14 de noviembre de 2010

Sobre Sandra

Hay amores díficiles. Amores tristes. Amores que se buscan sin encontrarse y amores que se encuentran sin buscarse. Hay miles de tipos de amores y millones de enamorados. Están los que ponen fuego en cada una de sus acciones. Los que no se dicen lo mucho que se quieren pero lo saben. Los que se miran a los ojos y expresan lo que no consiguen las palabras. Y despúes están ese tipo de enamorados que se quieren, pero tienen miedo. Que saben que si cambiasen un par de piezas, el puzle encajaría a la perfección, pero no las cambian. Y lo peor es que no saben muy bien porque. Ellos eran de este último grupo.
12 de la mañana. Día soleado. Pero frio. Muy frio. Sandra se despierta. Mira el reloj. El tiempo pasa demasiado deprisa y ya se tiene que levantar. Vienen a su mente los amaneceres de agosto, cuando aún no había dormido nada al salir el sol. Cuando ese sol que cubría el cielo parecía otro porque lo contemplaba con él. Aquellos días que sabía que se iban a terminar, pero aún así no podía evitar ilusionarse. Cuando uno vive un amor de verano sabe que es eso: un amor de verano. Pero aún así, la llama se aviva. Aún así, los nervios se ponen a flor de piel. Aún así, se siente feliz, y viaja a la decima nube a la derecha, y sueña, y si es un amor fuerte de verano piensa en los hijos que tendrán, en los países que visitarán, en cómo serán los muebles de su hogar. Pero la característica principal de los amores de verano es que se acaban. Se acaban cuando llega Septiembre y como una ola arrastra todo lo que se construyo. Al fin y al cabo el verano es como un sueño. Pero no te despiertas cuando suena el despertador, sino cuando aparece esa hoja del calendario "1 de Septiembre".
Se aleja de sus pensamientos. Se levanta de la cama. Se ducha. Se frota muy bien los ojos. Se mira en el espejo. Malditas ojeras. Otro síntoma más del invierno. Se viste rápidamente, coge su carpeta y sale de casa. No puede dejar de pensar en su sueño de anoche. Era tan real... él la cogía por la cintura. Ella sonreía. Él la miraba fijamente a los ojos. Y ella le decía que no quería que se acabase ese momento, NUNCA. ¡Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii! Mierda. Un coche. Otra vez, vuelta a la realidad. La calle llena de gente. Casi todo el mundo caminando en la misma dirección, como autómatas. Llega a la parada al mismo tiempo que el autobus. Ve a sus amigas. Se acerca. Hablan sobre una de las prácticas de la universidad, pero no es capaz de seguirlas. Una y otra vez visualiza en su cabeza la misma escena: ese beso. Ese primer beso. De repente, su cuerpo se agita. Parada brusca. Ya ha llegado. ¿Ya? Cuanto pueden durar cinco segundos intensos. Sigue en silencio, caminando. Y de repente nota unas manos en su cintura. Se gira. No puede ser. Ella sonrie. Él la mira fijamente a los ojos. Y ella le dice que no quiere que se acabe ese momento, NUNCA.

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