5 de octubre de 2011

El dolor del miedo.

De repente pierde el control. No sabe qué es lo que le produce ese malestar, esa sensación de opresión en el pecho que se desliza hasta su estómago. La vista se le nubla, desprende debilidad por cada poro de su piel. Autodestrucción. Lo sabe. Claro que lo sabe. Pero no puede evitar caer, por más que lo intenta. Suelo blanco. Rabia. Asco. Dolor. Sangre. Y esa sensación de placer escondido que tanto detesta. En ocasiones, disfruta del dolor. Odia el placer que le provoca la destrucción. Odia hacerse daño. Pero ahí está, humillada. Frágil. Sola. Y ya no hay vuelta atrás. Si pudiera pedir un deseo sería tener la capacidad de decir "hasta nunca". Pero no la tiene. Solo puede engañarse hasta la próxima vez. Tiene ganas de tirar la toalla, de aceptar de una vez por todas que no puede. Pero al mismo tiempo se niega a hacerlo. Una vez hizo una promesa a alguien, y algún día debería cumplirla. Algún día. Odia esa expresión casi tanto como los "quizás". Son ilusiones que sabe que son irreales. Dudas. Y más dudas.

3 comentarios:

  1. Dudas y más dudas, para acabar dándote cuenta que probablemente no lleven a ninguna parte.... así que mejor que se resuelvan pronto ;)

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  2. De dudas está hecho el mundo. Y el hombre, así como la mujer, claro.

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  3. Lo dicho. No son dudas de resolver. No se trata de un "París" o "Nueva York". Son ilusiones, sueños, promesas... que pueden no exisitir, existir en la irrealidad, esfumarse de repente. Nunca se sabe. Y nunca se sabrá. Por lo tanto, siempre habrá duda. (Sí. Sé que a veces solo yo me entiendo.)

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