9 de noviembre de 2010

Parte 1

Un árbol. La lluvia cayendo a su alrededor. El viento meciendo sus hojas. Y alguien tirado en el suelo. Apoyado en la robustez de su tronco como si no sintiera nada de lo que sucedía a su alrededor. Como si el agua no lograse mojarle, como si el viento no hiciese que sus cabellos se inmutasen. Como si él fuese tan fuerte como el mismo arbol, incluso más. Inmune. Lo era. Quizás si que lo era. Tal vez, no siempre lo había sido. Pero ahora sí. O no. Pero no tenía otro sitio donde ir, ningún otro lugar donde quisiera estar. Allí, debajo de aquel arbol no sentía nada. Allí debajo de aquel arbol, no pensaba en nada más. Su cuaderno estaba empapado, pero seguía dibujando. Fingía que no se daba cuenta. Estaba acostumbrado a fingir. A taparse los oidos y que pareciese que nada le afectaba. Así era él. Había aprendido a construir un escudo contra los golpes: se llamaba indiferencia. No sabía cómo había llegado allí. Había estado antes muchas otras veces. Había empezado a caminar un día sin rumbo, hasta llegar a esa misma plaza. Y entonces había sentido un terrible magnetismo. Algo que le empujaba a sentarse allí, y no en el banco de enfrente. Algo que no había sentido al pasar por delante de ninguno de los cientos de arboles que tenía el parque. Sentía que ese era su sitio. Y siempre que necesitaba refugiarse en algo, caminaba igual que el primer día, sin saber hacia donde se dirigía pero sabiendo que en el fondo la brújula de su corazón le estaba llevando a ese mismo punto. Y lo que sentía cuando se sentaba bajo las ramas, era algo que no podía describir con palabras. Se encontraba consigo mismo. Sacaba su libreta, sus cascos, y se sumergía en su universo, en su música y en sus pinturas. Miró el cuaderno. El agua había hecho que los contornos del pelo de la chica se corrieran. Pero eso la hacía aún más real, más hermosa y más inalcanzable. Parecía una diosa. Un ser sobrenatural. Y así la veía él. No era un muchacho corriente, ni común. No era el tipo de chico en el que ella se fijaría y tampoco era el tipo de chica que le correspondía. Pero no le importaba. En realidad, era de esas personas que creían que eso del amor tan solo es una palabra que algunos inventaron para sentirse mejor. Los sentimientos no duran, se esfuman y se difuminan como los trazos del lápiz en su cuaderno. Sin embargo, ella era su musa, su inspiración, quien de una u otra manera aparecía en cada rincón de su libreta y de su cabeza. Le encantaba dibujarla porque sentía que estaba dibujando el cielo. Porque cuando comenzaba a trazar sus ojos, dibujaba en ellos el mundo. Porque tenía tal expresividad en la cara que le hacía vibrar. Cuando él la miraba, a escondidas, podía notar como se sentía ella. Veronika. Guapa, peliroja, atractiva. Tenía esa seguridad característica de las personas que saben que si alguien mira en esa dirección, la está mirando a ella. Y por eso, ellos jamás podrían estar juntos. Porque él era todo lo contrario. Cuando alguien le miraba, seguramente estaría observando a otra persona situada justo detrás. Era casi transparente. Era transparente incluso para ellos. Sus padres siempre pensaban en sí mismos. Olvidaban que él existía o simplemente, les daba igual. Recordó cuando de pequeño tenía que subir al máximo el volúmen de sus altavoces para no escuchar los gritos en la cocina. Los gritos eran solo el principio. Despúes venían los golpes, las amenazas, los sollozos. Despúes, a veces, venía la sangre seca en el suelo la mañana siguiente. Lo mismo una y otra vez. ¿La vida es así? Quizás. Quizás eso sea lo normal. Quizás lo demás perteneciese al universo walt disney. Y luego, el día del accidente. Ese día todo había cambiado. La sangre derramada había sido mucho mayor. A los tradicionales ruidos, se había añadido el de la ambulancia. "Me he caído en la ducha". Todos sabían que era mentira, pero nadie había objetado nada. A veces, cuando uno consigue creerse su propio engaño, los demás aceptan sentirse engañados. Pero ese día se había abierto una brecha. No solo en la frente de su madre, sino en todas partes. Se había abierto una brecha en su corazón. Se tapó las orejas, como siempre. "I'm worse at what I do best and for this gift I feel blessed our little group has always been and always will until the end." Escuchó un portazo. Elia. Cómo le hubiera gustado ser el tipo de hermano capaz de protegerla. Capaz de ayudarla a encontrarse. Pero, ¿cómo lo iba a hacer, si ni siquiera él sabía donde estaba? Se asomó a la ventana y vió como abandonaba el hogar. Con su minifalda, sus calcetines por encima de la rodilla y su clásica cazadora de cuero negra. Vió como se hacía más y más pequeña en la noche. No necesitaba de su protección. Elia era fuerte. Elia nunca estaba sola. No habían vuelto a cruzarse y ya había pasado casi una semana. Una semana en la que a penas habían estado en casa. Una semana en la que cada uno había huido de aquel lugar a su manera. Una semana lluviosa. Volvió a mirar su cuaderno. El rojo del pelo de Veronika se había vuelto líquido. La sangre inundaba la parte baja del papel.

1 comentario:

  1. Me ha gustado el primer capitulo de El silencio de la lluvia. Qué casualidad que la protagonista femenina se llama Veronika, ¿eh? Voy a leer la siguiente parte :)

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