27 de noviembre de 2011

Invierno.

Nevaba. Y hacía mucho frío. Pero ella había decidido salir sin abrigo. Quería sentir algo. Necesitaba con todas sus fuerzas sentir algo, cualquier cosa. No soportaba más esa pasividad, no soportaba que la vida pasase ante sus ojos así como así, que nada le afectase, que el mundo le diese igual. No había nada más horrible que ser inmune al dolor, a los golpes, al sufrimiento. Y allí, entre la nieve, era como una persona muerta en vida. Caminaba, de haber habido alguien en la calle la habría tomado por loca. Tenía la piel de gallina y los ojos llorosos. De repente, se vio reflejada en el suelo. Y contempló como las lágrimas se deslizaban por sus mejillas, ahora pálidas, que en su día habían sido rosadas, preciosas, adictivas. Contempló también sus ojos, los que antaño hablaban por sí solos y ahora no decían nada. Vacíos, como ella. Y el rimmel negro, emborronando su rostro, emborronándola. ¿Que más daba? Ojalá lo hiciesen. Ojalá la cubriesen de polvo hasta desaparecer. Vivir no tenía sentido si era incapaz de emocionarse. Había encontrado la unidad capaz de medir su felicidad, y sabía que era imposible llegar a los números negativos, las únicas cifras que serían capaces de hacerla sonreír. Se quitó la camiseta y se tumbó en el suelo. Comenzó a temblar más aún. El blanco nuclear se convirtió en negro y después morado. Y mientras lloraba se proyectó en su cabeza la película de su vida, los momentos felices, los momentos en los que por aquella misma ladera se había tirado en trineo, las guerras de bolas de nieve, los muñecos que construía, sus botas de agua rosas, aquellas que tanto le gustaban. El abrigo azul que le habían regalado por su décimo cumpleaños, sus amigas, las fiestas, las piñatas, los pasteles. Su familia, esa que ya no existía. Él. Él y todas las promesas de futuro que jamás habían llegado a hacerse realidad. Todo se volvió oscuro y de fondo sonaba su canción favorita. Una luz iluminó la oscuridad reinante en su cabeza. ¿Se había muerto? ¿Estaba en el cielo? Abrió los ojos. No. Eso no era el infierno. Era una habitación de hospital. Por un momento, tuvo un sueño muy raro. Estaba él, ahí, él que la había encontrado y había corrido para salvarle la vida. Él que aún la quería. Él, que le había prometido amor eterno. Su príncipe azul. Pero no. Estaba sola.
-¿Quién me ha traído?
-Un hombre te encontró en la nieve. Ya se ha ido. ¿Qué hacías ahí tirada? No hemos encontrado drogas ni alcohol en tus venas.
-Estaba... estaba ... no lo sé. No me acuerdo qué estaba haciendo. ¿Nadie ha venido a por mi?
-No, nadie. Hemos revisado tus fichas. ¿Quieres que avisemos a alguien?
-A mis padres.
-Tus padres.... esto. Tus padres están muertos. Murieron hace dos meses. En un accidente de coche. ¿No lo recuerdas?.
Y recordó. Recordó por qué había caminando entre la nieve, buscando sentir la muerte como ellos la sintieron. Estaba allí porque la vida le había arrebatado todo. A su familia, en un accidente de coche. A sus amigos, que no habían sido capaces de acompañarla rumbo al infierno. Y a él, que no quería estar con una chica con problemas psicológicos, con una chica que tendría que derramar muchas lágrimas antes de poder dar amor. Estaba sola. Sola. Sola. Sola. Y sola no valía la pena ni siquiera estar triste.
-Quiero morir.- Dijo. Y lo dijo en voz alta. Sin que le temblase la voz ni el pensamiento. De verdad quería hacerlo, quería morir. No quería continuar con eso, siendo cada vez más infeliz. Aquella noche, en el hielo, la película que pasó por su cabeza había sido una película feliz. ¿Para qué continuar acumulando imágenes en blanco y negro? Consideraba que era mejor dejarlo ahí. Había tenido mucho. Podía darse por satisfecha.
La médico notó la sinceridad en cada una de sus palabras, leyó en su rostro ese deseo de pasar al otro mundo. Pero tampoco titubeó al contestarle:
-¿En serio? ¿En serio quieres morir? ¿Desperdiciar la oportunidad que tienes de seguir siendo feliz? ¿La oportunidad que tus padres no tuvieron? La vida no es justa. Nos da cosas y nos las quita. Nunca sabemos cuánto tiempo permanece el brillo de una estrella. De repente se apagan, por mucho que las necesitemos. Como una partida de pocker. Cada uno tiene unas cartas y a veces no son las mejores. Sin embargo, luchamos por conseguir la mejor combinación posible. - La frialdad de sus palabras, la rabia, se convirtió de repente en melancolía. - Tenía una hija de tu edad. Hace dos meses, el día anterior a la muerte de tus padres, dejó este mundo. Tenía leucemia. Llevaba luchando contra ella siete años. Y era la persona más fuerte que jamás he conocido. Y lo mejor que me había pasado. ¿Sabes lo mucho que ella hubiese querido formar una familia, tener hijos, conocer gente, salir de fiesta, estudiar una carrera? Soñaba con ser médico. Quería especializarse en oncología infantil o psiquiatría. Quería descubrir curas para su enfermedad, ayudar a los que la padecían. Quería mejorar el mundo y no pudo, porque el mundo decidió expulsarla de él. Decidió destruirla. Yo también me sentí tan vacía como tú, también pensé en tirarme al lago helado, en zambullirme, en atarme una piedra a los pies y quedarme allí para siempre. Pero no, no sería justo, para nada lo sería. Quizás te parezca una tontería. Pero una noche, decidí dormir sin taparme. También quería sentir algo. Y lo sentí, vaya si lo sentí. Soñé con ella. Apareció mientras dormía para decirme que en unos meses me encontraría a alguien a quién salvar. Que solo por eso merecía la pena que siguiera adelante. Que si yo me iba, no la encontraría, pues el cielo realmente no existe. Y que por mi culpa se echarían a perder muchas vidas. Quizás tú seas esa persona. Esa persona a la que tengo que salvar. Esa persona que mi hija creía que merecía la pena.
No pudo decir nada. Pero sintió, vaya si sintió. Quizás fuese ella o quizás no. Pero por primera vez en la vida se supo afortunada por vivir. Tener la muerte cerca te hace darte cuenta de lo que vale la vida. La vida que consideramos algo esencial, algo por lo que no debemos preocuparnos. No dejó de echar de menos. Nunca se deja de echar de menos. Pero consiguió que los recuerdos no la atormentasen. No se trataba de olvidar el pasado, sino de caminar hacia el futuro llevando consigo todo lo que había hecho que fuera lo que era.

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