8 de junio de 2011

No encontrar las palabras.

5:35 de la tarde. Suenan "Los días raros", Vetusta Morla. Sin lugar a dudas, hoy es uno de esos días raros. Últimamente casi todos lo son. Tengo que estudiar, tengo que estudiar, tengo que estudiar. Pero sobre todo, tengo que encontrarme. Me resulta díficil, rozando el límite de lo imposible explicar esta dualidad. Cada vez más. Intento encontrar el modo de hacerlo. Porque yo misma necesito entenderlo, pero no puedo. Lo intento con todas mis fuerzas y no lo consigo. Buscar una respuesta lógica a la eterna pregunta, un porqué. Un, "¿Por qué yo?". Me gusta creer que llegará un día en el que sea capaz de recomponer los fragmentos en los que ahora mismo está dividida mi vida. Esa vida que era como un gran palacio de cristal hasta que un día se rompió en mil pedazos. Tardé en darme cuenta, y cuando abrí los ojos y ví cómo estaba la situación, habían pasado muchas tempestades y los pequeños trocitos... ya no sé dónde están. Trato de encontrarlos. Quizás en su interior se hayen también esas respuestas. El caso es que necesito tener fe. Tal vez Dios no exista, tal vez no exista nada, tal vez los finales jamás sean felices. Pero yo necesito pensar que es así, que las cosas terminarán saliendo bien. Es el único modo que tengo de no derrumbarme. Pensar que algún día, podré sentir lo que debo sentir y no lo que siento. Pensar que podré recordar todo esto sin dolor, sin daño. Pero ahora mismo... veo ese día tan lejano como el mismo juicio final. O incluso más. Ahora mismo la verdad es que todo es oscuro.
A veces siento que no sirve de nada esforzarse. Que sería mejor seguir viviendo a lo loco, sin coherencia, con sonrisas y con lágrimas de ese modo que yo sé. De ese modo al que me acostumbré a vivir. La verdad, que a día de hoy es el modo que veo normal. Y siento eso porque por mucho que cierro los ojos, que pienso, que me conciencio, que me mentalizo... por mucho que le digo a mi cabecita "las cosas son así, así tienes que verlas" no puedo. Es como si por mucho que el niño se repita a sí mismo (y le repitan) que no existe el monstruo de debajo de la cama, sigue encontrándoselo cada noche. Durante un tiempo eso nos pasa a todos, es normal. Tenemos miedos. Miedo a dormir con la luz apagada o miedo a dormir sin peluche. Pero nos hacemos mayores, dejamos de hacernos pis en las sábanas y dejamos de soñar y de imaginar. Ahora bien, ¿si el tiempo pasase y el niño jamás creciera? Me pasa un poco algo así. Tengo que reconocerlo: pensé que sería más fácil.
Hace unos días tuve una conversación interesante. Trataba sobre sentimientos y pensamientos. Me hizo reflexionar. No es díficil que algo me haga reflexionar, la verdad. Es cierto que suelo pensar sobre casi todo, incluso sobre el por qué de las formas de las piezas del tetris. El caso que aún sigo dandole vueltas a dicha conversación. En un primer momento afirmé que debemos dejarnos llevar por los sentimientos, por duros que estos sean. Por mucho que a veces duelan, quemen, escuezan y rocen la locura. Son fuertes e indestructibles, grandes, propios de cada uno, incontrolables y si no los sigues jamás podrás conseguir ser feliz. Ahora bien, ¿siempre? ¿Quién les da la fuerza a esos sentimientos si no somos nosotros mismos? Tal vez, aunque yo sea una persona bastante "sentimental" en este aspecto de mi vida tenga que esforzarme aún más en alimentar el pensamiento. Porque el pensamiento lo puedes controlar. Puedes pensar lo correcto pero sentir lo incorrecto y eso es lo que me pasa a mí. Que tengo claro que mis sentimientos son erroneos. Que sé cuando meto la pata. Lo he asumido. He asumido que soy absolutamente imperfecta, que hay algo en mi cabeza que no funciona bien. Quizás un exceso de incoherencia. Pero ese descubrimiento no me hace fuerte. Es más, hace que me sienta aún más débil. Incapaz de elegir lo que siento y al mismo tiempo incapaz de controlar mi felicidad que es algo lejano cuando todas las opciones posibles tienen fallos. Y ni siquiera mis palabras tienen sentido. Trataré de explicarme a modo de metáfora. ¿Por qué me gustan tanto las metáforas? Quizás porque son formas simples de explicar cosas complejas. Soy como una avispa. Una avispa que se muere por clavar su aguijón en el cuello de un hombre. Es la única forma que tiene de ser feliz. Sino seguirá volando sin rumbo eternamente por el bosque. Pero si le pica, si le inyecta su veneno, morirá. ¿Qué se supone que tiene que hacer? ¿Cuál es el modo de salvarse? Busco una respuesta. Y no la encuentro.

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