12 de noviembre de 2010

Parte 3

¿Por donde empiezas a construir un mundo que se destruye? Leo trató de recordar los momentos más felices de su vida. Lo cierto es que no encontró casi ninguno. Antes de que naciera Elia las cosas no iban tan mal. Vino a su mente un día en que su padre le compró un globo de esos de colores que cuando los sueltas suben muy muy alto, hasta que desaparecen en el suelo. Siempre había querido uno. Pero no lo quería para lo mismo que lo quieren la mayoría de los niños. Él esperaba soltar la cuerda y ver como subía. Hubiera pagado todo el dinero del mundo por ver eso: algo que había sostenido entre sus manos, viajando a través de las nubes y perdiendose más allá. En el fondo le gustaría ser como aquel globo. Le gustaría poder subir y subir. ¿Qué habría allí? ¿Podría desde el cielo contemplar todo el mundo? ¿Ver osos polares y dromedarios al mismo tiempo? Le encantaría tener esa visión y poder dibujarla. Sin darse cuenta, había abierto el cuaderno. Allí estaba. Pinguinos, dromedarios, iglus, oasis. Todo junto. En blanco y negro. Comenzó a dotar a la composición de toda la gama de colores del circulo cromático. A veces, cuando pintaba sus dibujos pintaba al mismo tiempo su rostro. Sonrió. Pintando era feliz. Volvió a pensar en Elia. Se iba. ¿Por qué él no lo habría hecho antes? Porque no tenía a donde ir. Y porque no había hecho todo lo que debía de hacer en aquel lugar. Jamás dejaba los dibujos sin terminar. Era una de sus reglas. Lo hacía inconscientemente. No empezaba una nueva pintura hasta que no colocaba la última ralla en el folio anterior. No podría ser feliz en otro lugar. Necesitaba empezar a serlo ahí, donde estaba. Entró en casa: ya estaba bien. A partir de ahí todo sucedió muy rápido. El bote de tinta se derramó. El folio se volvió negro azabache. Fuerza. Furia. Rabia. Y de repente, la cama quedó salpicada por ese rojo, rojo como el pelo de Veronika. Algunas gotas calleron también en el papel. ¿Qué había hecho? Eso era lo peor de los dibujos a pluma. La tinta jamás se borraba. Y menos cuando estaba hecha a base de sangre. Su madre entró en el dormitorio. La miró. Escuchó su grito ahogado. Contempló su cara por primera vez en muchos años. No había pasado tanto tiempo, y se la veía tan vieja. Tan... apagada. No brillaba.
-Leo, ¿qué has hecho?-Lloró.- ¡Leo!
-Mamá...
-Leo, hijo...
-Te quiero.

1 comentario:

  1. Una lastima que tan solo sean 3 partes. Realmente conmovedor. ¿Sabias que escribes increíblemente bien? Ojala se pudiera aprender a escribir, pero mas bien se te tiene que llevar dentro. Y tú lo llevas sin lugar a dudas.

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