27 de noviembre de 2011

Piezas que empiezan a encajar.

No es lo mismo amar que querer. El amor mata. Es demasiado intenso para compartirlo. El amor nos hace ser incoherentes y una relación no puede llevar incoherencia sin que sea destructiva. Ahora lo entiendo. Cuando se vuelve necesidad, cuando amas tanto que dejas de ser el protagonista de tu vida, cuando atravesarías el planeta solo para hacerla feliz aunque te fueses descomponiendo por el camino, cuando quema y duele y no te importa, cuando te quemarías tú si hiciese falta. Pasión. Sentimientos que empiezas a desconocer y uno no puede compartir aquellas cosas que no sabe clasificar. Amor que lleva a locura. Amor que antes o después termina cansando. Amar es temporal.
Y entonces aparece el querer. El querer, de verdad. No un querer aleatorio, sino lo que es querer, y saber que puede durar eternamente. Un sentimiento que sí entiendes, preguntas que sí sabes responder. Algo que puedes dar, algo que recibes, algo que te hace sentir especial. La eternidad entre sus brazos. Las ganas de comerte su boca hasta dejarle sin aliento. El construir algo, y pensar, pero pensar lo justo, porque tampoco es necesario darle vueltas a la cosa. Ese querer que te hace feliz, el querer que te mantiene en un mundo semi-ideal. Te hace volar, pero te deja dentro de la atmósfera, te permite respirar. Y solo respirando puedes ser y hacer feliz. Está permitido perder el control, pero siempre y cuando seas capaz de volver a recuperarlo.

(Chicas que después de pasarse media eternidad odiando cierto texto del señor Coelho, empiezan a entenderlo...)

Texto

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