada con la posibilidad. Y así fui creciendo, acostumbrada a ganar a base de pelear. Pude vencer al agua, a los perros y a los bichos bola. Y entonces me enfrenté a ti, al temor que me daba cada una de tus miradas, a cómo quemaban tus manos en mi piel y a lo diminuta que me volvía por momentos cuando estabas encima de mi. Y tenía claro que podía ganar. Pero perdí. Lo cierto es que perdí todo, casi todo. Perdí las ganas, la ilusión, perdí parte de la valentía, mi infancia de mentira y lo que me quedaba de adolescencia de verdad. Perdí la seguridad y la confianza. Perdí la fuerza y me volví incapaz. Incapaz de casi todo. Ya no vencía monstruos. Ya ni siquiera podía vencerme a mi misma... Que no venga nadie a decirme que con seguridad todo se consigue. No es más que una de esas mentiras que inventamos para sentirnos mejor.


Debían haberme enseñado que los buenos no siempre ganan. 
(Necesito dejar de estudiar ya para dejar de pensar en cosas tristes)

Balbuceos.

Reemplazable. Se sentía así. Substituible. Como el típico producto que, cuando lo dejan de fabricar, uno ni siquiera se da cuenta.  
De alguna manera, no sabía qué hacer. Qué decir. No sabía qué sentir y se quedaba quieta. Inerte. Aunque avanzase, seguía quieta. Congelada. Quiero decir. Avanzaba pero se había dejado algo por el camino y de vez en cuando lo echaba en falta. O quizás no se había movido nunca. Quizás era ese algo el que se había perdido en algún universo paralelo. 
Tampoco podía definir aquello como dolor. No. Ella había aprendido lo que era el dolor antes de saber que se llamaba así. Era más bien rabia. Impotencia. Y más rabia. Y más impotencia.
Le pasaba siempre que se enfrentaba a ese tipo de situaciones que no tienen remedio, cuando algo no estaba en sus manos. Le pasaba siempre que se agotaba a base de caminar en círculos, volviendo a llegar al mismo punto de partida. 

(Balbuceos. Pensamientos aleatorios. Reflexiones que no merecen la pena. Ni canción, ni música, ni fotos, ni dibujos, ni colores. Hoy mi cuerpo sólo quiere dormir)


15 de junio de 2012

Era un viernes que podría no ser un viernes.

Debía de ser viernes. Pero podría haber sido lunes, o martes. Era un viernes que podría no ser un viernes.
Podría no haber sido un viernes igual que aquel domingo podría no haber sido un domingo. Igual que aquel sentimiento podría no haber sido amor. Igual que aquella melodía podría no haber sido mi canción favorita. Igual que tú podrías no haber sido el mayor de mis caprichos, la mejor de mis obsesiones o mi placer preferido.
Yo sólo quería que saltases. Quería que saltases conmigo. Y tenía miedo, mucho miedo. Y no podía asegurarte que las cosas fueran a salir bien. No podía asegurarte nada porque no conocía más certezas que la de que quería intentarlo. Quería intentar que funcionara. Quería despertarme a las cinco de la mañana de un día cualquiera y tenerte a mi lado. Y así los 365 días de un primer año al que podría haberle seguido un segundo. Quería no tener que imaginarte y poder dedicarme a intuirte cuando la habitación se quedase a oscuras. Joder. Tampoco quería tanto.
Y no pudiste. Ganaron la batalla los miedos y las inseguridades. Cobarde. No pudiste y no supiste entender que nadie te iba a querer nunca de la misma manera que yo te quería. No supiste entender que a veces hay que dejar a un lado el tonteo infantil y vivir de realidades. El problema es que yo a veces siento que mi realidad solo puede ser plenamente real si la vivo contigo. El problema es que debería quedarme callada. Que debería no pensar. No escribir. No escribir(te).


(-No tengo sueño. ¿Tienes sueño?
+Hasta hace un minuto dormía. La verdad que sí. Sí tengo sueño.
-Jo venga. Vamos a hacer algo. Vamos a ver una peli. Veamos Amelie. 
+Vaaaaaaaale, pesada. 
-¿Amelie es retrasada?
+Mira que eres idiota. No es retrasada.
-Me aburro, me aburro, me aburro. Creo que ya tengo sueño. ¿Tú no?)

Conversaciones como esa, a las cinco de la mañana de un día cualquiera... y que terminen con besos para que no importe lo que suene de fondo. 

12 de junio de 2012

Hipótesis.

Intentaba pensar qué era el amor. Se convertía en una especie de fábrica de hipótesis que jamás llegaban a parecerse a sombras de lo que pudiera llegar a ser una teoría establecida. Claro. El amor no debe de ser como las ciencias. En el amor eso del etiquetado no debía funcionar. Pero su faceta racional hacía que se hiciese una y otra vez la misma pregunta sin respuesta, esa pregunta que tanto le obsesionaba, esa pregunta que, por cabezonería o por simple necesidad siempre estaba en su cabeza. 
Lo cierto era que, cada día, llegaba a una respuesta diferente. Hoy creía que amor era cuando aparecía alguien que se convertía en imprescindible. Cuando sabía conjugarse en presente y en futuro. Cuando, al pensar en un mañana, quería que siguiese estando ahí. Amor era cuando no era reemplazable. Cuando no había otra sensación en el mundo con la que se pudiera comparar. Cuando conseguía cortar su respiración y dejar que algo parecido a la felicidad se escapase por los poros de su piel. Amor era, exactamente, eso. 
Pero el amor se acababa. Claro. El amor podía acabarse cuando las cosas cambiaban. Cuando empiezas a desconocer. Cuando todos los tiempos conjugados terminan siendo pretéritos imperfectos. Cuando te deja sin respiración porque te consumes en lágrimas. El amor termina cuando la sensación es comparable al dolor, a la dependencia o a la necesidad. Y después de eso, ¿qué quedaba? ¿Nada? ¿Simples recuerdos? ¿Más amor? ¿Otras personas? ¿Cuántas? ¿De cuántas personas te podías enamorar?.
 El amor debía ser como un sube y baja en equilibrio. El amor no existía casi nunca. 

No sabía muy bien qué estaba haciendo...

Estaba acostumbrada a cometer una y otra vez los mismos errores. 
A vivir la misma secuencia cambiando solamente los personajes principales. 
Acostumbrada a caminar sin saber a dónde iba, sin saber si realmente quería ir. 
Acostumbrada a actuar sin pensar o sin que existiera certeza alguna por el miedo infinito a perderse algo si se quedaba parada. Por el miedo a encontrar un sitio y no querer conocer más.
Por eso caminaba. O quizás era por otros motivos. 
No lo sabía muy bien. Nunca tenía la certeza absoluta de nada. 


(Sólo de que algo en su interior le repetía constantemente que estaba haciendo algo mal. Que estaba cometiendo algún tipo de error de esos que se cometen para siempre)

10 de junio de 2012

Me cansé de esperar...

Me cansé de esperar.
De esperar una dosis de impulsividad que se inyectara en tus venas, te llenase de ganas y te convirtiese en alguien capaz de sorprenderme con actos y no con palabras (a veces tan vacías).
Me cansé de guiarte cuando bailábamos vals. De mover tus fichas y las mías en partidas de ajedrez infinitas aún sin conocer las reglas del juego.
Me cansé de esperar, me cansé de esperarte. Me cansé de esperar cosas que nunca llegaban. Y aún así, aunque me cansé de esperar, aún te espero. En secreto. De forma inconsciente. Intentando fingir que realmente no lo hago. Que no te necesito, que nunca te he necesitado, que no era eso.




7 de junio de 2012

¿Cómo se sabe?

- ¿Cómo lo sabes?
- ¿Qué?
- Que nunca te enamorarías de mi.
- Porque enamorarse no existe.
- ¿Cómo?
- Lo que has oído. Enamorarse no existe. Existe la atracción, la posibilidad de compatibilidad. Y eso se sabe al instante, en cuanto observas a alguien durante un par de segundos e intercambias un par de palabras. En ese tiempo, sabes si existe opción de que algo pueda suceder. Y si la respuesta es afirmativa, arriesgas. Y entonces ya todo es cuestión del tiempo y de los sentimientos que provoquen tus decisiones. Lo que quiero decir es que enamorarse no existe porque esto es como viajar. Uno sabe donde quiere ir, pero no donde va a querer quedarse. Y si lo tienes todo claro en realidad solo estás pre-estableciendo un contrato y limitando tus posibilidades. Limitando tu vida. Limitando tus experiencias, tu corazón... nunca hagas eso.  Como si la sociedad implantase pocas barreras, no construyas más.

6 de junio de 2012

¿Quieres?

Tres segundos de excitación. De no oler nada que no sea tu cuerpo. De no probar nada que no sean tus labios. De no escuchar nada que no sea tu respiración agitada. De no tocar nada que esté situado por encima de tus caderas. Tres segundos de "no los voy a olvidar". Tu voz, tu forma de seducirme, tus juegos de palabras. Un susurro, un interrogante, siete letras.
- ¿Quieres?
- ¿Que si quiero, qué?
- Sólo contesta.
Sabes que no podría decirte que no. Sabes que quiero. Que quiero todo. Quiero que me ates a la cama, que entres dentro de mi, que hagas surcos de besos en cada centímetro de mi piel, que me toques hasta que mis lunares queden grabados en tus huellas dactilares. Quiero volverte a ver, quiero decirte que sí. Quiero aceptar cualquier proposición que puedas hacerme. Me fío. Sé que quieres lo mismo.


(y que también hueles a verano...)

Idealista.com (o como conocer la vida de una persona a través de su habitación)

Toda esta absurda reflexión comenzó cuando yo y otra de mis compañeras de piso confirmamos que el año que viene nos íbamos, por lo que nuestras habitaciones se quedarían libres. Creo que nunca lo he contado de manera explícita, pero comparto piso con otras tres chicas. El caso es que ahora corre a cargo de mis otras dos compañeras encontrar alguien que ocupe nuestro espacio (físico, en el corazón es otra cosa), por lo que se pusieron a anunciarlo a lo largo y ancho de la red y también de nuestro pueblo. Y el anuncio comenzó con una pregunta inocente:
Compañera-de-piso-friki (Ana Sanse, aquí su blog): ¿Puedo hacer fotos a vuestras habitaciones?
Yo: Sí, sí, claro. Ahora me voy, si las haces antes de que vuelva mejor, que así no me molestas luego.
Y después, llegué a casa, abrí facebook, envié el evento y entré en el anuncio de idealista (no sé muy bien por qué. Debía de estar muy aburrida aunque no era consciente de ello, o igual es que soy muy curiosa...). El caso es que, viendo las fotos de mi habitación, me di cuenta que en ese anuncio, en esas paredes, en esas fotografías, estaba mi vida a trocitos. Algún psicoanalista experto probablemente podría incluso adivinar mis más profundos sentimientos. Supongo que eso de que las paredes hablan es, en parte, verdad.

Para empezar, por cómo están colocadas las cosas. ¿Es alguien desordenado, ordenado? ¿Tiene las paredes vacías o las tiene llenas? ¿Duerme en una cama grande o en una cama pequeña? ¿Utiliza edredón o sólo tiene sábanas?
A simple vista, podéis observar mis sábanas de Hello Kitty. Lo que os llevará a ubicarme en la generación del 95. ¡Error!. Soy mayor aunque tenga sábanas de niña pequeña. Y os explicaría por qué tengo esas sábanas, pero, ¿para qué?. Bueno, sí. Durante una época de mi vida me gustó mucho Hello Kitty. Realmente, me seguiría gustando de no ser por el agobio que todo el mundo me creó al acordarse de mi cada vez que veían algo de la gatita japonesa. Así, mi whatssap y twitter se llenaron de mensajes del estilo de: "Ver papel higiénico de Hello kitty y acordarme de @cristinasintina". "Mira, me he acordado de ti (+foto de lechuga de Hello Kitty). Eso sumado a que en un año me regalaron un par de cojines, batido de fresa, galletas, sábanas ... de ella, han hecho que ya no me guste tanto. Saturación, imagino. Pero ahí están las sábanas. Y el cuadro de Audrey Hepburn. Y el jersey apoyado en el radiador, que indica que soy una persona friolera porque sigo poniéndomelo por las noches. Y la persiana a medio bajar, como a mi me gusta.

Después vino esa fotografía tan artística, en la que se puede ver el espejo, el mac y parte del escritorio. Cosas que me llevaré si no es el primero, el segundo día de mudanza. También se ve mi sujetador deportivo, ese que me acababa de quitar en el momento en que se realizó la fotografía y apoyé en la silla rosa del escritorio. Y una fotografía, y mi horario de gimnasio. Cosas muy interesantes para futuros compradores. Pero más o menos, ¿qué se puede deducir de esta fotografía?. Todo sigue siendo muy rosa. Tengo un mac, por lo que mi situación económica no es mala. Y además, dejo el sujetador encima de la silla cuando me lo quito.

También tenemos la fotografía cama+estanterías. Con la claqueta de cine, mi lomográfica (También rosa), los rotuladores, mi diario, mi cuaderno de escribir, mi agenda de tareas, mis libros, mis películas, el disco de love of lesbian y el Iphone. Y el capuchón (Que podría indicar ciertos toques cristianos pero en realidad es como tener a mi padre en pequeñito en la cabecera de la cama). Y mis muñecas. Y los recortes de revistas de moda. Pues ale. Ya sabéis que leo revistas de moda, y fotogramas, que escribo y hago dibujos absurdos con rotuladores de colores, que me gusta la fotografía y el cine, y libros diversos, que compro películas, que compro discos originales, que colecciono muñecas y que las paredes me gustan llenas.


Y ya para finalizar, el armario. En el armario en el que además de confirmar que me gusta Audrey Hepburn, podéis (y cualquiera que entre en idealista.com puede) apreciar cuatrocientas fotos de servidora y amigos, además de otro poster-collage (Que en realidad son cuatro) del que se puede deducir parte de mi gusto fílmico y musical, así como de mi forma de ser y/o pensar. Y faltan fotos. En la página web en cuestión hay más (y podrían haberse hecho más).

Después de esta amplia y absurda reflexión, he llegado a la conclusión de que la página esta me da un poco de miedo. Psicópatas del mundo, ahí tenéis vuestro futuro. Porque además de descubrir gustos, situación económica, intereses y de hacerse una idea de la vida de X persona, además de eso, Idealista.com os dice la dirección postal y cómo llegar. Incluso aparecen teléfonos móviles para concertar una cita y asegurarte de que individuas están en casa (aunque bueno, esas habitaciones permanecen ocultas, porque ya tienen inquilinas en su interior). No me gusta. Llamadme mal pensada o quizás tenga una imaginación desbordante. Sé que es necesario, pero me da mal rollo. Ahora tengo ganas de irme de aquí y tendré pesadillas hasta que abandone mi pequeña habitación. Si desaparezco, echadle la culpa a idealista.com. Denunciadles. Hacer que cierren la página web.

Como PD. si por casualidad, o sin casualidad, alguien llega aquí y le interesa alquilar una habitación por la zona sur de Madrid (o dos), tenéis mi e-mail por ahí arriba a la derecha y os puedo facilitar más datos. Mis compañeras de piso estarán encantadas de acoger gente nueva, básicamente, porque sino se verían en una situación complicada. 275 Euros al mes (225+50 de gastos). Y así es como yo utilizo mi querido blog para anunciar el alquiler de un piso.

PD2. Como dato aleatorio, no me gusta el rosa. Aunque tenga sábanas rosas, silla rosa, cámara rosa. Yo siempre era el power ranger amarillo. De aquí podéis deducir que soy completamente incoherente y contradictoria. ¿Qué clase de persona tendría una habitación completamente rosa si no le gusta el rosa? Pues yo. De todo tiene que haber en este mundo.



3 de junio de 2012

Dolía tanto.

Dolía tanto que no quería escribirlo. Dolía tanto que no quería escribirlo para no pensarlo, pero no lo podía evitar. Dolía tanto que no sabía describirlo. No tenía ni idea de cómo llamar a esa puta sensación. Lo único que sabía era que no le gustaba. Si hubiera tenido que explicar a alguien qué sentía, cómo o por qué dolía, hubiese confesado que llevaba una hora llorando, que se estaba ahogando, que no sabía qué hacer, que quería saber, que deseaba poder, pero era incapaz. Impotencia. Nunca estaba a la altura, nunca lo estaría, lo había asumido pero seguía queriendo, seguía deseando. No podía ser tan difícil. Quería poder hacer felices a las personas que le importaban. Quería tener esa fórmula mágica, conocer los secretos. Quería aunque fuera no dejar sombras de tristeza y decepción. Pero querer no servía de nada. A esa conclusión había llegado tiempo atrás. Querer era un verbo absurdo, ridículo. Al final en la vida todo se resumía en las acciones. Y ella siempre terminaba siendo hermética, vacía, transparente, invisible...


(Y en el subsuelo sólo quería ahogarse con la tierra, no sentir y que nadie sintiera)