13 de noviembre de 2011

Vacío, soledad y unas gotitas de amargura.

Ante sus ojos una página en blanco y su mano apretando con fuerza un bolígrafo que no conseguía escribir ninguna palabra coherente. Siempre le había gustado escribir historias con finales felices y cuando ponía punto y final se imaginaba todo lo que venía después. Sin embargo ahora ya no estaba él. Ya nadie hacía que sus dedos temblasen, nadie era capaz de elevarla al cielo con solo respirar. Nadie era capaz de hacerla sentir y eso era lo que más miedo le daba: su indiferencia. No esperar nada, no soñar nada, no desear nada. Simplemente pasar las páginas del calendario, mojarse bajo la lluvia pero no abrir el paraguas, intentar resolver puzzles sabiendo que faltaban piezas, que algunas no encajaban . Muchas veces había odiado los sentimientos. El echar de menos o la rabia que provocaba en su cuerpo cada vez que se alejaban. Cuando sus labios eran incapaces de articular los “te quiero” de su corazón o cuando no podía hacer que él supiese lo importante que era. Odiaba a sus miedos cuando quería comerle los labios y terminaba dándole una bofetada. Odiaba la contradicción que le producía tumbarse en la cama a su lado, sabiendo que acabaría cediendo a los deseos de él cuando para ella no consistía tanto en disfrutar, sino en cumplir. Odiaba despertarse por la mañana y contemplarle intentando clasificar emociones difusas. Pero todo eso había quedado atrás. Ahora buscaba respuestas pero no conocía las preguntas. Indiferencia. Había traspasado la línea y estaba en ese lugar en el que nada importa. Ese lugar en el que podía cortarse la piel y morir desangrada sin enterarse. El paraíso de las sonrisas fingidas, de los abrazos fríos… su paraíso. Siempre había permanecido ahí. Hasta que había aparecido él, y había desatado huracanes, convirtiendo su tranquilidad en un caos absoluto, destruyendo su fortaleza y construyendo su debilidad, convirtiendo su independencia en la incapacidad de ser feliz sin su droga particular, sin sus besos, sin sus caricias, sin su compañía. Calentándola dentro de su frialdad. Y, ¿qué quedaba de todo eso? Nada. Recuerdos. Recuerdos que llegaban con el sonido de aquellas canciones que le hubiese gustado cantarle, de esas otras que habría deseado que le cantase o de las que hablaban de su historia. Recuerdos que se respiraban con el aire de olor a coco y vainilla. Recuerdos de fotografías oscuras perdidas en el disco duro de algún pc antiguo. Recuerdos de momentos perdidos, de instantes que no volverían a recuperarse. Recuerdos tan lejanos que ya costaba recordar. Recuerdos de momentos en los que había esperanza. Y la había perdido. Y, ¿qué queda cuándo se pierde la esperanza? Absolutamente nada. Vacío, soledad y unas gotitas de amargura.

2 comentarios:

  1. Creo que la esperanza es como la ilusión cuando se pierde ¡¡sálvese quien pueda!!
    mucho ánimo!
    un beso muy fuerte!

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  2. No creo que se haya ido del todo la esperanza, siempre queda un rastrito de ella, y aunque se pierda...Tarde o temprano volverá a aparecer, en cuanto alguien ayude a superar todos los recuerdos que permanecen en la mente y hagan verlos como algo bonito y feliz, no como algo doloroso :)

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