28 de junio de 2011

Despertando en Las Vegas.

Me voy cinco días a casa. Cinco días. Luego vuelvo. Y, sin embargo, me siento como si me fuera a ir un año entero a un lugar desconocido. Es extraño. Tal vez se deba a que no he pisado mucho mi casa este año, a que realmente esta es una de las visitas más largas que le haré. El caso es que he revisado todo mil veces. He limpiado a fondo el suelo, he subido la cama, he guardado en el armario el colchón, el nórdico y los cojines. He puesto orden. Y estoy aquí, tirada, despidiendome de mi suelo y de mi ordenador hasta la vuelta. Algo acojonada. Es un poco... ¿ridículo? Es normal que uno tenga miedo o este nervioso cuando se va a un país extranjero, a una habitación nueva, a un lugar donde no conoce a nadie. Lo que pasa es que yo no me voy a EEUU, no. Me voy a mi casa. A esa casa en la que pasé los primeros 18 años de mi vida. A esa casa en la que viven mis padres, mi familia, al lugar en el que están ellas, mis "amigas de siempre". Y sin embargo, ahora me acerco y me sigo sintiendo lejos. Como si estuviera atrapada en otro lugar muy lejos de allí. Tengo pensamientos extraños, lo reconozco. Y tengo miedo. Miedo a hacer daño por no encajar. Miedo a esa puta sensación de estar fuera de lugar en todas partes. Miedo a perderme, a no encontrarme. Quizás tengo esa nostalgia porque sé que me dejo aquí una parte de mí. Que tengo que decir "Adios, Cris. Nos vemos a la vuelta". Esa parte de mí que descubrí cuando empecé a vivir sin tener que ser de ninguna manera. Menos yo, más de los demás.

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