20 de agosto de 2011

Amar y Odiar.

Amar y odiar al mismo tiempo. Amar ese hechizo que tienes capaz de hacer que mis pies se despeguen del asfalto y que esa racionalidad que me caracteriza abandone mi cuerpo. Esa habilidad para ilusionarme, para hacerme sonreír. Esa seguridad que me proporcionas. Amarte a tí. A mi cuando estoy contigo. A la sarta de cursilerias que soy capaz de pensar. A esa yo que desconozco. Odiar. Odiar la debilidad que me transmites. Ya sabes. Sentir para lo bueno y lo malo. Sentir dolor y sentir rabia. Impotencia de no tenerte. Miedo a perderte. A que te pierdas. A perderme. A que nos perdamos. A que algún día tu tren cambie la velocidad o quizás el mío. O alguno de los dos se quede demasiado tiempo parado en la misma estación. El suficiente para que se descordinen. Para que no vuelvan a coincidir. Odiar vivir haciendo cuentas atrás.
Recordar. Amar los recuerdos felices. Odiarlos por la nostalgia.
Sentirme extraña cuando quiero más y más de tí. A mi que nunca me importo nada ni nadie. Que jamás consiga hartarme y dejarte atrás. Yo que me canso incluso de dar de comer a los peces de la pecera. Amar todo lo que creo que podemos llegar a ser. Odiar el hecho de que quizás nunca lo consigamos.
Pero bueno. Que más que ame y odie. Siempre me han ido las cosas contradictorias. Y desde hace tiempo, ya no hay vuelta atrás. Ya no puedo decidir. He perdido el norte, el sur, el este, el oeste. Es completamente irrelevante qué es lo correcto o cómo deben ser las cosas. Me he vuelto loca. Loca del todo. Por tí. O por todo. No lo sé.
Eso sí, ahora tienes una obligación. Ya que me has vuelto un ser tremendamente frágil, te toca protegerme. No abandonarme. Cuidarme. Quererme. Siempre. Y... lo siento mucho. Siento que no quieras hacerlo. Habertelo pensado antes de devolverme a la vida. Ahora no me la puedes quitar.

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