10 de abril de 2011

Necesitando arena y mar.


Y hoy tengo uno de esos días de echar de menos. Uno de esos días en que todo iba mal y entonces iba a mi rincón secreto, allí donde todo lo negativo se quedaba enterrado en el suelo, donde los nervios y el estrés desaparecían. A ese rincón eterno que de pequeño se hace inmenso.
Recuerdo los paseos interminables por la playa. La soledad, el silencio que hace que el ruido de las olas se meta en lo más profundo de tus oídos, permitiendote escuchar la melodía más bella del universo. La sensación que provoca la arena al acariciar la planta de tus pies. Y como esa sensación es llevada al límite cuando sientes el agua fría, congelada. El agua que solo roza la punta de tus dedos y es como si en realidad estuviera cubriendo todo tu cuerpo.
Hay momentos en que uno necesita desconectar. O conectar consigo mismo. Encontrarse, y de alguna manera es allí dónde yo estoy. Donde las palabras empiezan a salir como por arte de magia y se plasman en las viejas páginas de una libreta para después recrear imagenes en mi cabeza. Donde los problemas se esfuman aunque solo sea por un segundo. Dónde hallo justo lo que busco hallar. Donde todo cobra sentido. Menos el tiempo. El tiempo es irreal. Pueden transcurrir tres horas en tan solo un segundo, o unos segundos en tres horas. Y de alguna manera cierro los ojos y soy capaz de volver a sentir todo eso, y aunque sea irreal, aunque no sea más que un recuerdo me hace sonreír.
Confía en mí: volveremos a cruzarnos por la playa.

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