17 de noviembre de 2010

Controlar el tiempo.

Una de las cosas que me parecen más maravillosas e incomprensibles es el tiempo. Lo rápido que pasa algunas veces. Sin que te des cuenta vives y cuando miras atrás, han pasado tres años. Y lo lento que se vuelve cuando las manecillas del reloj no giran por más que bajes la vista una o diez veces. La impotencia que te produce cuando necesitas más, porque tienes que hacer demasiadas cosas en un periodo corto y otras veces, te sobra y no eres capaz de rellenar esos pequeños espacios. Me gustaría hacerme una experta en eso de administrarlo, ya que no existen los "giratiempos" del mundo de Harry Potter, y tampoco el famoso botón de "◄◄retroceder ►play ▌▌pause►► avanzar" inventado por el facebook. Despúes de darle muchas vueltas he llegado a la conclusión de que por más que uno se esfuerce en aprobechar la vida al máximo, pocas veces lo conseguimos. Es tan inevitable ir perdiendo segundos... los segundos que pierdes cuando tardas en acercarte a alguien que vale la pena, mientras te planteas si mostrar o no tus sentimientos, cuando tratas de decidir sobre qué camino tomar. Los segundos que se ponen en medio entre una de tus acciones y la siguiente. Y entonces me asalta otra idea la cabeza, otra idea completamente diferente: ¿Los estamos perdiendo realmente? Puede que no. Estamos pensando, valorando, ¿es pensar perder el tiempo? Puede que esté bien dejar volar al corazón pero la razón también debe jugar un papel importante. Y volvemos a eso de que los extremos no son buenos, de todo en su justa medida. ¿Cómo se determina el punto en el que se equilibra la balanza? Ojalá fuera tan fácil como un problema de microeconomía. En este milisegundo solo quiero que el reloj se pare o se acelere pero que deje de ir a ritmo normal, que las dudas se disipen que las preguntas se contesten y que haya vivido alguna más de las cosas que me quedan por vivir.

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