30 de junio de 2011

A través de la memoria.

Es curioso caminar por una ciudad donde cada rincón es un recuerdo. No hay bancos que sean simples bancos. Está el banco de Ana, nombre cuya explicación es cuanto menos absurda. Está el otro en el que nos sentabamos para despedirnos cada tarde de verano antes de ir a casa. Están esos otros de los primeros besos, y aquel de allá en el que me senté contigo un agosto hace ya unos cuantos años. Ocurre lo mismo con las esquinas: aquí es dónde quedabamos antes de ir a tomar algo y esa de allí, donde nos escondíamos cuando queríamos hacer cosas malas. También pasa con las calles: la que subía para ir a clase, en la que me perdía, en la que me encontraba. Mire donde mire vienen a mi cabeza imagenes: algunas felices, otras no, pero imagenes al fin y al cabo.
Y me gustaría decir que cuando cierro los ojos me invade la calma y recordando soy capaz de alcanzar el clímax de la felicidad pero lo cierto es que no es así. En realidad, en cada paso me doy cuenta de que Avilés es un recuerdo y venir aquí es como viajar a través de mi pensamiento. Forma parte del pasado. Y todo lo que me importa lo extraería con pinzas y me lo llevo allá donde esté.

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