9 de julio de 2011

Historias que acaban sin tener un final.

No me gustan ese tipo de historias que acaban sin tener un final. Un día nuestros cuerpos se encontraban pegados, al siguiente estabamos tan lejos que ni siquiera puedo sentirte. Sigo dandole vueltas a todo lo que fuimos y a lo que pudimos ser. Puede que no lo fueras todo, pero fuiste importante. Echo de menos sentir aquello que sentía: el entenderte, el escucharte, el caminar sin hacer nada y haciéndolo todo, las tardes en que no era necesario más que tu compañía, las noches en tu colchón kilómetrico acurrucados en un rincón, el despertarme por la mañana y empezar a molestarte, la luz que entraba por la ventana de tu bohardilla, los baños infinitos, los masajes en la espalda. Tus gilipolleces, tus típicas bromas de apagar la luz, tu risa de idiota, tu forma de escribir de manera que no se entienda absolutamente nada, sin utilizar h's o poniendolas de más, sin puntos ni coma y sin ciertas palabras sin sentido. Echo de menos a esa persona que se quedó atrapada en un tiempo pasado. Y es que nosotros terminamos para siempre, murió el sentimiento. Pero no tuvimos final. Puede que para tí acabase antes que para mí, o quizás fue al revés. Puede que para tí empezase antes, o no. La verdad es que me pierdo. Cambias tanto de tiempo verbal que me es imposible establecer ese tipo de datos. Lo que sé es que no caminamos al lado. Cuando tú corres yo me quedo parada, y si yo corro y te alcanzo tú das marcha atrás. Y de repente, murió la pasión, murió la amistad, dejé de conocer a la persona a cuyo lado me despertaba ciertas mañanas. Ahora todo lo que puedo hacer es tocar tu cuerpo, pero no eres tú.

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