2 de septiembre de 2011

Azul Oscuro. Casi Negro.

Sí. Sé que ese es el título de una película. Una película que me gusta bastante, por cierto. Que me empezó a gustar desde el momento que leí el título, y no me decepcionó después. Aunque es un título que dice tantas cosas... Azul oscuro, casi negro. No es negro, es azul oscuro. ¿Sabes? Yo no creo que pueda haber nada negro. Negro solo es la muerte. La muerte que tanta curiosidad me da. Y eso de morir, ¿Cómo es? Muchas veces me lo he preguntado. Muchos días, así como hoy, días azules oscuro, he pensado "¿Por qué no pasar al negro? Total. Puede que sea algún tipo de desequilibrada mental. Que tenga algún problema en la cabeza, o quizás solo sea una enorme nebulosa que en ocasiones se cuela entre mis ideas alocadas y no me deja pensar con claridad. En realidad, no importa. Sea como sea, lo cierto es que más de una vez he pensado que la única forma de acabar con mis problemas, es morir. Y he pensado en el modo de llevar a cabo esa muerte. Tener ese tipo de pensamientos supone que algo no va bien, lo sé. Siendo "Veronika decide morir" mi libro favorito y habiendomelo leído las veces suficientes como para sabermelo de memoria, desde la primera a la última página, ya he mantenido junto a la protagonista esa reflexión sobre cuál es el mejor método para suicidarse. Ella eligió las pastillas. Una muerte lenta, femenina y poco dolorosa. Tu cuerpo no queda demacrado, tus familiares sufren menos que si te encuentran aplastada en el suelo. Pero no me convence. ¿Y si, mientras esperas, te arrepientes? Ya no podrías volver atrás. Y es triste que lo último que hagas en tu vida sea arrepentirte. Sin embargo, tiene cosas positivas: puedes morirte escuchando un violín, escribiendo el texto más nostálgico que jamás saldrá de tus dedos, o quizás una carta de amor. Diciendo lo que no dirías si no supieras que vas a morir. Aún así, descartado. No tengo paciencia para esas cosas. Después está lo de saltar por la ventana. Pero para eso uno tiene que ser valiente. Muy valiente. No me digas que no. Además, vivo en un segundo piso. En otros tiempos viví en un séptimo. Pero ahora no, en un segundo. Quizás lo máximo que conseguiría sería romperme una pierna y un par de costillas, y dejar a la familia rota de dolor. Cortarse las venas fijo que es más complicado de lo que parece. Además, me da tanta grima la sangre. Y mientras pasan por mi cabeza todas estas absurdeces me doy cuenta de que en el fondo prefiero vivir con problemas que morir. Porque lo que más miedo me da en el mundo es eso, la muerte. Bueno, vale. El morir vivo también. Pero hay tantas cosas, tantas razones que pueden atar a uno a la tierra. Y aunque en un primer momento solo vienen a mi cabeza cosas del tipo de "Ellos sufrirían. Se preguntarían qué han hecho mal, cuándo y cómo fallaron. Me echarían de menos." Tal vez no son las razones más grandes, sí las más obvias. Pero al fin y al cabo yo pienso que todo se supera. Terminarían aceptando que mi hueco iba a estar ahí, la vida continuaría, admitirían que no fue culpa de nadie más que de mí misma, que siempre había habido algo erróneo, una pieza que no encajaba. Pero no. Los motivos más importantes nacen dentro de mí misma. Si muero, no podré sentir la arena bajo mis pies nunca más, ni el agua congelada rozando mis gemelos. Si muero, no podré volver a sonreír con tu risa. Jamás aprenderé a tocar la guitarra, ni escribiré un libro, ni reflexionaré sobre cualquier absurdez que me encuentre por la calle. No veré los colores, no veré nada. No comprobaré todo lo que podíamos haber llegado a ser tú y yo, ni sentiré tu piel sobre mi piel. No se me pondrá la piel de gallina con la brisa fría. Me perderé los catálogos de nueva colección de todos los años futuros, y quizás haya alguna que otra prenda interesante. Habrá mucha música que no llegaré a conocer. Habré vivido sin todas las casualidades que me esperan por delante. Por eso vivir vale la pena. Que algo o alguien, no sé qué o quién, decide cuando se acaba todo, si es que se acaba. No lo decides tú mismo, estamos diseñados así. Y sí, es cruel. La vida a veces, lo es. La muerte más. La muerte y la vida no dejan de ser una misma cosa. No existirían una sin la otra. Como el "on" y el "off" de un aparato electrónico. Tiene que ser triste ser un aparato de esos. Un microondas, por ejemplo. Y que tu dueño se vaya de vacaciones y te deje apagado durante quince días, y que ni siquiera te diga cuando va a volver. O si va a volver. O que quizás vuelva, pero se pase a la comida fría. No saber nunca si van a volver a utilizarte. Ai. Pensamientos grises de un día de color azul oscuro, casi negro. Pero incluso en los días azules oscuro casi negro, siempre, todos, siempre tenemos no uno sino cientos de motivos para sonreír. -Y es que siempre hay algo en medio. -En medio, ¿de qué? -De lo que quiero.

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