13 de julio de 2011

No sé lo que quiero. Pero sé que te quiero a tí.

-¿Y tú, qué quieres ser de mayor?
-Yo solo quiero cambiar el mundo.
-¿Cambiar el mundo? ¿Vas a dedicarte a la política? ¿Descubrir alguna cura para una gran enfermedad?
-Que va. Odio la corrupción, me cuesta demasiado mentir y la sangre me da bastante asco. Solo quiero... hacer pensar a la gente, repartir gafas con puntos de vista diversos, construir un modo de transmisión de felicidad a través de sonrisas gratuitas por las calles de ciudades solitarias. No sé. Podría decirte que tengo grandes aspiraciones. Suena bastante bien. Todos esos padres orgullosos de sus hijos, grandes médicos, abogados, arquitectos... pero en realidad, yo me conformaría con conseguir cambiar la vida de alguien, cambiarla a mejor.

Hace años que tengo claro eso. En realidad, no hay muchas más cosas que tenga claras. He asumido que no puedo pensar en mañana. Aún así, sigo haciendo planes que sé que jamás cumpliré. Prometiendome que esta será la última vez y sabiendo que es una promesa inútil. Me gustaría tener cierta estabilidad. Viajar en tren, por lo menos, y no en una montaña rusa. Ir pasito a pasito y no a saltos. Pero cuesta tanto. Intento encontrar cuál es la pieza que no encaja en mí. Dónde está lo erroneo, lo enfermo. Lo busco. Pero no lo veo. No sé. Soy como un globo de helio. Si no me sujetan fuerte soy incapaz de anclarme a la tierra. Vuelo, y vuelo, y me alejo. Y estás tú, ahí, en alguna parte del mundo. Me sujetas. Consigues que me quede dentro de la atmósfera terrestre, que ya es mucho. Pero sigo estando ahí. Demasiado lejos de la tierra. Y si algún día me sueltas, estaré dispuesta a perderme para siempre. Eso sí. Creo que ya he cambiado algo. Por lo menos, te he cambiado a tí.

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