17 de mayo de 2011

Metáforas de la vida cotidiana.


Observé los cupcakes. Tenían tan buena pinta. Demasiada buena pinta. Eran dulces, siempre he preferido lo amargo. No entendía muy bien el porqué de esa atracción. Decidí comprar uno. Sabía que no era mi estilo, pero estaban ahí. Al segundo mordisco me cansé. Su sabor era... era... puf. No sabía mal pero tampoco sabía tan bien como había imaginado. Entonces decidí tirarlo a la basura. Concluí que, al otro lado del escaparate tenía mejor pinta. Así que decidí que no volvería a comer otro. Porque prefería quedarme con la sensación idealizada de que eran absolutamente perfectos. Y también porque, estaba segura, que cualquier sabor que probase sería incapaz de complacerme del todo. Yo ya había encontrado mi sabor.

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