24 de junio de 2011

Querido X.
Podría decirte que todo va bien. Podría. Lo cierto es que sé mentir. Sé mentir porque no me estás viendo la cara y al fin y al cabo, puedo controlar los sónidos que emite mi garganta. Además he aprendido que eso de "que me parta un rayo si no es verdad" no funciona: he arriesgado mi vida comprobandolo y afirmo que los rayos no llegan. A veces me entran tentaciones muy fuertes de engañarte. Frecuentemente disfrazo la verdad para que no parezca tan terrible. En realidad lo hago porque, ¿de qué sirve que sepas que estoy sufriendo? ¿Serviría de algo que supieras que muero por dentro? No aliviaría mi dolor. Compartirías mi sufrimiento, lo sé. Sé que eres empático. Y yo también lo soy así que, sufriría también por tí. Por eso no merece la pena. Lo que pasa es que ... que esto está llegando a un punto que ya ni siquiera controlo mi voz. Fingir se me antoja cada vez más imposible. No me encuentro. Estoy perdida. Necesito que vengas a buscarme, que alguien venga.
¿Sabes? Siempre te digo que puedo sola. Que puedo con todo. Es mi naturaleza. Fortaleza. Y me gusta ,me gusta conseguir las cosas por mí misma. Me gusta arreglar mis errores. Me gusta creerme capaz, sentir esa fuerza en mi interior. Que aunque mida poco más de metro y medio, pueda vencer a Goliat. Lo que sucede es que en determinados momentos, me hago chiquitita por momentos. A veces pienso que la fuerza es cuestión de fe. Cuando me siento débil, va desapareciendo. Entro en una especie de bucle. Me creo incapaz, alimento esa creencia y cada vez me voy hundiendo más. Paso de ese cielo que cree para mí al más profundo de los infiernos. Y ni siquiera intento salir: me dejo arder. Simplemente porque estoy completamente segura de que por mucho que busque no encontraré. Ahora mismo estoy en una de esas rachas. Y pienso "solo son eso, rachas. Terminarán. Concentrate. Esfuerzate. Lucha. ¡Joder! Lucha". Pero, ¿merece la pena? Si como decía Shakira en sus mejores épocas, cuando era "loca, ciega y sordomuda" en vez de "loca con su tigre" aunque me levante volveré a caer. Y aquí meto parte de esa teoría automotivadora que me he ido creando, y me respondo inmediantamente que también LODVG decía que caer está permitido pero levantarse es una obligación, que una batalla perdida de antemano es aquella en la que ni te esfuerzas en luchar. Que la vida es eso: caer y levantarse y volver a caer y volver a levantarse. Pero me empiezo a dar cuenta que cada caída duele más: mis rodillas se están debilitando. Antes solo eran rasguños. Ahora son fracturas. Mis huesos se están volviendo de cristal. Me duele el cuerpo, me duele el alma.
Intento buscar algo positivo a todo esto. Una razón, un motivo por lo que valga la pena. No lo encuentro. ¿Qué he aprendido? Bueno, sí. Algo he aprendido. Me he hecho más analítica: uno empieza analizando las etiquetas y después, analiza hasta el color de las nubes. Es cierto que tengo una gran variedad de conocimientos inútiles, o útiles si sabes cómo utilizarlos, pero lo que está claro es que yo no sé. Podría decir que he aprendido la lección pero a ese punto, aún no he llegado. Sé la teoría y no sé llevarla a la práctica, por lo que es casi más absurdo que no saber nada. He aprendido que no me gusta pero sigo degustandolo. Puedo concluir en que he aprendido que soy absurda y que no sé entenderme. Pero lo cierto es que poco a poco, lo hago. Me entiendo. Sea como sea, todo esto que me pasa es una parte de lo que soy. Algo que me forma y con lo que convivo. ¿Cómo sería si...? ¿Divagaría tanto? ¿Sería tan reflexiva? Que más da. No voy a poder comprobarlo. Encontrar lo negativo de la historia me resulta mucho más sencillo. Cada decisión que he tomado se ha visto condicionada por lo que me decía que hiciera el fantasma escondido en el fondo de mi corazón. Ese fantasma que alimenta el miedo y la soledad. Lo peor es que yo no sé vivir sin él: me he acostumbrado a su presencia. Lo necesito. Y lloro. Como si llorar sirviese de algo. No puedo, no puedo, no puedo. El fantasma se apodera de repente de todo mi cuerpo. Normalmente consigo que se calle. ¿Y si algún día no lo hago? ¿Y si algún día es tan fuerte que no me deja hablar, y si hace que salte por la ventana sin pensar en nada más, sin acordarme del amor y todas las cosas bonitas? Porque tengo que decirte, querido X, que el amor y las cosas bonitas es lo único que me mantiene con vida. Yo no sabía valorar todas esas cosas y entonces apareció alguien que le dió un sentido a todo. Desde entonces, pensar en los demás y no en mí misma es lo que me hace seguir adelante. Qué ridículo. Pero cuando uno no se quiere, tiene que apoyarse en algo. Podría haberme dejado caer en las manos de un ser divino: preferí pensar en todo lo bueno del mundo porque es tangible, porque es real. Bueno, mejor cambio eso de "el mundo" por "mi mundo". La verdad que quizás sea una emigrante del tiempo, pero eso de la globalización aún no termino de entenderlo muy bien. Claro que me importa saber lo que está ocurriendo a 4939930202020 millones de kilómetros, pero, ¿si no puedo controlar mis acciones, cómo voy a cambiar eso? ¿De qué sirve saber que no me gusta si no puedo hacer nada? Y con este pensamiento no quiero decir que vaya hacer como Veronika la que decide morir, porque no. No creo que sea motivo de suicidio no poder controlar las acciones sociales. Tendré que esforzarme en controlar las mías. De esas si tengo que ser la dueña. A lo que iba es que yo me muevo por aquello que forma mi mundo. Mi mundo, para empezar, son ellos. Ellos porque me lo han enseñado todo. Ellos porque sé que siempre me permitirán ser una niña, por mucho tiempo que pase y por muy mayor que me haga. Ellos porque son tan grandes que siempre seré demasiado pequeña. Joder. Y eso me mata a la vez que me hace feliz. ¿Cómo se puede querer tanto? A veces ni yo misma me lo explico. Me cuesta explicar todo lo que me hacen sentir. Y pensar que hubo un momento en que no lo supe valorar. Son todo y nada a la vez, tanto que las palabras no alcanzan. Ellos perdonaron cada fallo. Ellos sufren por mí. Ellos no entienden ni la mitad de pensamientos que rondan mi cabeza, pero darían lo que fuera por lograrlo. Ellos necesitan que sea feliz. Y yo tengo que serlo. Joder, sí. Tengo que serlo porque ellos tienen que sentirse orgullosos de mí. Tengo que recompensarlos. Llegando a ser todo lo que puedo llegar a ser. Haciendo que merezca la pena esa confianza ciega que depositan en mí. Cierro los ojos y recuerdo los momentos a su lado. Cuando aprendía a caminar, cuando me hacía pis en la consulta del médico, cuando comprabamos galletas de chocolate, cuando veíamos las películas de los sábados, cuando me preguntaban la lección de conocimiento del medio, cuando les engañaba, cuando me alejaba, cuando tenía prisas por crecer, cuando tenía miedo y lo dieron todo por mí, cuando él, él que merece una opinión a parte, ÉL que para mí es más que un Dios, es MI Dios, solo mío, cuando leí en sus ojos que mataría, que iría contra sus creencias por mí: cuando supe que yo era lo más importante, cuando me sentí importante de ese modo. X, no sé si habrás sentido algo así alguna vez en tu vida, pero te diré que ... es muy grande, casi indescriptible. Cuando ví esa mirada, ví el amor. Se hizo tangible a través de sus ojos. Convergían el odio y el amor. En ese momento aprendí que el amor, nace del odio. Opuestos que se complementan. Le odiaba porque me amaba. Algún día aspiro a ser la mitad de buena de lo que él es. Y a parte de ellos, mi mundo es ella, mi pequeño corazoncito. Ella que no me venía impuesta, ella que no comparte mi sangre pero eligió inyectarsela. Ella con la que me une esa conexión tan fuerte, tan espAcial. Muchas veces cuando todo se derrumba pienso en todos los momentos a su lado. Pienso que aún nos queda mucho por compartir y eso me da fuerzas. Pienso que podemos evolucionar juntas. Pienso que algún día, podré entregarme por completo. Cuando me conoció yo ya era un ser absolutamente imperfecto. Quiero que pueda conocer mi perfección. Ella es corazón, pero también es estrella cuando mi brillo se apaga: también me indica el camino. Ella es mi fuerza, es mi voz, mis ojos, mi... mi todo. No sé. Me ha enseñado tantas cosas que no podría enumerarlas. Me cambió. Me enseñó a querer y a confiar. A saber en quien confiar. A ser feliz con las cosas más simples y más complejas. Terminó con mis prejuicios. Hizo que odiase la distancia y consiguió lo imposible. Podría seguir haciendo menciones. Existen muchas más cosas. Por supuesto. Pero esta carta no era para eso. Empecé diciendote que no podía fingir durante más tiempo. Y si estoy siendo tan sincera, es porque sé que no la enviaré jamás. No sería capaz. Ni siquiera si no tuviera remite.
Esta carta es uno de esos muchos textos que mueren en mis dedos. Es uno de esos momentos de debilidad que no consigo canalizar. Es... no sé cómo explicarlo. Demasiado mía. Hay cosas que no quiero compartir, cosas que jamás compartiré.
¿Por qué escribo? No lo sé. Escribo porque así, canalizo mis sentimientos. He aprendido a hacerlo a través de las palabras en esos dialogos que nos unen. Escribo porque, de vez en cuando, consigo intensificarlos o reducirlos o modificarlos, disfrazarlos y se forman cosas bonitas. En el fondo escribo porque las palabras son mi mundo, porque no sé hacerlo pero me gusta la imperfección de mis frases, los errores gramaticales y aquellos de significado. Escribo porque literatura es arte, porque me gustan los textos ambiguos que cada uno puede transladar a sus experiencias personales. Me gusta escribir porque quiero cambiar el mundo y solo sé hacerlo de este modo: porque me gustaría que mis palabras hicieran soñar, crecer, enamorarse ... o aunque solo fuera, distraerse. Por eso quiero escribir. No tengo ni idea de arte en cambio puedo mirar fijamente un cuadro. Pienso que cada cuadro representa infinitas imagenes, es distinto para cada ojos que lo miran. El cuadro más triste del mundo puede hacer feliz al ser más infeliz. Es lo bonito de la creatividad. Que uno crea con lo suyo e influye en los demás. Para mí, eso es magia. Las miles de interpretaciones que puede tener una obra. Lo útil que puede ser para otra persona. Las vueltas que puedes dar. Y es absurdo querer escribir. Lo lógico es ser feliz haciendo cuentas en una oficina o trabajando en una empresa o siendo ingeniero. Los futuros asegurados. Pero yo siempre he sido una soñadora. Y quizás por eso mismo he dado tantas vueltas, quizás por eso mi vida es un caos, quizás por eso mi casa es un laberinto en el que perderme para encontrarme, quizás por eso aunque a veces me empeñe en no creer, creo. En parte puede que sean los sueños los que me hacen una niña triste, porque siempre idealizo y siempre busco más, porque no me puedo conformar simplemente. Pero al mismo tiempo, son lo que me hace feliz. Y sí, sigo pensando que la convergencia de opuestos da sentido a la vida.
No puedo más. Ya he divagado suficiente, X. Muero cada día un poco. Pero sé que algún día terminará el sufrimiento. Puedo, puedo, puedo. Otra vez me ato a la teoría, al idealismo. Confio en mí ciegamente aunque no tenga motivos. Mentira. Lo cierto es que sé que miento, sé que no sé si puedo, pero sé que seguiré intentandolo aún siendo presa de la incertidumbre. Es lo único que puedo prometer: que no me rendiré. Que si abandono mis sueños, que si me permito caer, que si doy la mano a la muerte, que si me alejo de lo cotidiano, que si permito que duela y queme, será solo por un tiempo. Tengo post-it en la habitación para recordarme las cosas que a veces mi cabeza decide olvidar. Así que siempre que me pierda, recordaré que quiero encontrarme. Porque soy fuerte. Porque me hacen fuerte.


C.

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