1 de abril de 2011

El pasado, es pasado. El presente, presente.

Cuestiona absolutamente todo. Se pregunta a sí misma cuántas posibilidades hay, las enumera, las analiza, las conjuga, trata de mezclarlas. Se va quedando con todo lo que ve, con todo lo que oye, con todo lo que toca, con todo lo que huele. Desglosando al máximo cada sensación. Preguntándose "¿Qué?" "¿Cómo?" "¿Cuándo?" ¿"Dónde?" "¿Por qué?". Os presento a mi cabeza: así es. Piensas en algo simple y dices: "lo opuesto". Entoncés comenzarás a entender. La verdad es que a veces me quejo. Odio mi manía de pensar constantemente, odio que cualquier movimiento por pequeño que sea me afecte, lo odio. Pero por otro lado... por otro lado, me gusta. Me gusta que nada me resulte indiferente. Porque las cosas no pasan sin más, pasan y dejan huella. Y al fin y al cabo, eso es lo novedoso, ¿no? Los cambios. Crecer. Que donde antes encajabas ya no encajes. Siempre me ha dado miedo. Mucho miedo. Pero es la vida. No hay más. Dar un paso, mirar atrás, saber que es pasado y sonreír.
Reflexiones que vienen después de casi 48 horas dandole vueltas a lo mismo, siendo consciente de que no tiene sentido, de que ya sé la conclusión hace mucho tiempo, aunque una parte de mí tenga esperanzas de encontrar otra razón.
Algunas cosas se acaban. Y punto. No hay más. Y resulta que yo, al mudarme a Madrid, cogí algunas prendas de ropa y las metí en una maleta. Pesaba. También llevaba otra maleta invisible. Una maleta con personas y recuerdos. Pero no todas las personas. Quizás sí todos los recuerdos.

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