10 de julio de 2011

No sentir nada. O sentirlo todo.

Cuando no sientes nada puedes arrancarte la piel a pedazos, cortar tus brazos, arañar tu garganta con tus dedos, vomitar palabras y sentimientos, dejarte consumir, encerrarte, golpearte, dejar que te golpeen, aceptar la humillación. Puedes hacer cualquier cosa. Tu estado de indiferencia bloqueará la reacción natural de tu cuerpo. Hagas lo que hagas, será equivalente a estar durmiendo despierto y sin sueños. Cuando no sientes nada, nada importa. Y de repente ocurre algo que hace que seas capaz de sentir todo ese dolor. Hace que duela. Y al mismo tiempo nacen las ganas de arrancar ese dolor, de vomitarlo igual que antes vomitabas palabras y sentimientos pero de una forma más sana. Hace que intentes luchar contra los problemas. Te ata a la tierra. Te hace grande. Es ese hecho que provoca un giro en la historia. Pasar del nudo al desenlace. Empiezas a vivir. Por eso a veces pienso que resucité el día en que comencé a soñar contigo.

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