25 de abril de 2011

Nostalgia.

Y aquí estoy. Tirada en el suelo de una habitación fría, sintiendo como se congela todo mi cuerpo. Sintiendome quizás un poco sola. Lo reconozco: nunca me quiero ir, pero cuando me voy no puedo evitar sentir esa nostalgia, la nostalgia que siente un pájaro que echo a volar, y aunque ya no se siente a gusto en su nido, tampoco sabe muy bien a donde ir. Quizás ese sea mi problema: que desde que me fuí de casa, ya no pertenezo a ningún sitio. Y busco ese puzle en el que encaje, pero no lo encuentro.
Me gustaría poder saber cómo me siento pero la verdad es que estos días no he querido pensar demasiado: he intentado aprovecharlos, sacarles jugo, coger lo bueno de ellos. Coger cariño embotellarlo y traerlo conmigo para esos instantes en los que me sienta vacía y necesite un abrazo. Pero en parte me da rabia esta situación, esta sensación que tengo de echar de menos algo que sé que jamás va a regresar, porque yo no soy la misma y por lo tanto no puedo volver experimentar esas sensaciones. Es como... como la primera vez que te subes en una montaña rusa. Los nervios, el estrés... nunca volverá a ser igual.
Y busco, busco y busco, doy vueltas y más vueltas pero todo esto solo tiene un nombre: nostalgia.

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