13 de noviembre de 2011

Despedidas.

Decirte adiós siempre ha sido morir un poco por dentro. Olvidar una parte de mi a 800km de distancia. Saber que tendría que volver a contar las horas que faltaban para ser plenamente feliz. Pero esa era mi receta de felicidad: exactamente tú. Sin embargo yo creo que el dolor que nos producen las despedidas es ... amargo, pero delicioso. Como uno de esos zumos con grumos que escuecen en la garganta y no puedes dejar de tomar. Sin embargo, las despedidas que más joden son las que no duelen, aunque parezca contradictorio. Cuando al decir adiós ya no te tiemblan los párpados, cuando no tienes ganas de llorar, cuando te resulta indiferente. Esos son los adioses que de verdad son para siempre. Cuando no solo te alejas físicamente, sino emocionalmente. Cuando se rompe la conexión entre mentes, cuando desaparece la magia. Cuando traspasas la delgada línea que existe entre sentir rabia y no sentir absolutamente nada...

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada