23 de junio de 2011

Hoguera.

De repente, la oscuridad fue adoptando matices naranjas. El calor iba aumentando. Más, más, más. El olor de la madera quemandose se fundía con el aroma salado del mar. El resultado era indescriptible. Cerró los ojos. Tenía en sus manos el papel arrugado, y a diferencia de otros años, estaba en blanco. Siempre pedía deseos. Era una tradición. Los lanzaba a la hoguera y esperaba que se hicieran realidad. Pero había dejado de creer en la magia. No existían brujas, ni en San Juan ni en ningún otro día del año. Ni hadas, ni duendecillos. El mundo estaba lleno de gente normal y corriente, gente como ella. Pero podía dividirse en dos grandes grupos: estaban aquellos que esperaban que les sucediesen cosas extraordinarias y que todo cobrase un sentido, y otros que buscaban encontrar la suerte y la felicidad, que caminaban en la dirección que les indicaba la brújula de su corazón, o simplemente caminaban con los ojos bien abiertos cuando no sabían a donde ir. Durante mucho tiempo, ella se había dedicado a soñar. A creer que las cosas mejorarían por sí mismas, que el hada madrina llegaría con más poderes de los que tenía en la época de Cenicienta: ahora el hechizo duraría hasta mucho más de las doce de la noche. Sin embargo, algo había cambiado. Aquella noche, estaba triste. Cerró los ojos y deseó con todas sus fuerzas que la imagen que tenía en su cabeza fuese real. Deseó transportarse a otro lugar. El deseo fue tan intenso que incluso sintió el roce de una mano acariciando la suya. Ya no olía a llamas y cenizas: el coco sustituyó a la sal y la vainilla al fuego. Sin embargo, cuando los abrió de nuevo seguía allí, sola, ante la hoguera, con su papel en blanco, con su mente vacía de deseos, con su corazón desprovisto de sueños. Asumió que la única manera que tenía de estar a su lado, era cogiendo un autobús. Y eso no ocurría solo en ese aspecto. Era algo que se repetía una y otra vez. Por mucho que quieras algo, no lo conseguirás si no lo buscas. No pensaba malgastar tinta en escribir una frase. Era una costumbre idiota. Lanzó el papel al fuego. Vió cómo ardía y no le importó: no había nada que pudiera nacer de ahí. Y de repente, tuvo un deseo muy muy fuerte. Caminó hacia la hoguera. Esa noche, ella quería consumirse con ese fuego. La niña que llevaba en su interior se quemó junto a la ilusión y la magia. Ahora solo quedaba la mujer. La mujer caminando en un mundo de sombras lo suficientemente fuerte como para destruír a todos sus fantasmas sin magia, sin amor, sin nada. Completamente sola.

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