30 de agosto de 2011

Bu.

Yo siempre he tenido miedo a casi todo. Incluso a las cosas más absurdas. Miedo a atragantarme comiendo un caramelo, a caerme saltando a la comba. Miedo a los espíritus. Al monstruo de debajo de la cama. Miedo a los espejos. Miedo a mi misma. Miedo al miedo. Aunque la verdad, no sé porque se le da tanta importancia a ese sentimiento. Si pienso fríamente, me doy cuenta de que el miedo no ha hecho que no comiese caramelos, que no saltase a la comba, que no durmiese, que no me mirara por las mañanas en el cuarto de baño... no sé.
También tenía miedo a enamorarme. Demasiado miedo. Y mucho más, a que alguien se enamorase de mí. ¿Por qué? Podría dar muchas respuestas coherentes a esa pregunta. Porque tal vez un día yo deje de sentir, y tenga que destrozar a alguien importante destrozándome a mi misma. O puede que, por el contrario, dejen de quererme y me destruya yo, destrozando también o sin destrozar. O aún peor. Puede que un día me levante por la mañana y descubra que estoy enamorada de alguien que no existe. Que ese alguien deje de ser como es, pero yo no pueda echarle porque le quiero. Miedo a que el amor controle mis acciones, mis pensamientos, miedo a que se adueñe de mi vida. Y por mucho que eso me asuste, llegaste tú y no tuve elección.
No es miedo, es pánico. Pánico a todo lo anterior. Pero ahí estas, aquí estoy. Te quiero. Me quieres. Nos queremos. "Se quieren", que diría alguien ajeno. Sí. Necesito conjugar el verbo en todas las personas. Asimilar esto que me pasa por dentro. Ya que no hay vuelta atrás, habrá que aceptarlo.
Era más fácil cuando esto no pasaba. Porque si me destruía, me destruía solo a mí misma. Porque solo yo tenía ese poder de hacerme sufrir. No te necesitaba, no me necesitabas. Pensar en singular siempre es más fácil. Pero, ¿mejor?. Es una pregunta que quizás no pueda contestar jamás. Y la respuesta es menos importante aún que el miedo.
Volvemos a la perspectiva analítica. Te quiero, me quieres, nos queremos. Así basta. Y para bien o para mal, podemos hacernos daño. Pero también podemos hacer que el dolor duela menos. Besarte las heridas aunque escuezan, para que desaparezcan, mientras tú matas monstruos por mí. Así de simple. Así de ñoño. Así, sin más.

29 de agosto de 2011

Incapacidad.

"Si quieres, puedes" decían. Y a mi me gustaba creerlo. Me gustaba creer que era capaz de todo, que bastaba con desear algo con mucha intensidad para que se hiciera realidad. El universo conspiraría para que lo lograse. Sin embargo, es una afirmación absurda. Querer no significa poder. Sino, no habrían inventado dos verbos distintos. Diríamos solo quiero, o puedo. Así que no nos engañemos.
Tú crees que no quiero. ¿Cómo no voy a querer? No es agradable sentir que mueres por dentro. No es agradable esa sensación que primero es como un puñetazo, pero después empieza a arder, y se expande por todo tu interior. Tampoco es fácil. Para nada. No es fácil arrastrar algo que por momentos es capaz de destruirte, de dejarte sin aliento, sin fuerza, sin ganas. Lo que pasa es que cuando te das cuenta no tienes otra opción. Estás atrapado.
Una vez, caminaba por el campo. De repente ví una mariposa. Era hermosa, con grandes alas azules y negras. Se apoyó en una rama para descansar, y un niño la atrapo con una red, la tomó con sus dedos y la metió en una pequeña caja de cartón, con unos agujeros. Ví como aleteaba. Quería escapar. Pero el niño se mantenía firme, agarrándola. Podéis pensar que el rostro de una mariposa es diminuto e inexpresivo, pero yo siempre he sido muy observadora. En sus ojos veía claramente que quería volver a volar de flor en flor. Ahora era demasiado tarde. Fue una decisión. La decisión de posarse justo sobre ese tronco, en ese momento. Esa decisión la había hecho prisionera. Había más troncos y más segundos para descansar pero ella había elegido justo ese y ya no había marcha atrás. Dentro de esa caja, seguía viva. De vez en cuando era feliz. El niño la trasladó a un recipiente más grande. La alimentaba, la contemplaba... Sin embargo, siempre había momentos en que ella añoraba la libertad de poder volar, sin ser prisionera en aquel cuartel. Probablemente, algún día el niño la libere. Quizás cuando terminen sus vacaciones y tenga que regresar a la ciudad. Sin embargo hay dos cosas que la pequeña mariposa jamás podrá recuperar: el tiempo perdido y la valentía de volar pensando que nunca nadie podrá atraparla. Ahora sus alas son más débiles, sus colores brillan menos, ha perdido parte de su agilidad. Y lo que es peor, cada vez que se pose en un tronco, tendrá ese miedo a que alguna red se lance sobre ella.
Así soy yo, como esa mariposa. Tengo miedo. Quiero echar a volar, y de vez en cuando escapo pero siempre pienso, ¿Cuándo me volverán a atrapar? ¿Llegará un momento en que sea prisionera eternamente?

28 de agosto de 2011

Debilidad.

De repente, la ciudad empieza a desaparecer a mi alrededor, se vuelve oscura. Se me están cerrando los ojos, o quizás nublando la vista, o a lo mejor se trata de una mezcla de las dos cosas, no lo sé. Comienzan a temblarme las piernas, necesito sentarme. No controlo mis brazos y no siento mi cuerpo. No lo entiendo. Me cuesta mantenerme en píe. Descanso, vuelvo a casa, bebo un zumo de naranja, poco a poco, y me acuerdo de ti. Me tumbo en el suelo y cierro los ojos esperando que cuando los abra de nuevo, la debilidad haya desaparecido. Uno de esos episodios que aparecían esporádicamente, esta vez más intenso tal vez. Pero... ¿por qué ahora? ¿por qué hoy?

27 de agosto de 2011

Un mundo ideal.


Venga, vamos a imaginar un universo paralelo. Un universo perfecto en el que cada mañana me despierte a tu lado, con esa dulce fragancia a coco característica de los momentos en que estamos juntos. Que mientras abro los ojos, sienta el roce de tu boca. Y caricias en mi espalda. Desayunar besos de amor seguidos de un zumo de naranja con grumos, de esos hechos con cariño. Que tenerte sea algo exclusivo, pero ilimitado. Que no tenga que hacer la cuenta atrás de los días que quedan para vernos constantemente.
En este mundo inventado, existirá el miedo, por supuesto. ¿Quienes seríamos sin él? Tienen que existir monstruos para que los mates por mí, para que yo los mate por ti. Tiene que existir esa debilidad, para que pueda hacerme fuerte cuando tú lo necesites. Sé que probablemente, el agua me siga encharcando, pero tengo que ser capaz de beberme el oceano entero si tú te ahogas en él.
Tiene que seguir existiendo esa magia que hace que todo sea especial. Quiero que sigas riendote de mí para que pueda llamarte idiota 24 horas al día.
Entre mis planes también está el hecho de escribir un libro. No sé si autobiográfico o no. Pero no una simple microhistoria. Algo de eso con lo que siempre he soñado, algo que sea capaz de cambiar la mente de quién lo lea, algo que produzca un cosquilleo en su estómago y un terremoto en su cabeza. Algo que sea capaz de provocar en alguien lo que Coelho provocó en mí.
Por supuesto, quiero hablar contigo por msn de vez en cuando. Aunque estés en la habitación de al lado. Quizás mientras tú ves Anatomia de Grey en el salón, y yo alguna película japonesa en nuestro cuarto.
Me encantaría que cuando salga de casa me dirija a un estudio de grabación donde dirija una película que yo misma haya escrito. No me importa que tenga unas cifras de taquilla elevadas, ni que se hable de ella. Solo quiero estar feliz del resultado, sentir que sale de mí, y que alguien sonría cuando termine, incluso si la película es triste.
Quiero que tú y yo nos tomemos un bátido, tú de chocolate y yo de fresa, con mucha nata. Que después nos besemos hasta que esos dos sabores se mezclen, y que nada importe.
Y sobre todo quiero creer que este mundo que acabo de crear pueda realmente llegar a existir. Quiero tener esperanza.

25 de agosto de 2011

"No puedes, No puedes, No puedes"

Tú no lo entiendes. Yo solo quería dormir. No me importaba no verla, siquiera en sueños. Pero... entonces tuve esa pesadilla que perfectamente podía ser real. Y me entró miedo, mucho mucho miedo. Pensé que por lo menos, los días en que incluso se apoderaba de mis ratos de desconexión mental habían quedado atrás. Pero no. Ahí estaba yo, otra vez como hace seis meses. Y me sentí débil. Puede parecerte una tontería pero... pero yo me fío mucho de los sueños, de nuestro subconsciente. Soñar con ello otra vez ha hecho que sienta que no he dado siquiera un paso. Y ahora mismo, una vocecita en mi cabeza repite "No puedes, no puedes, no puedes, no puedes". Tiene razón. No puedo acabar con la parte destructiva de mí.

24 de agosto de 2011

Prometeme...

-Solo te pido una cosa.
-¿Una cosa? ¿Qué cosa?
-Que no te enamores de mí.
-Vale.- Contestó él. Ella miró sus dedos: no los había cruzado. Era una promesa de verdad. Lo que no sabía es que él ya se había enamorado...

No quiero ser débil.



No me gusta ser débil. Lo sabes. Me gusta mantener el control. Poder decidir cuando la gente sale y entra de mi vida. No depender de nada ni de nadie, que bastante tengo ya con depender de mi misma. No pensar en nadie más de dos veces al día. Ya sabes. Siempre me ha parecido absurdo el amor. Frágil. Siempre me ha asustado despertarme al lado de alguien cada mañana. Llegar a acostumbrarme a eso y que un día me sorprenda habiendo dejado de sentir, o descubriendo que no sé quién es la persona que duerme a mi lado. Lo de ir de la mano es... puf. Dejar de ser dos para convertirse en uno. Y podría seguir hablando, pero me conoces demasiado bien como para saber que has roto todos mis esquemas.
Yo no creía poder enamorarme. Y mucho menos, que pudiera ser de ti. Pero lo descolocaste todo. No sé que tienes. Probablemente sea esa dulzura que te caracteriza, o tu capacidad para mirarme y entenderme. El hecho de que siempre consigas sorprenderme. Y que de alguna manera, aunque me has convertido en alguien débil, aunque si soplas puedes hacer que me derrumbe, sé que no lo harás. No sé porque, pero lo sé. Y te quiero. Y quiero no tener que soñar, quiero acostarme a tu lado cada noche, quiero despertarme en tus brazos cada mañana. Quiero morir abrazada a tí, no me importa que el aire desaparezca entre nuestros cuerpos. Quiero cosas que no sé describir con palabras. Quiero estar contigo. Y aunque yo siempre he sido de las que preferían un ., que se mantuviesen pegados, pero con su independencia, contigo no me importaría llegar al ;

23 de agosto de 2011

¿Qué hubiera pasado si Veronika no hubiese decidido morir?

Si Veronika no hubiese decidido morir, ¿Cuántas vidas habrían sido diferentes? Es sorprendente cómo un libro es capaz de cambiar el curso de una historia. Quizás por eso de vez en cuando tengo sueños, fantasías en las que soy capaz de utilizar las palabras como esa fuente de magia capaz de construir, o de destruir para empezar por los cimientos. Si Veronika no hubiese tomado las pastillas, no se habría dado cuenta de lo maravillosa que podría ser la vida. Habría seguido ahí, con su rutina, sintiendose mediocre, impotente por no poder cambiar un mundo que no le gustaba. Pero no. Tuvo que intentar matarse, tuvo que sentir que perdía la vida para aprender a valorarla, a valorarse, para aprender a amar, para encontrar a alguien que no la necesitase.
A veces me torturo a mi misma. Me encantaría que algunas cosas que pasaron nunca hubiesen pasado. Pienso que mi vida habría sido mucho mejor. Mucho mejor si aquella noche me hubiera quedado en mi casa. Mucho mejor si hubiera esquivado un par de espejos, o si hubiera confiado más. Mucho mejor si nunca me hubiese dado por probar los caminos fáciles. Mucho mejor si no me hubiera equivocado cuatrocientasmil veces. Mucho mejor si nunca te hubiese destruido. Si jamás le hubiese llegado a querer. Si hubiera dejado la terrible impulsividad a un lado. Condicionales. Odio los condicionales. Esos "y si" que se me pasan por la cabeza y que siempre van acompañados de la incertidumbre. Indescifrables. Ya ves. Pero no puedo torturarme. No más. Necesito no dejar de pensar, sino pensar en positivo. Claro, con racionalidad. Pero una racionalidad con el vaso medio lleno, una racionalidad... más racional. Me cuesta expresarme cuando se trata de sentimientos. La ambigüedad puede ser un motivo.
Si Veronika no hubiera decidido morir, las cosas habrían sido diferentes. Tal vez yo necesité caerme para levantarme. Necesité hundirme para conocerte. Y creeme, que me hundiría mil veces con tal de no perderme cada momento a tu lado. Necesité que me hicieran daño para crecer. Para conocer. Para desconfiar, porque me guste o no la desconfianza va ligada a mi persona. Necesité conocerte para aprender a querer y necesité destrozarte para aceptar los errores, perder el orgullo, reafirmarme en lo mucho que te quiero, darme cuenta de lo muchísimo que me querías, aprender a ser valiente y saber que podíamos superar cualquier obstáculo juntas. Necesité tomar caminos faciles para darme cuenta de que no llevan a ningún sitio, para luchar con cada una de mis zonas erróneas. Necesitamos equivocarnos. Siempre. Somos humanos, es nuestra naturaleza. Tropezar cien veces con la misma piedra. Doscientas. Quinientas. Pero saber que algún día conseguiremos esquivarlas. En definitiva: que necesitamos perdernos para que nos encuentren, para encontrarnos, o para perdernos en compañía.


(Si alguien que me lea no sabe a que me refiero con lo de Veronika, Veronika decide morir- Paulo Coelho; no tiene desperdicio, más información en el apartado "Libros")

22 de agosto de 2011

Tormenta.

Era de noche. Había una fuerte tormenta. Y tenía miedo. Perdida en la soledad de una casa demasiado grande, o quizás soy yo la que es demasiado pequeña. Un rayo, y después otro. Hace mucho tiempo, veía Hospital Central y un hombre moría así, chamuscado en una de esas tormentas fuertes de verano. Desde entonces, me dan pánico. No tenía ganas de dormir. No había sido el mejor día de mi vida. Me sentía... rara. En mi cuerpo había una mezcla de miedo, dolor, nostalgia, rabia... y de repente, escuché un ruido en la cocina. Fuí allí, asustada, dispuesta a cerrar la puerta que lleva a la galería y que siempre chirría al ser golpeada por el viento. Y entonces, estabas ahí. Lo habíamos deseado con tanta fuerza que se había hecho realidad. Lo de hacer "Chas" y aparecer a mi lado. No hizo falta saludar, no hizo falta nada más. Te abracé y no sé cuanto tiempo pasé ahí, perdida en tus brazos. Duró un suspiro pero se hizo casi de día. Después, te lleve a mi cama. Podría decir que hicimos el amor salvajemente, pero lo cierto es que contigo es algo diferente. Dificil de explicar. Lo cierto es que me tocaste con suavidad mientras te besaba el cuello. Que después acaricié cada rincón de tu piel mientras me susurrabas "bababababububus" al oído. Y que no parabamos de hablar con mis ojos color miel reflejados en tus ojos oscuros. De repente, pararon los rayos. Y me encontré sola, en el borde de la cama, abrazando una sábana vacía. No estabas ahí. Te habías ido. Puede que todo fuese un producto de mi imaginación, pero la tormenta ya había terminado y ni siquiera me había dado cuenta.

21 de agosto de 2011

.

Entra en el baño. Se mira en el espejo. A continuación, lo ve ahí. Se arrodilla. Es facil. Lo ha hecho muchas veces. Se recoge el pelo. Se aparta el flequillo con una diadema. Bebe un vaso de agua mientras coge el cepillo de dientes. Lo introduce en su boca. La primera vez, duele. La segunda ya no siente nada. Repite ese movimiento que ya se sabe de memoria. Al principio, nota un sabor ácido. Repugnante. Se siente bien. Sigue. Duele, quema. Pero... siente placer. Mucho placer. Tira de la cadena y entonces, se da cuenta de que está llorando. Ahora ya está vacía. Vacía de comida, vacía de sentimientos. Vacía de lágrimas. Vacía de todo. Y siente miedo, mucho miedo. Muchísimo miedo. A caer. A ser débil. A destruirse. Ya no queda nada de placer. Ahora solo hay tristeza, flaqueza, fragilidad. Sentimientos que detesta. Quiere borrarlo y no puede. Quiere creer que puede pero ya se ha vuelto incrédula. Se derrumba. Hay algo que no ha conseguido expulsar. Lo fundamental. Sus fantasmas, sus zonas erróneas siguen ahí. Dispuestas a hacer daño. Y por mucho que se meta la mano o el brazo entero, por mucho que sea incapaz de distinguir si la sangre sale de sus nudillos o de su garganta, todo eso no se va. Crece. Crece tanto que consigue ocultar todo lo que la hace grande.
Y sí. Hay veces que una decisión cambia sin remedio el curso de las cosas. Tal vez ni siquiera seas consciente de lo que has elegido. Empiezas y ya no puedes parar.

Adios.

Adios. Me voy. Adios. Aquí queda un pedacito de mí. Esa parte que no creció. La niña que, cuando tiene miedo después de ver una película de terror, va a refugiarse en la cama de sus padres. Adios. Aquí quedan las inseguridades, todas las partes débiles. Adios. Lo echaré de menos. Todo. Pero una es fuerte. Independiente. Una jamás tiene ganas de volver atrás. Una nunca cambiaría ninguna de las decisiones que ha tomado en el pasado. Puede que sea mentira. O puede que no. Ya están las palabras "nostalgia" y "echar de menos" dando por el culo. Pero el tiempo ha pasado demasiado rápido. Joder. Y yo me he ahogado aquí demasiado. Es cierto. Pero también me he acostumbrado a lo bueno con la misma velocidad. Sí, lo sé. Puede parecer contradictorio. Lo es. Que por un lado, esta habitación es el mejor lugar del mundo, y por otro es capaz de despertar todas mis pesadillas dormidas.

20 de agosto de 2011

Amar y Odiar.

Amar y odiar al mismo tiempo. Amar ese hechizo que tienes capaz de hacer que mis pies se despeguen del asfalto y que esa racionalidad que me caracteriza abandone mi cuerpo. Esa habilidad para ilusionarme, para hacerme sonreír. Esa seguridad que me proporcionas. Amarte a tí. A mi cuando estoy contigo. A la sarta de cursilerias que soy capaz de pensar. A esa yo que desconozco. Odiar. Odiar la debilidad que me transmites. Ya sabes. Sentir para lo bueno y lo malo. Sentir dolor y sentir rabia. Impotencia de no tenerte. Miedo a perderte. A que te pierdas. A perderme. A que nos perdamos. A que algún día tu tren cambie la velocidad o quizás el mío. O alguno de los dos se quede demasiado tiempo parado en la misma estación. El suficiente para que se descordinen. Para que no vuelvan a coincidir. Odiar vivir haciendo cuentas atrás.
Recordar. Amar los recuerdos felices. Odiarlos por la nostalgia.
Sentirme extraña cuando quiero más y más de tí. A mi que nunca me importo nada ni nadie. Que jamás consiga hartarme y dejarte atrás. Yo que me canso incluso de dar de comer a los peces de la pecera. Amar todo lo que creo que podemos llegar a ser. Odiar el hecho de que quizás nunca lo consigamos.
Pero bueno. Que más que ame y odie. Siempre me han ido las cosas contradictorias. Y desde hace tiempo, ya no hay vuelta atrás. Ya no puedo decidir. He perdido el norte, el sur, el este, el oeste. Es completamente irrelevante qué es lo correcto o cómo deben ser las cosas. Me he vuelto loca. Loca del todo. Por tí. O por todo. No lo sé.
Eso sí, ahora tienes una obligación. Ya que me has vuelto un ser tremendamente frágil, te toca protegerme. No abandonarme. Cuidarme. Quererme. Siempre. Y... lo siento mucho. Siento que no quieras hacerlo. Habertelo pensado antes de devolverme a la vida. Ahora no me la puedes quitar.

19 de agosto de 2011

No sé.

No sé por donde empezar. No sé como plasmarlo. Llevo días intentando evitarlo. Me "autocensuro". Digo "no, de esto no puedes escribir". O lo que es lo mismo "no, en esto no debes pensar". Pero sí, debo hacerlo.
Puedo intentar desprender fuerza por cada uno de mis poros. Sigo siendo débil.
Puedo pensar que poco a poco las cosas se consiguen. La realidad es que todo va demasiado despacio.
Puedo repetirme a mi misma que algún día lo conseguiré. Lo cierto es que tengo pánico de caer.
Puedo, puedo, puedo... puedo hacer muchas cosas. Pero haga lo que haga, hoy es uno de esos días en que siento que no puedo. En que pienso "Vale, muy bien. Esta tarde has conseguido evitarlo. Frenar tus impulsos irracionales. Hacer lo correcto. Hoy has ganado. Pero quizás mañana pierdas. Y sino pasado. Alguno de estos días. Pronto". Porque en cada encrucijada hay una desviación que te lleva al camino fácil. Al principio, eras ágil. Tenías energía. Ahora ya no. La tentación de mandarlo todo a la mierda crece. Cada día más.

Envidia.

Leo tus palabras. Leo lo que escribes. Y pienso que eres una niña idiota. Más pava de lo que yo he sido nunca (y vaya si lo he sido). Normal. Tienes una adolescencia normal. Y... una parte de mí, se alegra. Se alegra de que no te haya ocurrido nada. Me habría odiado a mi misma si hubiese sucedido lo que pensaba que podía suceder. Me habría odiado por no impedirlo, por no advertirte, por no protegerte, yo que sé. De pequeñas, siempre presumías de mi. Ahora.... ahora a veces temo que no me recuerdes. Pero cuando te veo bien, feliz... no puedo evitar sentir una profunda envidia. ¿Por qué yo sí? ¿Por que tú no? ¿Qué tenía yo, qué me hacía especial? ¿Que era lo que me convertía en alguien cuya vida era facil de joder? Yo también quería ilusionarme. Quería creer en el amor para siempre, en las princesas. Quería pensar que no existía el dolor. Quería un mundo rosa, aunque ese mundo se desvaneciera al cumplir la mayoría de edad. Pero es que yo nunca he tenido ese mundo. A mi siempre me ha dado miedo todo. Incluso mirarme en el espejo.

18 de agosto de 2011

Y ahora estoy aquí.

Me ahogo. Me cuesta respirar. Las paredes de mi casa se vuelven más y más pequeñas. Y tú no estás. ¿Sabes cuanto tiempo llevaba soñando contigo? ¿Imaginandote aquí, a mi lado, en esta cama? Claro que tenía miedo. Miedo a... muchos miedos, ya sabes. Pero tú ibas a iluminar todo esto. Y las cosas no han salido como esperabamos. A veces parece que el mundo conspira contra esto. No hemos hecho nada, ¿Verdad? O por lo menos, yo no me he enterado. Sé que no es tu culpa. Y eso me mata. Odio sentir porque no solo tú tienes la capacidad de destruirme, sino cosas totalmente ajenas a esto. Prefiero ser de piedra. Venga, ahora te toca ponerte bien. Recuperarte rápido. Y después.... después quiero que me pisotees. Que me hagas daño. Que me olvides. Que te conviertas en un recuerdo. No quiero ser débil, no quiero. Hazme fuerte. Fría. Dura.

15 de agosto de 2011

Hay tantas cosas que me gustaría evitar...

Odiarme. Quererte. Enfadarme cuando los planes se tuercen. La rabia. Ir contra el mundo. Necesitar aire y espacio. Buscar respuestas a preguntas que no conozco. Arrepentirme. Desear poder volver atrás en el tiempo. Comprarme ropa. No ser consciente del paso de los minutos cuando estoy en una piscina. Transportarme a otro mundo mirando al mar. Sentir que nunca estoy a la altura. Echar de menos. La nostalgia. Y la distancia. Y podría seguir. Hay tantas cosas que me gustaría cambiar...

12 de agosto de 2011

Llega la última estación.

Leo "Contigo veo las estrellas" y me transportó cinco o seis años atrás, a cierta playa que todo el mundo conoce pero que para mi está llena de connotaciones. Y tu recuerdo se hace más fuerte, más vivo. Te odio. Y te odio porque todo es demasiado perfecto, porque te quiero con locura. Porque generas en mi ese maldito (putoasquerosoodiosohorriblejodido) sentimiento de no estar a la altura. Sí, consigues que todo sea... indescriptible. Que ni las palabras sean capaces de expresarlo. Y yo siento que estoy a años luz de todo eso. Necesito una dosis en vena de tí, de mí. De ese tú y yo que solo puedo definir como mágico. Y después de unos días ajena al mundo, de pensar mucho, de pensar demasiado, concluyo: te he echado de menos en todo momento. Tanto que no me pienso despegar de tí en los miseros siete días que nos esperan. No voy a dejarte respirar. Que lo sepas. Y de repente me inunda la tristeza. Los siete días pasarán, volveremos a no saber cuándo, ni dónde. Volveremos a esperar... esperar, esperar y esperar. Y me entra miedo. ¿Y si alguna vez es la última vez?

4 de agosto de 2011

Viaje,

Intentaba cerrar la maleta y hacer un repaso mental de las cosas que llevaba. Comencé a escuchar el sonido de tu respiración: justo ahí, detrás mio. De repente tus manos rodearon mi cintura, tus besos se hicieron dueños de mi cuello. Cerré los ojos. Ya no podía pensar ni en el equipaje ni en el viaje. Por un momento, quise soñar que venías conmigo. Hacía ya unos cuantos años que, consciente e inconscientemente, cada paraíso que pisaba quería recorrerlo contigo. Pronto caí en la cuenta de que mi imaginación me estaba jugando una mala pasada: ni tú estabas ahí besandome, ni mucho menos ibas a venir. Las cosas eran demasiado complicadas. Sin embargo, pensé que pronto podría volver a hartarme de tí. Cerré la maleta y sonreí.

(Ausente hasta el 13-14 de Agosto)

Nuestro lugar.

Tenía una misión secreta. Algo que cumplir en su viaje. Tenía que encontrar el lugar más bonito del mundo y dejar allí una pequeña pulsera de hilo. Esa pulsera no tenía valor a los ojos de los demás, pero sin embargo a ella le parecía preciosa, casi mágica. Tenía que esconderla en un rincón y volver a buscarla después, pero con ella. Convertirían aquel rincón en su rincón. Pero, ¿y si dejaba la pulsera en un sitio y después encontraba otro mejor? No, era imposible. No podría ser igual de bueno si no estaba allí la pulsera.

3 de agosto de 2011

Desconexión.

-Tengo miedo.
-Miedo, ¿de qué?
-Mira, ¿Quieres que te cuente un secreto? Yo antes tenía pánico a los monstruos que vivían debajo de la cama. El problema es que, poco a poco empezaron a instalarse en mi interior. Ahora me doy miedo a mí misma. A esa parte de mí que nace cuando estoy sola... que hace que no sea dueña de mis actos. Lucho porque no consiga derrotarme, lucho por callarla. Pero no siempre lo consigo.
-Toma.
-¿Qué es esto?
-Es una libreta para que apuntes todas las cosas buenas que se vayan cruzando en tu camino. Cuando esa parte se haga fuerte, sumergete en sus páginas y acuerdate de mí. Es todo lo que puedo darte, no es gran cosa. Pero bueno... también ahí va adjunto el deseo de que seas feliz.
-Sé que quieres que lo sea. Y yo también lo quiero. Pero... no es facil. Nada facil. No puedes ni imaginar lo dificil que es.
-Lo sé. Pero también sé que eres fuerte, y sé que puedes con todo.

2 de agosto de 2011

Extranjera.

La princesa salió a la calle. Tenía la sensación de haber estado antes en aquel mismo lugar. Pero entonces le había parecido mucho más bonito, menos gris, menos... angustioso. De repente, se encontró a un grupo de gente que hablaba. Tenía también recuerdos de ellos, sí. Pero... pero... en su memoria, era capaz de entenderles. Ahora era como si... como si... no. No hablaban su idioma. ¿Qué estaba sucediendo? Ella estaba segura de que todo eso lo había vivido. Que sí. Que había estado allí, con ellos, riendo. Feliz. Sin embargo ahora todo era diferente. Ahora era una extranjera perdida, en un lugar también perdido.

1 de agosto de 2011

Monstruos por todas partes.

Y aquí estoy. Tendida en el suelo de una habitación, muriendome de frío y recordandote. Otra más para la lista de absurdeces que me llevan contigo. El olor a coco, las estrellas, los corazones, la playa, el viento, las patatas fritas de mi abuela, el zumo de naranja cuando tiene grumos... Tengo miedo. No puedes imaginar cuanto. Demasiado miedo a no estar a la altura. Y nunca se va. Crece entre estas cuatro paredes en ese preciso instante en que empieza a llover por dentro y por fuera, en que el frío ocupa todos los huecos vacíos y no me deja estar sola. Camino por el pasillo. Y me detengo justo ahí, a la derecha. Recuerdos. Recuerdos que no quiero recordar. Cosas que me gustaría olvidar. Poder hacer como si nunca hubieran existido, como si jamás hubiese habido una primera vez. Sin embargo no estoy lo suficientemente loca como para conseguirlo. O quizás mi imaginación es limitada. En algún lugar tenía que haberse quedado mi realismo, ya sabes. Perdí parte de mi racionalidad innata cuando me enamoré de tí. Pero en algún lugar de mi cerebro sigue estando ese chip que ve lo blanco blanco y lo negro negro. Las cosas son como son, no podemos cambiarlas. Los monstruos están por todas partes.