10 de noviembre de 2010

Parte 2

El cielo estaba cada vez más oscuro, casi negro. No sabía la hora que era. Miró su muñeca. No tenía reloj. Tampoco había cogido su teléfono móvil. ¿Para qué? Nadie iba a llamarle. Hacía tiempo que sus padres no se molestaban en averiguar si estaba en su cuarto. Y amigos, no tenía demasiados. Decidió, de todas formas, que era hora de regresar. Miró una vez más el dibujo. Leo sabía que era bueno. A través del papel, se sentía seguro. Conseguía grabar en cada folio en blanco lo que guardaba en el fondo de su alma y eso hacía que su pintura fuera grandiosa. Le gustaba imaginar su futuro. Sabía que quería dedicarse al arte. Huir de aquella ciudad que le parecía tan fria, tan triste. Construir un mundo a su medida. No era de ese tipo de personas que se rinden. Jamás se había planteado la posibilidad de vivir inmerso en la oscuridad. Sabía que las malas rachas terminaban y que su tristeza desaparecería, como las nubes que inundaban el cielo se esfumarían sin dejar rastro cuando saliese el sol. Tal vez por eso no se preocupaba de casi nada. Se levantó y caminó rumbo a su casa, pero dando un rodeo. Necesitaba caminar y sentir el agua y sentir el viento y sentir la música. La música también le inspiraba. Cuando llegó, la vió allí. Sentada en el escalón, con la cremallera de la cazadora abrochada hasta arriba y sin mirar a ningún lugar.
-Hola.
-Hola.
-¿No entras?
-Leo... ¿tú te sientes a gusto aquí?
-¿Por qué lo preguntas?
-A veces tengo la sensación de que tengo dos mundos, solo eso.
-¿Dos mundos?
-Sí. El de fuera y el de dentro. Por eso no quiero entrar. Porque fuera soy una persona y dentro siento que soy alguien completamente diferente.
-Elia, todos tenemos un modo de huir pero quedarnos fuera no es la solución.
-Escuchar música y fingir que todo te da igual tampoco lo es.
-¿Y qué quieres hacer?
-No lo sé, pero algo. No podemos quedarnos callados Leo.
-... ¿Gritan?
-¿Cuándo no lo hacen?
-No somos nosotros los que tenemos que hablar.
-Pero ella nunca lo hará.
-Voy a mi habitación.- A Leo le incomodaba la situación. Nunca había hablado de ese tema con nadie y menos con su hermana. No solía pensar en ella de ese modo. No solía cuestionar qué sentiría ella, ni que pensaría. Eran ese tipo de hermanos que se esquivan. Y había algo extraño en el modo en que Elia había abierto la boca para abrir al mismo tiempo su mente. No mantenían una conversación tan larga desde que cuando tenían apróximadamente tres y cinco años discutían por las palomitas en el cine.
-¡Leo! Espera. Quiero decirte algo.
-¿Qué?
-Que me voy.- Así que eso era. Por eso toda aquella conversación.
-¿Cómo que te vas?
-Es sobre lo que te decía antes. Estoy harta de tener que vivir en un lugar que no es mi casa. Estoy harta de huir. He comprado dos billetes para California. Nos vamos mañana, yo y Jonás. Allí nos las arreglaremos. Él puede conseguirnos un apartamento, y un trabajo.
-No puedes marcharte así, no ahora, no aún. ¿Qué vas a hacer? ¿Trabajar? Solo tienes dieciseis años. Ni siquiera eres mayor de edad. Espera, organiza tu vida y construyete un futuro, pero no ese.
-No puedo más Leo. ¿No lo entiendes? ¿De verdad tú no te sientes asfixiado? ¿Crees que puedes pasarte el día dibujando? ¿A eso le llamas construir un futuro?
-Sé que valgo para ello.
-Puede que tú tengas un don, pero yo no. Y daría lo que fuera por salir de aquí.
-¿De qué trabajarás?
-De lo que surja.
-¿De lo que surja?
-Sí... -Bajo la cabeza. Por primera vez, él vió en sus ojos verguenza. Entendió que haría lo que fuera. Fuese lo que fuese "lo que fuera".
-Elia... ¿y mama?
-Para ella no existimos.
-Tienes razón. -Se dispuso a irse. No se sentía con autoridad suficiente como para retenerla y no quería seguir con aquella embarazosa conversación.
-Espera. Cuidala, ¿vale? No dejes que le pase nada.
-Lo intentaré.

1 comentario:

  1. Llega un momento que te cansas y la solución más sencilla es abandonar. En parte comprendo a la hermana de Leo. Continuará, ¿no?

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