12 de mayo de 2011

Pasión.

Se sentó allí, en la roca más alejada del puente. La encantaba esa roca, y no porque fuera diferente a las demás sino porque cuando apoyaba sus rodillas sobre ella y miraba hacia delante podía sentir que estaba flotando en el aire, rodeada de mar. Y justo en ese momento la roca desaparecía y ella se volvía ligera. Entonces empezaba a recordar y se transportaba a ese mundo maravilloso donde todo era posible, donde su historia tenía un final y era un final feliz, un final propio de un cuento. Bueno, casi. A decir verdad, a ella no le iba el rollo príncipe besa a princesa. Pero él era un príncipe a su medida. No uno azul como el que todas las chicas desean, no. Él era su príncipe. Ese que hacía que todo fuese… perfecto. Ese que hacía que se convirtiese en una fiera, que rompiera todos los límites de lujuria y amor. Que la ponía tan nerviosa que no podía dejar de temblar pero que al mismo tiempo la hacía evadirse de tal modo que ni siquiera podía pensar en nada más que en el roce de sus manos contra su piel. Y en esos segundos hizo un viaje por todos los momentos vividos: efímeros, fugaces. Momentos que se habían esfumado como la arena de la playa cuando intentaba retenerla entre sus dedos. A la velocidad justa para que te de tiempo a saborearlo, a sentirlo, y después no quede nada. Siempre puedes volver a coger otro puñado, sí. Y a ella con él, le ocurría eso. Volvía una y otra vez pero nunca ocurría nada más. Era como subirse en una montaña rusa: el viaje es divertido pero cuando se termina, vuelves al punto de partida y no hay más. Y en ese momento lo que ella necesitaba era comprar un billete sin destino y sin retorno.

Y de repente, sintió el ritmo de una respiración acelerada. En un primer momento pensó que su corazón y su memoria la estaban traicionando. Pero después, notó una mano cálida en su hombro. Su visión del mar fue sustituida por la oscuridad de unas manos rodeando sus ojos. Notó también como la piel se le ponía de gallina: no le había visto, pero sabía que era él. Entonces recordó como la noche anterior, entre el alcohol y el deseo le había hablado de aquel lugar donde solía refugiarse. No le había visto, pero le estaba sintiendo: su olor, su fuerza, eso que transmitía inconscientemente y que tanto le gustaba. Notó la aspereza de su cabello en su cuello y todo su cuerpo se contrajo en un segundo. No hizo falta que dijeran nada. Ambos tenían un mismo deseo: saltar. Y saltar juntos, cogidos de la mano, como quién inicia algo sin saber si funcionará pero ni siquiera se lo pregunta porque en ese momento simplemente no podría tomar otra opción. Hacía frio, mucho frio, pero ni siquiera se habían dado cuenta. Entre las olas, él arrancó la camiseta de ella. Ella le mordió, como solía hacerle cuando se enfadaba. Él le acarició la cara suavemente, para después lanzarse salvaje a su cuello. Lo demás fue llegando solo.

De repente, se dio cuenta de que estaba seca. Miro atrás y no había nadie. Estaba sola. Otro encuentro más. Tan fugaz como que solo había sido el resultado de soñar despierta. Dicen que los sueños se hacen realidad. No sabía si creer en esa afirmación. Pero lo que sí sabía era que, incluso en sueños, era agradable estar con él.

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