1 de septiembre de 2011

Septiembre sabe a pasado.

Estación de Tren. Interior. Día.
Aparece una chica de baja estatura. Viste unos tejanos claros, ajustados, y una camiseta ancha, de color azul marino con rayas blancas, manga corta. En los pies, unas sandalias de cuero marrones bastante sencillas y un bolso del mismo color. El pelo negro, ojos color miel y un denso flequillo cubriendole la frente. A su lado, un hombre de estatura media-alta, camisa de cuadros, pelo oscuro y rizado que arrastra una maleta, rosa con lunares. No hablan. De repente, llega una mujer, también de pequeña estatura. Viste un vestido de flores, rostro redondo, piel almendrada, tacones altos. Se despiden. Aparentemente, la chica podría irse unos días fuera. No es una despedida demasiado emotiva, sino más bien un "hasta mañana".
Tren. Interior. Día.
La chica coloca su maleta en uno de los compartimentos, a la entrada del vagón número 9. Se sienta en la ventana. Abre su bolso, se pone su Ipod. El tren arranca y, al poco tiempo, llora. Vuelve a coger el bolso, extrae un pequeño cuaderno. Una libreta amarilla con un dibujo de Campanilla en la portada. Comienza a escribir...
"Aterrorizada. Así me encuentro en estos momentos. Voy camino de Madrid...."

Y sí. Ese podría ser el comienzo de una película. Un punto de inflexión en mi vida que ocurrió el pasado 1 de Septiembre. Al fin y al cabo, la vida no es tan diferente de lo que vemos en el cine. Simplemente es un guión inacabado, una escaleta de la cuál no se eliminan las escenas sobrantes, irrelevantes, que no aportan nada trascendental a la historia. Sea como sea, ese era un punto trascendental. Podría ser, también, el clímax de una de las partes de una saga. No lo sé.
Aterrorizada.
Sí. Como siempre. Hay cosas que no suelen cambiar. El miedo al miedo. Por ejemplo. Y otras muchas.
El tren arranca. La chica llora.
Cuando ya se ha ido. Cuando nadie puede ver. La gente de piedra no tiene sentimientos. No puede derretirse, ni siquiera con un abrazo cálido. La chica nunca echa de menos. ¿De qué sirve echar de menos? ¿Que más da que ellos sepan que les echará de menos? Fuerza. Fuerza. Fuerza. Pero no puede más. No es de piedra, por mucho que lo intente. Llora. Y llora porque en el fondo, le gustaría que, de igual modo que dejó de crecer en ese eterno 1,60 el tiempo y la edad se hubiesen detenido también ahí, en aquel momento sencillo de clases, exámenes, fiestas, casa, familia... familia. ¿Cuánto tendría que retroceder para recuperar eso? Joder. Demasiado.
Culpa.
Sabe que ellos están tristes. Sabe que, inevitablemente, deja un vacío en la casa que nadie puede llenar. Se siente culpable. ¿Hay algún momento en que esa sensación desaparezca de su interior? No. Ve culpa en los labios de su madre, en la mirada perdida de su padre. En todas partes. Ella consiguió que las cosas fuesen como fueron, no hay más. Sacó a la luz lo que debería estar enterrado. Decidió compartir problemas que ella misma podía solucionar. No fue justa. Debería haberse ocupado de sus cosas. Sola.
Sola.
Sí. Quiere estar sola. Porque sola, todo lo que haga le afecta solo a ella. Sola puede destruir y construir. Encerrarse y llorar. Sola puede equivocarse sin que nadie se entere. Sola, por lo menos, no hace daño. Sola, tampoco ve el dolor. En el fondo, cree que estando sola también puede encontrar en si misma la fuerza que necesita.
Fuerza.
Sí. Es fuerte. E independiente. Y consigue todo lo que se propone. ¿Por qué no? Tiene esperanza...
Esperanza.

De acertar esta vez. De no equivocarse. Esperanza de que las cosas salgan bien. De cambiar el mundo o por lo menos, su mundo. De encontrar motivación en cada una de sus decisiones.
Esperanza...

Y un año después, las cosas han cambiado. La chica sigue siendo baja, no ha crecido. Diminuta en un mundo muy grande. Sigue teniendo miedo, claro. Como siempre. Pero no tanto. Ya no está aterroriza. Solamente asustada. Tiene las cosas más claras. Le gusta lo que hace. Ha sido capaz de sacar sus cuernos al sol. Se conoce mejor a sí misma. Sigue odiando cada centímetro de su piel, pero intenta evitar ese sentimiento. Porque sabe que es destructivo. Y no quiere morir. No quiere autodestruirse. Porque no está sola. Porque quiere. Porque la quieren. No solo por ella. Por los demás. Los demás. Ella. Ella. Los demás. Le cuesta tantísimo distinguirlo. Pero bueno, sea como sea está ahí, y tiene ganas de seguir caminando, de seguir creciendo, de seguir consiguiendo fuerza... ganas de creer en sí misma. Y cree que puede conseguirlo.

2 comentarios:

  1. Pues me parece que esa chica tiene mucha fuerza realmente. Realmente hace cosas que yo no puedo ni quiero hacer todavía. Quizás en algún momento del futuro puede que acabe siendo como ella, fuerte. No lo sé.
    Besos

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  2. Y "los demás" tenemos ganas de que sigas caminando, hacia delante y con fuerza. Te quiero, cariño

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