8 de noviembre de 2010

Ceguera.

De repente todo se volvió oscuridad. Es curioso. Te pones una venda y empiezas a caminar. No puedes ver absolutamente nada. En el fondo sabes que no es real. Pero, ¿qué ocurriría si al quitarte la venda la luz no regresase? ¿Si te quedases ciego de repente? Sin nuestras percepciones visuales, el mundo que conocemos sería totalmente diferente. Tus otros sentidos se agudizan. Sí, es cierto que somos esclavos de nuestros ojos. Cuando no ves, de repente los sónidos se vuelven más intensos. Incluso el leve movimiento de las hojas de los árboles sacudidas por el viento penetra en tus oidos, discurre por tu interior y hace que todo a tu alrededor vibre. Te sientes solo. Das algunos pasos. Tienes miedo. Caminas, pero no sabes que tienes delante. Y de repente, sientes el tacto de una mano cálida. Y te sientes más seguro. Nunca habías tocado una mano desconocida y sentido algo así. Como si de repente el mundo fuese un lugar menos peligroso. Como si vieses algo más, porque alguien te está tocando, y sientes que está ahí y en silencio le das las gracias del mismo modo que él te hace un fabor: con una simple caricia. Tal vez, esa persona esté igual que tú. Los dos ciegos, los dos sin poder ver, pero los dos más fuertes porque caminais al mismo tiempo, y porque si caeís, caereis juntos, y si tropezais, os ayudareis para amortiguar el golpe. Llega un momento en que en medio de esa ausencia de luz, empiezas a ver. A imaginar. A oler, a tocar. Y cuando te quitas la venda, cuando los rayos luminosos vuelven a molestarte, cuando comienzas a apreciar otra vez formas y colores eres consciente de lo mucho que tienes y lo poco que lo valoras. La posibilidad de descubrir cada día un nuevo horizonte. La posibilidad de emocionarte con una imágen. La belleza de un mundo que ignoras cuando sientes que solo tú eres el mundo.

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