3 de julio de 2011

Parte 4.

Todo había sucedido muy deprisa. La bestia que había dibujado dos días atrás en una de las hojas de su cuaderno se había colado en su interior. Ahora estaban ahí, en el hall de una casa vacía y vieja un poco apartada de todas las demás. En el hall de una casa que había llegado a darle miedo. Cuando cruzaban el umbral de la puerta, las personas de su familia cambiaban. Su madre se volvía débil y cobarde, su padre agresivo y valiente. Elia, frágil como la porcelana. Y él... él... él ya no sabía quien era. Tenía las manos completamente manchadas. A su lado, un cuchillo. Delante, el cuerpo de un hombre al que algún día quiso muerto. En la otra punta de la habitación estaba ella, llorando. Las lágrimas hacían un viaje por las distintas magulladuras y arañazos de su cara. No tenía fuerzas para emitir sonido alguno. Corrió hacia su marido. Le tocó, le miró y lloró. Lloró mucho. Leo estaba temblando. ¿Qué había hecho? ¿Qué se suponía que debía hacer ahora? Técnicamente era un asesino. Había matado a un hombre que estaba ahí, en el suelo. Él no había llegado a eso. Él repartía golpes y heridas pero jamás había matado. ¿Quién era peor? ¿Eran iguales? Leo corrió al piso de arriba. Entró en su habitación. Rápidamente, revolvió el cajón de su mesita. Cogió un bloc entre sus manos. "Cuaderno de Leonardo, 1995". Siempre le había gustado dibujar. Lo abrió. Era un bloc lleno de colores. El primer dibujo, era él, su padre, el mismo hombre que ahora estaba teñido de rojo. Solo que por aquel entonces, era amarillo,verde, rosa y azul. Cuando él le preguntó porque le había pintado así, Leo contestó que era como un marciano porque era demasiado perfecto como para ser un ser humano, y por eso los colores. Después habían reído juntos y esa risa había inspirado el siguiente dibujo, que consistía en estrellas y corazones que volaban por el cielo. Era abstracto pero en su cabeza aquel momento había transcurrido justo así. En el tercero también estaba ella. Mucho más joven, mucho más guapa, espléndida. Feliz, le miraba sonriente mientras él miraba al horizonte. Y es que su padre solía perderse en sus pensamientos. De repente no pudo más. Esas imagenes le hacían daño, mucho daño. Ahora casi todo era negro azabache y rojo sangre. Su vida se había ido tiñendo de esos dos colores. Rojo, por los golpes y las palizas. Negro porque no pensaba que pudiera existir un futuro mejor. Lloró. Lloró con tal fuerza que quizás él le oyera desde el más allá. ¿Le perdonarían allí por todo? Él no le había perdonado. Ni siquiera matandole. Su muerte había sido rápida e indolora: él había conseguido destruir los últimos años de la vida de tres personas. Entonces supo que debía huir. Cogió la mochila más grande del armario, metió todos los cuadernos que pudo, sus colores y lápices, su telefono móvil y huyó. Salió por la ventana, a través de un arbol. Se limpió la sangre y corrió rumbo a no sabía donde. Cuando se dió cuenta se encontró allí, en la estación de tren. Miró la lista de próximos destinos. Cogió dinero y decidió sacarse un billete a Barcelona.

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