2 de noviembre de 2011

Descontrol.

De repente se despierta. Tiene miedo. Miedo a volver a dormir y tener pesadillas. Miedo a despertarse y salir al mundo real. Todo, absolutamente todo, le asusta. Las personas vienen y van, por eso lleva toda su vida mentalizándose de que no puede depender de ellas. Pero al mismo tiempo, necesita de los demás para ser feliz. Necesita que estén ahí, que la quieran, que la respeten. Pero ella tiene miedo a casi todo. Miedo a no estar a la altura, miedo de sí misma, miedo de que llegue un momento en el que caiga y no sea capaz de levantarse. Es cierto que es negativa, por naturaleza. Entre la lista de rasgos que heredó de su madre no se encontraba el del optimismo. Ella jamás piensa que quizás llegue un día en que no vuelva a caer. Solo piensa en el "no levantarse".
El espejo está ahí. Se mira y se queda ahí parada durante unos instantes, sintiendo asco, rabia, asco, rabia, asco. Le dan ganas de pegarle un manotazo y romper la imagen en mil pedazos para que se fragmente como sus pensamientos y sentimientos, que cada trocito se esconda en un rincón de su habitación. Se destesta y detesta detestarse, pero no sabe cambiarlo. Puede hacer un esfuerzo durante unos segundos por ver a través de los ojos de los otros pero esos segundos siempre terminan pasando y vuelve a ser ella, esa persona que odia cada centímetro de su piel. Es fácil dar consejos, es fácil decir que no tiene motivos para querer autodestruirse a sí misma, es fácil pensar en cifras y cálculos matemáticos. La teoría es sencilla pero, ¿De qué sirve conocerla si no es capaz de hacerte feliz? Solo quiere desaparecer. No es cuestión de gustar a los demás, necesita gustarse a sí misma y es incapaz de hacerlo. Jamás suele escuchar a la gente. Es compleja. No puede evitarlo. Y entonces recuerda aquel día, siete años atrás en que apareció alguien que era capaz de hablar más alto entre las demás personas, alguien que cambió todo su mundo. Y recuerda aquella promesa que jamás fue capaz de cumplir. Recuerda cuando asumió que no podía prometer cosas que escapaban de su control. Control. Se había obsesionado tanto con el control que había terminado completamente descontrolada.

5 comentarios:

  1. Siento que éste es el peor momento del proceso que describes, porque si tú no te respetas, no conseguirás que los demás te respeten. Y si no lo hacen, no podrán llegar a quererte. No hace falta ser optimista para levantarse cada vez que uno se cae, las fuerzas se pueden sacar de otros mil sitios diferentes. Si ahora estás en el suelo, sin necesidad de buenas palabras vacías o cálculos matemáticos invariables y con toda la modestia que obliga el hecho de que ésto sean palabras en una pantalla a las que no pongo límites, yo te estoy tendiendo la mano para ayudar a levantarte. ¿La aceptas?

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  2. Peor momento o momento interminable. No se trata de optimismo, se trata en algo que creo que tú mismo me dijiste una vez. Hay que creer que se puede, si no crees tú, nadie cree. Yo claro que acepto manos, pero, ¿y si en vez de levantarme te caes conmigo?

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  3. Por eso lo que hay que conseguir es que tú te lo creas, no que yo (o cualquier otra persona) te lo diga. Y por eso, insisto e insistiré, te ofrezco la mano. ¿Que si me caigo contigo? Pues nos levantamos los dos. Si siempre estuviéramos de pie, no sabríamos valorar lo que importa levantarse, ¿no?

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  4. Hay más manos por aquí. Si él lo intenta y caeis juntos, yo tengo dos manos con las que levantaros. Porque he aprendido a vivir de esa forma, de pie por mucho que duela, sin mirarme a espejos que me enseñen cosas que no me gustan hasta que yo decida que estoy lo suficientemente animada para mirarme.

    Sé lo que es vivir ahí abajo... y no es placentero. Caigo constantemente (ahora mismo lo estoy aunque nadie lo sepa) pero no queda otra que levantarse. Rendirse es la opción fácil y a mi nunca me gustó lo fácil.

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  5. Cris, nuestra misión es avanzar... no volver atrás!! Así que más te vale ir quitandote las ganas de romper ningún espejo.

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