30 de julio de 2011

Caos.

Una habitación. Oscuridad. Sin embargo, te sientes más o menos a gusto. En realidad eres incapaz de sentir, no sientes nada. De repente entra alguien. Enciende la luz. Entonces comienzas a observar todo lo que hay a tu alrededor. Montañas y montañas de objetos que no poseen valor, ni siquiera función. Y entre ellos, a base de revolver, vas encontrando un peluche que te recuerda a tu infancia. Aparece un corazón por todos aquellos besos que nacieron en tus labios. Un coche de latón por cada viaje rumbo a lo desconocido. Una zanahoria por ese conejo que tenías cuando eras niña. Sí, son recuerdos condimentados con emociones, con sentimientos. Todo es un absoluto caos. Tan caótico que sabes que hay más cosas importantes escondidas en esa gran montaña de trastos inservibles que no te dejan ver. Sabes que tardarás mucho tiempo en encontrar aquello que buscas dentro de ese desorden. Pero por lo menos, la luz se ha encendido. Ella la ha encendido. Y ahora sabes que no puedes quedarte sentada. Que para encontrar hay que buscar.

1 comentario:

  1. Te quiero incluso caótica. Que puede que todo este desordenado pero yo te ayudaré a buscar.

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