21 de julio de 2011

Va de princesas.

La princesa tenía todo lo que podia desear. Toda la familia Real parecía adorarla. Tenía dinero, joyas, un palacio y apuestos príncipes que peleaban por poner en su dedo un anillo de compromiso. Sin embargo, no era feliz. Cuando veía un viejo espejo de cobre que colgaba de su habitación, una sensación rara invadía su cuerpo. No reconocía a la persona que veía. No sabía quién era. Se miraba constantemente y así, terminó odiando cada centímetro de su cuerpo. Poco a poco, su vida se fue desvaneciendo. Su familia no le hacía demasiado caso. En realidad, no parecían preocuparse de mucho más que de que sus sonrisas perfectas saliesen en las revistas y que todo el mundo les quisiera. La princesa estaba cada vez más y más triste, no soportaba aquel espejo ni aquellas noches solitarias, no tenía ganas de ver a los príncipes. No entendía porque querían pasar su vida con ella, si ni siquiera la conocían: no conocían sus sueños, ni sus miedos; no sabían lo que anhelaba, lo que buscaba, lo que había perdido, lo que sentía. ¿Cómo podían predecir que serían felices juntos?.
Un día la princesa decidió que ya no quería dormir más en su habitación. Bajó a las mazmorras de palacio y se encerró allí, en una celda. Pasaron los días y nadie se percató de la ausencia de la príncesa. Una noche, lloraba entre lágrimas: no tenía nada, ni siquiera fuerza ni esperanza. Y entonces, conoció a una chica que estaba presa en aquella mazmorra.
-¿Por qué lloras, princesa? ¿Por qué estás aquí?
-No lo sé. No tengo un sitio mejor en el que estar, y nadie en palacio me echa de menos...
La princesa comenzó a hablar con aquella chica que había sido encarcelada por robar un trozo de pan. Poco a poco, la mazmorra gris y oscura se fue llenando de colores. La princesa recuperó las ganas de salir. Con tiempo, consiguió regresar a su habitación. Consiguió mirarse en el espejo y verse ahí a sí misma. Consiguió todo.
Y la chica encarcelada, seguía en las mazmorras. La príncesa iba a verla todas las mañanas y tenía la esperanza de que, algún día, cuando fuera liberada, pudiesen vivir juntas y felices.

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